TE ESPERARÉ EN LA ORILLA

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Pintura de Domingo Álvarez Gómez

TE ESPERARÉ EN LA ORILLA

Esta entrada está relacionada con BAELO CLAUDIA. UN LUGAR HISTÓRICO Y BELLO

Mi nombre es Juno, hace muchos años que vivo en estas tierras. Hasta esta ensenada junto al Estrecho, bañada por un mar azul turquesa que descansa en  una playa con blanca y fina arena, me trajeron los fenicios desde mi amada Tiro con el fin de que los protegiera como hiciera en su tierra; Es curioso que cada vez que han pasado diferentes pueblos por aquí, me han cambiado el nombre, me han llamado Tanit y Afrodita, pero echo de menos mi nombre original “Astarté”, en fin, así son los humanos. Sin embargo algo no ha cambiado, porque ellos me siguen invocando para los mismos motivos: por sus cosechas, me ruegan para que sus familias sean sanas y abundantes, para que los proteja en el mar cuando salen a pescar o a navegar. No hace mucho tiempo que comparto mi actividad con Isis, una diosa venida de Egipto y que aquí todos veneran.

En Baelo vive una de mis hijas. Tengo debilidad por esa niña, no es que la quiera más que a los demás hijos, pero es que cada día me mira con esos enormes ojos negros y me da las gracias por todo. Cualquier acontecimiento  que pasa en su vida, por muy nimio que sea, es motivo para que me lo agradezca. Nunca me pide nada; lo que no ocurre con  los demás que  siempre piden y nunca agradecen.

Hace pocas lunas, en un precioso día de verano, Julia, que así se llama mi amada hija, pasó a visitarme como cada día y me agradeció que Lucius se hubiera fijado en ella. Me demostró la  felicidad que sentía, haciéndome un regalo, aunque la verdad es que mi mejor regalo es verla feliz. Me volvió a obsequiar con esa dulzura en la mirada que transmitía amor y bondad allá por donde pasaba. Julia era sin duda la más bella de todas las jóvenes que yo había conocido. Lo cierto es que cada mañana me sentía impaciente esperando la visita de la chiquilla. Después se dirigía hacia la zona de salazón para unas veces trabajar en las conservas y otras en la fabricación del Garum. Cada vez que ella tenía ocasión, levantaba la vista para mirar al mar, sabía que su amado Lucius estaría extendiendo las redes para pescar los atunes que, como cada verano atraviesan el Estrecho, y que luego ella se encargaría de conservar con la sal.

Julia trabajó muy duro a lo largo del caluroso día de verano hasta que el sol empezó a bajar en el cielo y el calor dejó de sentirse tan pesado acercándose el final de la jornada. Mirando con disimulo pudo observar a Lucio que empezó a descargar el pescado que luego transportaría en un  carro hasta la zona de salazón del que se  ocuparían al día siguiente las mujeres para preparar en conserva.

Julia no podía quitar la vista de encima a Lucio, veía su cuerpo bronceado por el sol, fuerte por el trabajo de remo y le parecía el mismo Júpiter. Junto a las compañeras se dirigió, como cada día, a las Termas para darse un baño y quitar el olor a pescado que siempre la acompañaba. Allí se encaminó también Lucius que la miró de soslayo para que el padre de ella, el encargado del perfecto funcionamiento de  las termas, no se diera  cuenta de que la pretendía.

Hombres y mujeres por igual, acudían en busca del ejercicio en la palestra o de los juegos de pelota, de un siempre relajante masaje o simplemente a compartir el baño con amigas, como era el caso de Julia. No hacía mucho tiempo que la moda de los baños se había implantado en estas tierras; llegó, se instaló y no pasa un día sin que todos vayan a la misma hora a estas actividades relajantes. La mayoría acudía para sentirse como si fuera un emperador en ese ambiente de lujo y ensueño que avivaba los sentidos y relajaba cuerpo y mente. Aunque el aseo era compartido por hombre y mujeres, no estaba bien visto que se juntaran en el baño, por eso las chicas forman grupitos y entre risas y miradas furtivas comentaban acerca de los chicos.

Lucius  miraba con verdadero deseo a Julia. Cuando pasaron a la sala caliente Lucius encontró el momento para darle a Julia un botecito con perfume que había comprado para ella a los vendedores que se ponen fuera de las Termas y aprovechó para decirle que esa noche se encontrarían en el teatro y hablarían. Julia no sabía qué le ocurría, pero la simple visión de Lucius la hacía sentirse tan perturbada que hasta notaba cierta  sensación de mareo. Julia enrojeció y al tomar el regalo asintió con la cabeza, al tiempo que las  amigas reían detrás de ellos.

Julia llegó a  casa llena de ilusión por asistir al teatro y poder estar junto a Lucio, así que cenó y se vistió con una túnica fina y hermosa que ciño al talle con un cinturón dorado, recogió el pelo en un moño y no olvidó aplicarse el perfume que le regaló su amado.

En el momento en el que iba a salir llegó el padre con la ira en los ojos y le preguntó

— ¿Dónde se supone que vas? —

—Voy al teatro, hoy representan “Los Menecnos” de Plauto—  Le respondió asustada ante su actitud.

—Te he visto en los baños tontear con ese maldito hijo de pescadores y te prohíbo que vuelvas a verlo— Julia no entendía nada y no comprendía qué tenía de malo Lucius.

La madre se acercó al oír los gritos del marido e intercedió por la niña — Lucius es un buen chico y yo soy amiga de la madre y son una buena familia—

—Mujer, tú no tienes ni idea de lo que ocurre, así que no intervengas— le dijo en un tono que su mujer no podía entender.

—Publius Cornelius me ha dicho que su hijo Marcus está muy interesado por nuestra hija. Imagínate nuestra hija casada con un Cornelius—Añadió, cada vez más enfadado.

—No creo que piense en casarse, más bien la querrá para distraerse y luego abandonarla. Los de su posición, nunca se fijan en los de nuestra clase— argumentó la madre cada vez más irritada.

—Eso no es cierto, fíjate en Quintus Pupius que se ha casado con Helena, una liberta—respondió cada vez más iracundo al comprobar que la mujer no respondía apoyándolo

—Pero eso ocurre muy pocas veces y porque conoce a la esclava de toda la vida—

—En cualquier caso, mañana en las termas te presentaré a Marcus y quiero que lo trates con el respeto y la consideración que se merece y olvídate de este botarate que no te llevará a ningún lado—

La madre intervino diciendo a su hija—Es tarde y tus amigas te esperan para ir al teatro, apúrate—

El padre concluyó con un talante inquisidor— ¡Qué no te vuelva a descubrir con este patán!

Julia salió hecha un mar de lágrimas de la casa y se dirigió al teatro. Sus amigas empezaron a pasar  por el túnel que las llevaría hasta la grada, sin embargo ella  se acercó a Lucius que la miraba maravillado al admirar a la amada niña arreglada como la más bella emperatriz.

— ¿Quieres que vayamos a dar un paseo? — Le preguntó bastante nervioso.

Las amigas de Julia la empujaron entre risas para que se marchara con él —Ya te contaremos de qué iba la obra para que la puedas contar en tu casa—

Julia tomó la mano que le tendió Lucius y juntos caminaron por vías menores que estaban muy animadas con las personas que acudían al teatro, ellos eran los únicos que no caminaban a ver la función. Llegaron a la vía Decumanus maximus para salir por la puerta oeste y encaminarse hacia la playa.

Julia y Lucius se sentaron en la arena con el mar de telón de fondo y las olas acompasando la respiración de ambos que, llenos de ansiedad y excitación, consiguieron unir las bocas en un beso lleno de deseo que inundó a ambos de una calidez que les duró toda la noche.

Yo contemplaba a esa pareja tan limpia y pura, con un amor verdadero y sólo podía sentirme emocionada. Casi no hablaban, sólo tenían que mirarse y unir los cuerpos de ambos en un abrazo interminable.

—Tenemos que volver antes de que termine la obra— dijo Julia, preocupada por la actitud que tendría su padre.

— ¿Nos volveremos a reunir mañana? — Preguntó Lucius

—Sí, bajaré a la playa para despedirte por la mañana y te esperaré sentada en la arena—

Así marcharon con el olor a manzanilla y pino que  los acompañaría en el recuerdo de ambos.

Julia no pudo dormir en toda la noche. Se sentía nerviosa por lo que su padre le había comentado de Marcus y muy perturbada por el encuentro con Lucius

Mi niña salió muy temprano de la casa que era su hogar. Hacía un día limpio y soleado, con una leve brisa de poniente, que ella disfrutaba al percibirla en el rostro y le permitía despejarse de la mala noche que había pasado. Se dirigió hacia mi templo, se inclinó delante de mi estatua y me rogó, por primera vez me imploró ayuda y comenzó con un llanto que  me rompió el alma y habría dado todo lo que tengo por ayudarla. Yo la contemplé y uní mi alma a la suya en un abrazo consolador. Vi cómo se levantó y salió aliviada, atravesó la plaza del foro, ya muy animado a esa hora, con personas llevando las mercancías al mercado y a las tiendas que más tarde pondrían a la venta. Luego pasó junto a la Basílica donde el bullicio era enorme y el ruido ensordecedor, en espera de que comenzaran los litigios, para al final salir por la puerta de levante y dirigirse a la playa  y despedirse de Lucius antes de que embarcara.

Tuvo tiempo de que las manos de ambos se rozaran y los ojos se dijeran lo que los labios no podían pronunciar. Julia se atrevió a decirle—No lo olvides, te esperaré en la orilla— Él entró en el barco, junto con otros compañeros que le gastaban bromas y sentían envidia de su  suerte. Ella vio como el barco se alejaba hasta convertirse en un punto en la lejanía. Se sentó en la arena y se empezó a preocupar por la visita que le haría Marcus, alguien a quien ella sólo había visto de lejos pero que nunca  pensó en la  posibilidad de un acercamiento entre ellos. Julia volvió a llorar desesperada, no quería perder a Lucius,

Mi alma empezó a encogerse porque sabía lo que iba a ocurrir y no quería dejar de mirar a mi niña — ¡Oh Júpiter! ¿Podrás permitir que se salve mi niña? Siempre te he respetado y admirado, Por favor Júpiter te lo imploro—

Pero Júpiter no me oyó, la tierra comenzó a temblar y rugió de cólera. Las murallas se inclinaron amenazando con caer, la vía “Decumanus Maximus” se levantó como si de dunas se tratara, las columnas de los templos y la Basílica cayeron, al igual que las estatuas, por todos lados las personas corrían sin saber adónde dirigirse  e intentaron salir por las tres únicas puertas que tenía la muralla, formando un embudo imposible de franquear.

Julia sintió el temblor y se levantó de la arena, miró el barco de Lucius que no quería perder de vista y entonces se percató de que las aguas retrocedían de forma inconcebible y de repente una gran ola se levantó y cubrió, con la fuerza de 100 ciclones, toda la ciudad, que quedó totalmente arrasada.

Yo vi a mi hija mirando ese mar que amenazaba con tragársela intentando ver por última vez el barco de su amado. Lucius fue el último pensamiento de mi amada Julia.

 

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