LLORARÉ POR TI MI AMADA TROYA

Greek_Galleys

Esta entrada está relacionada con la que anteriormente realicé referente a LAOCOONTE

Hoy, después de tanto tiempo, vuelvo a ti mi amada Troya. He intentado olvidarte, porque tu recuerdo hace arder mi pecho, mi vientre… mi alma, pero los dioses se empeñan en que estés ahí, en mi cabeza. Los recuerdos me martillean las sienes cada día a pesar del tiempo transcurrido.

El calor me abrasa y ese viento ardiente me altera aún  más. Cada vez que el barco avanza, cortando el mar con la  proa, me siento más inquieto y ahora que puedo  ir vislumbrando la colina, donde otrora estuviera mi amada Troya, el corazón golpea el pecho como los caballos troyanos galopando al viento y a mi mente acuden los recuerdos vívidos, como si estuvieran ocurriendo en este momento, llenándome de zozobra.

Troya era una ciudad afamada, rica y llena de vida, pero sobre todo era antigua, muy antigua, los viejos no podían recordar cuándo se situaron en ella nuestros antepasados; sin embargo sé que siempre circularon leyendas de terremotos y asaltos que obligaron a los troyanos a reconstruir sus casas una y otra vez, a situarse en la colina que ahora puedo contemplar, y así ponerlos a salvo de los ataques procedentes de tierra firme y al alejarse de la orilla, lo hacían asimismo de los piratas que los saqueaban y raptaban a sus mujeres.

Me estoy acercando a la desierta playa y el recuerdo de estas amarillas arenas manchadas de sangre y el fuego y el humo ocultando a mi hermosa ciudad, me sobrecogen, pues fue la última visión de mi pueblo cuando salí huyendo de allí aquel aciago día.

¿Por qué los dioses escogieron a los aqueos como ganadores? ¿Por qué castigaron a nuestra ciudad y a sus ciudadanos?

Desembarcamos ahora en el abandonado fondeadero, en otro tiempo lleno de barcos, camino por la solitaria playa y diviso la ciudad sumida en el silencio de un luto no terminado.

Yo, siendo huérfano, fui criado por Laocoonte, sacerdote de Neptuno. Junto a sus hijos crecimos felices, siendo instruidos al lado de los herederos de Príamo, rey de nuestra ciudad. Cuando éramos ya unos mancebos nos dedicábamos cada día a la caza y al deporte, éramos unos expertos en el lanzamiento de jabalina y disco; sin embargo con lo que más disfrutábamos era con el baile. Recuerdo terminar rendido con los saltos y vueltas que realizábamos al son de la música y cuando ya no podíamos más nos íbamos a los baños a darnos masajes y a untarnos de aceite.

Poco tiempo antes del asedio, recuerdo que después del baño, volvíamos para nuestra casa por el camino de siempre, no era el más directo, pero así podía contemplar a Casandra, hija de Príamo, cuando sus hermanos entraban en el palacio. Ella siempre estaba hilando, su padre decía que ese no era  trabajo para la hija de un rey, pero ella amaba esa actividad. Ese día Casandra elevó los preciosos ojos negros y mi cuerpo quedó paralizado. Mis amigos, al adivinar mi interés en la hermosa niña, me decían que dejara de fijarme en Casandra, que estaba idiotizada y que todo el día andaba profetizando calamidades y que su último invento era que en pocos días Troya desaparecería para siempre por la intrusión de los aqueos y que esa guerra cruenta permanecería en el recuerdo de todos, generación tras generación, hasta el fin de los tiempos. Pero en ese momento todo me daba igual. Mi hermosa Casandra estaba ahí levantando la mirada y sonriéndome.

Cuando llegamos a casa, Laocoonte ya estaba sentado a la mesa en una  estancia iluminada por el resplandor del hogar.  Una de las sirvientas empezó a traer la carne cortada que siempre preparaba de manera deliciosa, un pan recién horneado y vino.

Miré a Laocoonte y empecé a reflexionar sobre el relato catastrófico que me contaron mis amigos que había vaticinado Casandra y comencé a agobiarme con  la posibilidad de que alguno de mis seres amados perdiera la vida y esa idea me dejó muy consternado. Miré  aquel hombre, que un día me acogiera entre su familia, lo encontré muy pensativo, con la mirada perdida, mientras rallaba el queso sobre el vino.

Yo le conté lo que Casandra había predicho y él me contestó que había reflexionado lo mismo que ella. Cuando le pregunté el motivo, él me explicó que Paris, uno de los hijos mayores del rey Príamo, había raptado a Helena, pero lo comentaba en susurros y a puerta cerrada para no alarmar a la población. Todos le hacían el vacío en palacio, porque ninguno quería líos. El padre insistió en que devolviera a Helena. Yo me puse de pie de un salto y le dije que eso no era motivo para destrozar una ciudad y que el rapto de mujeres también lo hacían ellos. Pero Laocoonte añadió que Helena no era una simple mujer que era la esposa de un príncipe. No sé en qué momento se le ha podido ocurrir tal fechoría, sacó la voz como pudo mi padre. Cuando Príamo lo ha interrogado, alegó que se había enamorado. El rey está muy preocupado y sabe que esto tendrá consecuencias.

Laocoonte me narró algo que me hizo aprender para el resto de mis días  que no se puede juzgar por el detonante que es el que aprovecha el enemigo, porque ante una afrenta  siempre hay motivos de fondo que no se ven y son el verdadero desencadenante de la actuación. En el caso de Troya, Laocoonte dijo que los aqueos llevan mucho tiempo planeando conseguir nuestra ciudad  y convertirla en su colonia. Ellos siempre habían anhelado el control de la entrada del estrecho y así poder navegar sin dificultad hacia las ciudades del Asia Menor y además contarían con los recursos metálicos y agrícolas que  empezaban a faltarles en una población siempre creciente y el rapto de Helena sería la excusa perfecta para atacarnos.

A pesar de lo que contaba Laocoonte, yo no podía hacerme idea de la magnitud de lo que vendría; así que esa noche no pude dormir, no porque estuviera preocupado por el futuro de nuestra ciudad, sino porque pensaba en Casandra, esa mujer que siempre estaría prohibida para mí y la imaginé allí tumbada en la cama, a mi lado y la veía hurgando en mi entrepierna y besando todo mi cuerpo y sentía galopar mi corazón y la  sangre golpeaba mis sienes. Imaginé un cuerpo, que nunca había visto, pero que podía sentir junto a mí como si fuera real. Desperté empapado en sudor y mojado por mi sueño y la vi allí, de pie junto a mi cama, sin embargo en ese momento ya no estaba dormido y podía sentir cómo alargó  la mano, cogió la mía y la apretó, me miraba y sonreía.

Me levanté agotado y pude oír a Laocoonte gritar  “Ya están aquí. Tenemos que prepararnos para lo peor” Asustado me abracé a mi padre adoptivo. La cocina olía a almendras tostadas y todo tenía el cálido ambiente de siempre. Yo no podía imaginar qué iba a ocurrir.

Fueron meses de asaltos, de que se dejaran las labores habituales: los alfareros ya no modelaban jarrones, los orfebres no hacía sus joyas, la comida empezó a escasear; nosotros teníamos vacíos, los sacos de trigo, las vasijas de miel, las tinajas de aceite, los odres de vino, porque los habíamos compartido con los vecinos.

Un día los barcos aqueos, con bastantes bajas y sin posibilidad ninguna de sitiar la ciudad, se alejaron de nuestra costa, dejando desierta la playa, ocupada únicamente por un enorme  caballo de madera.

En ese momento comenzaron las especulaciones. La mayoría consideró que el caballo era un regalo que los aqueos hacían a los dioses y que tendríamos que llevarlo hasta nuestro templo. Pero una minoría, encabezada por Laocoonte, gritaba que eso no era un regalo, que era una trampa envenenada  y que lo enemigos sintiéndose incapaces de conseguir la ciudad batallando, estaban intentando entrar con trampas. Mi padre gritaba e imploraba a los dioses, pero nadie lo escuchaba. La gente, animada con el abandono de los griegos y viendo el final de la guerra, querían introducir el caballo a toda costa.

Yo pude ver cómo Laocoonte, desde la atalaya en la que nos encontrábamos contemplando el caballo,  lanzó una flecha que impactó contra el armatoste, en un intento desesperado de demostrarles que era un engaño y que en el interior estaban los enemigos.

La protestas de los troyanos fueron en aumento y en ese instante se volvieron contra Laocoonte por haber ultrajado la imagen. Viendo que no tardarían mucho en meter el caballo en la ciudad, nos llevó  a sus hijos y a mí hasta la casa para consagrar una ofrenda a Neptuno, para que nos protegiera a nosotros y cuidara de la ciudad. Yo me quedé rezagado encerrando a los animales en el establo y desde allí podía oír como los vecinos se dirigían a la playa, cantando sagrados cánticos,  para introducir el caballo y ofrecerlo a Minerva.

En el momento en el que mi amado Laocoonte hacía su ofrenda, entraron en la casa, destrozando la puerta y la emprendieron con mis hermanos y mi padre, Yo asustado por los gritos, me quedé inmóvil en el establo. Pasaron muchas horas hasta que me decidí  a entrar en la casa y lo que vi, nunca lo pude olvidar: mis hermanos y padre muertos, acuchillados por sus propios vecinos. Por siempre me acompañaría  la mirada desencajada de mi padre. Sin embargo, no pude quedarme a llorarlos o para enterrar los cuerpos. Me asomé a la ventana  vi que los aqueos salían del caballo de manera infinita, una lluvia de flechas caía por todos lados y el crujido de las armas, los llorosos alaridos de los niños y mujeres, las llamas prendiendo los tejados y el olor, ese olor que nunca me abandonaría, a carne quemada y miedo.

Salí corriendo, anegado en lágrimas, hacia la desierta playa envuelta en las sombras de la noche. En ese momento dejé de pensar y sólo corría, corría aterrado y así continué durante días, al principio iba acompañado de habitantes de Troya, que, como yo, huíamos de una ciudad sin futuro, pero,  poco a poco, me fui quedando solo.

Fueron años de andar caminos, mendigar asilo y robar para comer. Hasta que llegué a Tiro, una maravillosa ciudad, bañada por el mismo mar que Troya, que me acogió como uno de sus hijos y me enseñó el noble arte del comercio y me dio la posibilidad de conocer un mundo que no sabía que existía, de crear colonias sin guerra, de aventurarme en un mar infinito, llegando a confines nunca imaginados por mí.

Y ahora estoy aquí  ¡Oh dioses! ¿Por qué habéis consentido que tenga que revivir esta amargura? Recorro sus calles abandonadas, el vacío mercado, ya no existen risas de niños o ladridos de perros, ni se oyen a los forjadores golpear el bronce, ni a los orfebres fabricar sus joyas, que tanta fama tenían, ni a los ceramistas girando el torno. Anduve por sus devastadas calles, con apenas casas en pie y me pregunto ¿Por qué destruir una ciudad y dejarla abandonada?  ¡Oh soberbios dioses, sed testigos de lo que vuestra elección ha provocado!

Salgo de aquí con un solo pensamiento: llevar la historia de mi ciudad por todos los lugares por los que pase y así haría realidad la profecía de mi amada Casandra “Esa  guerra cruenta permanecerá en el recuerdo de todos, generación tras generación hasta el fin de nuestros días”.

Espero que esta entrada os haya gustado. Mi intención es conseguir que nos sintamos parte de nuestra historia y entendamos que les ha ocurrido a nuestros antepasados.

Mi próxima entrada será: “Sorolla, el pintor del eterno verano”

2 comentarios en “LLORARÉ POR TI MI AMADA TROYA

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