MI SEGUNDA OPORTUNIDAD

Antes de cumplir los treinta y cinco años, descubrí la verdadera soledad, esa que no se busca, pero que se siente en el corazón.

Fui un niño extremadamente estudioso; quizás por mi propia responsabilidad o por agradar a mis padres, ya que había nacido y había sido educado con un único propósito: el reconocimiento social. Estudié Derecho, hice un Máster en París y encontré trabajo en poco tiempo, gracias a una empresa que se ocupaba de la búsqueda de talentos.

Durante este tiempo, yo marcaba los ritmos, no me importaba trabajar y lo hacía con agrado; además mantenía la aprobación de todos los me que rodeaban que alababan mi esfuerzo y capacidades. Al principio esta vida regulada no me irritaba, por el contrario, me hacía sentir parte de algo importante; así que me esforcé en aprender, con el mismo ardor que antes lo habían hecho mi padre y mi abuelo, y logré el éxito hasta un punto admirable. No hubo ninguna “otra parte” en mi educación, de forma que no me interesaba: leer, escuchar música, cualquier manifestación deportiva… o lo que le sucediera al  resto de la humanidad.

Me instalé en un apartamento en Madrid, cercano al bufete de abogados que me había contratado, que era uno de los más importantes del país. Los casos de los que se ocupaban casi siempre estaban relacionados con gente muy importante e influyente.

Encontré a Isabel una tarde que bajé a tomar un café en el establecimiento que estaba en los bajos de mi despacho. Yo la conocía de la facultad. Era brillante, pero poseía un espíritu con pocas aspiraciones y se conformaba con aprobar unas oposiciones y trabajar ocho horas para ocuparse de cosas insignificantes como: leer, la fotografía y salir al campo para practicar senderismo.

Creo que lo que me enamoró de Isabel (aunque yo en ese momento no lo supiera) era su alegría, esa alegría que transmitía con su simple presencia, con sus andares rítmicos, la sonrisa permanente de su rostro y su dedicación  a todos los que le rodeaban.

A ella… la verdad es que no sé qué hizo que se enamorara de mí, porque yo sólo sabía hablar de trabajo, trabajo y más trabajo, cuando no trabajaba en el despacho, lo hacía en casa, en el coche, en los aviones. La verdad es que de esos años sólo tengo el trabajo en mi mente.

No tengo ni idea de qué pasó por mi cabeza para que acabáramos entablando una corta relación, que culminó con una boda llena de pompa y muchísimos invitados, como era el deseo de sus padres y los míos. Ellos se ocuparon hasta del último detalle, desde el menú del banquete, hasta el viaje de novios, porque yo no tenía tiempo e Isabel no tenía interés, ella sólo quería una boda sencilla y con pocos invitados, pero tanto Isabel como yo no supimos nunca decir que no a nuestros padres.

Todo fue perfecto al principio, al menos para mí, porque aparte de ser un adicto al trabajo, tenía una incomprensible mala leche que muchas veces acaba pagando con la pobre Isabel. Por lo que nuestra vida transcurría así, fría y lenta. Creamos un mundo para dos, donde nuestros ritmos se adaptaban y aprendimos a convivir en el espacio de nuestro apartamento y nos acostumbramos a nuestros olores, a nuestras manías. Estoy seguro de que en ese momento no lo valoraba, pero la presencia de Isabel en mi vida era el único pilar verdadero que la sustentaba.

Hasta que un día Isabel, cuando llevábamos casi cinco años casados, me vino con la idea  de que quería ser madre, ya se sabe, cuando a las mujeres les llama el reloj biológico, no hay quien las pare. La verdad es que yo no tenía ningún interés y le dije que sí, creo que para no oírla o porque quizás la idea de ser padre no me parecía tan descabellada. Sin embargo, Isabel empezó a comportarse de forma extraña, ya no la veía tan feliz y cada cierto tiempo se enfadaba porque yo no había estado en el momento de la ovulación, que controlaba casi a diario, y eso la llenaba de furia y rencor. En cualquier caso, supongo que ella aguantó lo inaguantable bajo el espejismo de un final feliz.

Por ese tiempo, yo no sé si fueron los litros de café que había ingerido durante tantos años, la falta de sueño y descanso, las presiones de Isabel, el comer mal y a deshora, los relajantes que tomaba para dormir, los excitantes que tomaba a todas horas… El caso es que los calambres en el abdomen y el dolor en el estómago iban en aumento y me vi obligado a ir al médico, que me diagnosticó una úlcera de estómago y me mandó un montón de pruebas, que no me hice porque no tenía tiempo. Como la doctora me recetó unos medicamentos para la úlcera y empecé a mejorar, me olvidé del tema, tomando atajos, que me llevarían a resultados desastrosos. Pero estaba claro que mi cuerpo me estaba avisando y a partir de entonces mi rendimiento bajó y no podía, aunque quería, llevar el ritmo de antes.

Las discusiones con Isabel iban cada vez en aumento y mis problemas en el trabajo, me hacían ponerme, muchas veces, violento en el trato con ella.

Pero llegó aquel jueves de mediados de octubre. Nunca puedes saber en qué instante se produce un corte en tu vida, ese momento en el que empiezas a hablar del antes o el después de ese día. Pues esa mañana llegué al despacho, con un fuerte dolor de estómago, porque la medicación la tomaba de forma muy irregular, así que me tomé un par de Orfidal y un Gelocatil, para relajar el dolor y de paso mi mente.

El Sr, Cámara, llegó muy apurado y me dijo que Juan Hidalgo estaba en el hospital y que el caso que llevaba él había que presentarlo mañana en el Juzgado y que me lo asignaban a mí. Yo me indigné, no porque me lo hubieran atribuido, sino porque no podía entender que hubiera gente tan irresponsable para dejar un caso como ese desatendido y no pregunté ni qué le pasaba al pobre Juan Hidalgo. Cuando ahora lo recuerdo, me veo como un monstruo sin sensibilidad de ningún tipo. Poco tiempo después me enteré que Hidalgo estaba en el hospital porque  le había dado un infarto y en ese momento estaba en la UCI.

Entré en el pequeño despacho de Hidalgo y durante un rato contemplé el lugar con atención. Todo estaba dispuesto con una pulcritud meticulosa; así que no tendría problema para encontrar todos los documentos que fueran necesarios.

El caso es que me puse a trabajar como un  loco, desconecté el móvil y pasé toda la noche trabajando. En el transcurso de las horas me hizo efecto el cóctel de medicamentos que me había metido en el cuerpo. El tiempo se detuvo y al amanecer ya estaba todo preparado.

Me tomé un café y me fui al Juzgado de donde salí a las tres de la tarde, con la labor cumplida y la satisfacción de sentirme el mejor y el más eficiente.

Me fui a casa donde me esperaba Isabel hecha una fiera. Había estado esperando toda la noche: preocupada, indignada y decidida a mandarme a paseo. Así que, cuando introduje la llave en la cerradura se me abalanzó como una pantera, las lágrimas le corrían por las mejillas y los gritos eran inacabables. Todos los reproches de Isabel eran contestados con una justificación mía que, por supuesto, no la convencía. Ahí comenzó de nuevo el dolor de estómago y un fuerte dolor de cabeza lo acompañaba.  Llegó un momento en que todo empezó a ir a cámara lenta en cabeza y cuando ahora recuerdo el instante sólo puedo evocar “vete de mi vida” “márchate para siempre” que gritaba Isabel y me visualizo bajando la escalera como un loco.

Me subí en el coche en un estado lamentable, sin haber dormido nada en las últimas cuarenta y ocho horas, la cabeza que me iba a estallar, el dolor en el estómago y las tripas en ebullición y por primera vez me sentí solo. Me miré en el espejo retrovisor y no me reconocía, tenía muy mala cara, el pelo totalmente alborotado y los ojos que parecían que iban a salirse de las órbitas. Cuando ahora recuerdo aquella imagen me da miedo.

Salí del parking sin rumbo fijo y con un frío que hacía tiritar todo mi cuerpo. Cuando abandoné Madrid,  puse el Audi a doscientos. Quería escapar, el único problema era que de lo que quería escapar era de mí y yo estaba ahí, pisando el pedal del acelerador.

El frío y el dolor de estómago se hacían insufribles. Unas náuseas insoportables me hacían eructar y eructar, hasta que las ganas de vomitar se hicieron irremediables. Paré el coche en el arcén, me  bajé temblándome las piernas y comencé a vomitar doblado por la cintura del dolor.

Cuando subí al coche de nuevo sentía una debilidad que me hacía pensar que toda mi energía se había marchado con aquella bilis verdosa que había lanzado. Volví a la carretera, estaba casi anocheciendo, el sol estaba en el horizonte y había dado al atardecer un color a brasas ardiendo que en toda mi vida había apreciado y ahora que estaba tan mal, sentía la belleza del ocaso. Eso me hizo preguntarme si no me estaría volviendo loco.

Ya no iba a toda velocidad y tres veces más tuve que parar para vomitar, así que tomé un desvío que no sabía hacia dónde me llevaría, pero quería alejarme de la carretera principal.

El dolor no paraba y la titiritera me hacía imposible el movimiento, así que paré el coche y me acurruqué en el asiento de atrás, rodeado de un silencio que descubrí que puede ser ensordecedor, pero que me hizo entrar en un sueño o desmayo que llenó de pesadilla y  miedos mi mente y de sacudidas todo mi cuerpo. Por algún momento pensé que ese sería mi final.

Cuando amaneció, apareció Andrés en su tractor. Al verme durmiendo en el coche llamó a los cristales y al comprobar que no contestaba, decidió abrir la puerta y supongo que se alarmaría al ver mi estado, porque llamó a su hijo que trabajaba en el hospital de Pamplona y él se encargó de llamar a una ambulancia que me llevaría a Burgos.

Según me comentó Andrés permanecí inconsciente, con mucha fiebre y delirios durante tres días. Cuando estuve en disposición de atender a lo que me decían los médicos, pregunté qué me había pasado y me hablaron de un virus y que estaban tratando mis problemas gástricos y me recomendaron que sería conveniente que guardara  reposo porque el hígado y el bazo los tenía inflamados. Me comentaron  que habían intentado ponerse en contacto con algún familiar pero no llevaba ninguna documentación ni tampoco móvil, así que podía que alguien estuviera preocupado con mi falta. Pensé que Isabel no me esperaría y llevaba meses sin hablar con mis padres y que los únicos que me podían echar de menos eran los del trabajo y por alguna extraña razón no me apetecía llamarlos; así que tuve la constatación amarga de que a nadie le importaba.

Andrés y su hijo Carlos pasaban muchos días a verme, a pesar de que ninguno de ellos vivía cerca del hospital. Carlos era médico. Su padre había trabajado duro para que pudiera tener una educación universitaria, pero también lo había hecho para que  creciera como una buena persona; así que se convirtió en el amigo que nunca tuve, en el hermano con el que nunca conversé y Andrés en el padre cariñoso y amable que nunca había tenido, porque el mío sólo se preocupaba del trabajo y de que yo me convirtiera en su digno sucesor.

Cuando me dieron el alta hospitalaria Carlos me recomendó que pasara unos días en la hospedería que tenía el Monasterio de Silos y de esa forma estaría cerca de donde vivía su padre y me serviría de terapia reparadora del alma y del cuerpo.

Yo disfrutaba de los domingos paseando en bicicleta con Carlos y de las asistencias a las misas con él y . En uno de los paseos me confesó que aunque él no era creyente, a la manera de su padre, le gustaba disfrutar de aquel ambiente en su compañía y que eso le recargaba las pilas para toda la semana. Los Cantos Gregorianos se habían convertido para Carlos, que los había escuchado desde que nació, en la mejor medicina que él conocía para cuerpo y alma.

Durante la semana empecé a asistir a todas las celebraciones, ya que al estar hospedado en el convento, no tenía que realizar grandes desplazamientos; así que acudía desde las Vigilias a las seis de la mañana, hasta las Completas casi a las diez de la noche, y eso se convirtió en las pautas que marcaban mis actividades, que en esos momentos se limitaban a pasear, visitar a Andrés, conversaciones con  los monjes del Monasterio  y esperar a que llegara el domingo para ver a Carlos.

Había pasado un mes y por alguna razón que todavía no alcanzo a entender, pensé que no podía seguir allí toda la vida, aunque en realidad era lo que me apetecía, pero decidí que iría a hablar con Isabel, con mis padres y el trabajo. Pedirles perdón y hablarles de mis nuevos proyectos. Así que una lluviosa mañana, después de escuchar a mis amados monjes, tomé el coche y me dirigí a Madrid. Parecía mentira, pero notaba que mi vida era otra, me sentía ligero y respiraba un aire que notaba fresco como nunca lo había percibido.

Me dirigí a mi apartamento y allí encontré a Isabel, la abracé y sólo le pedí perdón, mientras lloraba sin consuelo. Después de contarle todo, le dije que quería abrir un despacho en Burgos y que la llevaría al Monasterio de Silos cada domingo y le pedí una segunda oportunidad, a ella y a la vida.

Autora: Esperanza Varo

La próxima entrada sera: ” Los fenicios, esos grandes desconocidos”

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