TIRO

Aquí os dejo un fragmento de mi novela ENYRA. UNA HISTORIA DE AMOR Y CORAJE EN LA ANDALUCÍA PRERROMANA, donde intento recrear la ciudad de Tiro y las actividades cotidianas de sus habitantes.

TIRO

El rey Salomón había salido de sus territorios para visitar a su vecino de Tiro, el rey Hiram I. A Hiram y a su pueblo, les precedía la fama de astutos mercaderes (sin duda los mejores), de magníficos artesanos y de personas inteligentes e instruidas. Salomón tenía encomendado por parte de su dios, la construcción de un templo en su honor y para esta misión iba a pedir ayuda a Hiram. El viaje, lo había realizado en barco, porque para el transporte de las mercancías que llevaría de vuelta, resultaría más cómodo que por tierra. Salomón había enviado un barco días antes para que lo anunciara al rey Hiram. Pues, aunque Salomón tenía fama de rey justo, que se había lanzado a grandes empresas marítimas y comerciales para engrandecimiento de su reino, esta era la primera vez que ambos monarcas iban a verse en persona y era conveniente este anuncio previo.
Salomón quedó impresionado cuando desde su nave pudo divisar Tiro situada en una isla, rodeada de un mar de perfecta belleza y poblada de suntuosos edificios. La ciudad estaba rodeada de una poderosa muralla. El barco arribó a uno de los numerosos puertos que rodeaban la isla donde se situaba. Todos los barcos que realizaban salidas para el comercio estaban amarrados y resguardados de las inclemencias del tiempo, porque durante todo el invierno habían estado inactivos, período en el que no se aventuraban a navegar y se ocupaban del mantenimiento de las naves.

El rey Hiram, que ya había sido advertido de la visita, había enviado a uno de sus hombres de confianza para que recibiera al rey Salomón y lo llevara a su palacio. Allí le tenía preparada una gran recepción con grandes fiestas, obsequios, y banquetes dignos de tan noble visitante. Salomón desembarcó y cuando llegó a la gran plaza situada junto al puerto, que era uno de los epicentros de la actividad económica de la ciudad y donde afluían todas las mercancías del mundo conocido, quedó impresionado. En perfecto orden, y dando un exquisito colorido, había: coral de Malta; ricas telas procedentes de Persia y de la India; oro de África; trigo, algodón y lino de Egipto; granos, vinos y aceite de Palestina; esclavos, caballos y vasijas de Armenia; esencias y lana de Arabia; mirra, especias y piedras preciosas de Oriente. Pero algo sobresalía de manera desagradable y era un mal olor, que sus habitantes apenas percibían ya. Salomón preguntó a su acompañante con náuseas: —¿Qué es ese insoportable olor? —Es el olor que desprenden las numerosas tintorerías que existen en la ciudad y donde se fabrican y tintan nuestros famosos paños púrpura —contestó su acompañante con amabilidad. —Y, ¿qué es lo que usan que produce tan mal olor? —preguntó Salomón.
—Eso no se lo puedo contestar, pues es un secreto que si confiamos a alguien, está penado con la muerte. Pero además nadie quiere descubrirlo, no tanto por la condena sino porque es una de las cosas de las que nos sentimos más orgullosos y que nos identifica. No encontrará en toda la isla a alguien que esté dispuesto a desvelar el secreto ni por todo el oro del mundo —le respondió el acompañante. Salomón sonrió al ver a aquel hombre defendiendo con tanta pasión su secreto y el de su pueblo. —¿Y cómo podéis convivir con este olor? —preguntó Salomón. —Ya estamos acostumbrados y sólo se hace insoportable en los días de calor húmedo del verano. Con la conversación, Salomón casi no se dio cuenta del camino, de forma que en muy poco tiempo estaban en los contornos del palacio de Hiram, el cual cubría una superficie considerable, pues en sus proximidades, además del palacio, se encontraban los edificios de los tesoros de la ciudad y los archivos, preservados por el Estado y a cargo de oficiales públicos. Salomón pasó a un exuberante jardín cerrado donde el desagradable olor desapareció totalmente oculto por el sinfín de olores que allí primaban. En determinadas zonas habían hecho una inclinación intencionada para que el agua pudiera correr, dando frescor y tranquilidad al ambiente y fuentes elevadas de donde emergían chorros de agua que se distribuían por toda la estructura. Tenían un sistema de irrigación muy complejo, pues habían construido unas cisternas que, colocadas en la zona más alta del palacio, recogían el agua de la lluvia y la iban dejando salir con mucha lentitud. Más abajo era impulsada por unas norias que giraban de forma constante. Palmeras, cipreses y cedros que llegaban a alcanzar quince metros de altura, daban zonas de sombra, donde se resguardaban del sol en los calurosos días del verano.

En las zonas abiertas y soleadas: adelfas, hibiscos, jazmines, rosas, madreselvas, y setos de arrayanes se encontraban junto a arroyos artificiales. El perfume de las flores, los reflejos de la luz en la cerámica, el murmullo del viento y el agua, hacían que se despertaran los sentidos. Hiram gobernaba Tiro desde hacía muchos años. Hombre sabio y justo, Hiram fue uno de los mejores reyes que tuvo Tiro. Pasados siglos y siglos, se le siguió recordando como el mejor, pero Hiram tenía como secreto, su gran habilidad para rodearse de los mejores.

Hiram salió a la escalera del palacio y encontró a Salomón mirando el jardín con admiración. —Querido Salomón, me siento muy honrado de que visites mi morada —le dijo Hiram acercándose a Salomón y abrazándolo con efusividad. Sus pueblos habían estado muchas veces enfrentados, pero su actual situación de colaboración y amistad hacía que sus reinos, no solamente estuvieran en paz, sino que se ayudaran para aumentar la prosperidad de ambos. —No tengo palabras para describir este jardín, es increíble. He visto jardines mucho más grandiosos, con plantas vistosas, extrañas y desconocidas, pero este jardín es… No te lo podría definir, pero el paraíso que mi dios refiere debía ser así —dijo Salomón con gran admiración. —Lo sé —dijo Hiram sonriente—. Llevo años pisando este jardín y aún sigo sintiendo la misma admiración que sientes tú. La obra se la debemos a Juram Abí, él es como un hijo para mí y puedo decirte, sin lugar a equivocarme, que es el mejor artista que hay sobre la tierra. Puede crear belleza con cualquier cosa. He visto cómo ha hecho un adorno para una fiesta con un tronco y hojas secas que ha dejado boquiabiertos a todos. Él mira las cosas y puede ver la belleza que hay en ellas y que los demás ni percibimos.

—Lo sé —dijo Salomón—. La fama de Juram Abí llega a todos los sitios que yo conozco, y es por él por lo que precisamente me he desplazado hasta aquí. —Ven, vamos a entrar, pediremos algo de beber y comer y me cuentas con tranquilidad el motivo de tu visita —dijo Hiram solícitamente. —Y tú me cuentas el secreto del colorante que usas para crear el color púrpura de tus paños y que huele casi hasta mi país —bromeó Salomón riendo. —Sí, es verdad que huele, lo que ocurre es que nosotros ya estamos acostumbrados. Pero no, no te diré nuestro secreto —dijo Hiram en el mismo tono jocoso que había empleado Salomón. —Quizá no sea muy importante, pero se ha convertido en nuestra seña de identidad, por la que somos conocidos en todas las tierras, y por lo que espero nos sigan conociendo generación tras generación —respondió Hiram en un tono más serio. —Te entiendo —dijo Salomón—. Yo haría lo mismo si tuviera algo único, algo que me identificara como país. Un esclavo se acercó a ellos y les llevó unos vasos con vino y unas bandejas con dátiles, pasas, ciruelas e higos secos. —¿Te quedarás para las fiestas de la primavera? Empiezan hoy y se prolongarán durante diez días. Al final de estos, nuestros barcos, que han estado parados todo el invierno, volverán a la mar para traer y llevar mercancías —dijo Hiram. —Me encantaría —dijo Salomón—, pero no puedo, he venido para un tema concreto y tengo que estar en mi ciudad en pocos días, de todos modos me siento muy agradecido por tu invitación y estaré muy complacido en compartir tu fiesta hasta mi partida. Verás, tengo un proyecto muy ambicioso, pues quiero glorificar al dios de mi pueblo con el mayor y mejor templo que nunca se haya construido. En él colocaré los objetos que mi padre, el rey David, consiguió. Y allí depositaré el Arca de la Alianza con toda solemnidad. En ese lugar deseo convocar a los ancianos de Israel y a los jefes de todas las tribus. También pretendo levantar una casa para mí, que quiero que esté cubierta con tablones de madera de cedro y apoyada sobre cuarenta y cinco columnas. Para llevar a cabo todo ello, te rogaría que me cedieras, a cambio de un buen precio, a Juram Abí, para que me realice el proyecto y te necesito a ti, para que me consigas el oro, la plata, la madera de cedro y los artesanos especializados necesarios para estas construcciones. En pago por todo ello, te proporcionaré todo el trigo y el aceite que necesites durante años. —Por supuesto que te ayudaré en tan gigantesca obra. Te proporcionaré madera, oro, plata, bronce, piedras, púrpura, lino fino, carmesí y toda clase de grabados; pero con respecto a Juram Abí…, no te lo puedo ceder. Sí que podrá trabajar en tu proyecto, pero no es mi trabajador, para mí es como un hijo y como tal lo he criado. —Eso no lo sabía yo —dijo Salomón interesado—. Cuéntame su historia. —Juram Abí —comenzó a relatar Hiram— era el único hijo de mi amigo y administrador. Su madre había muerto al nacer Juram y en el momento en el que cumplió cuatro años, su padre enfermó gravemente y murió también. Cuando mi amigo estaba a punto de fallecer, me pidió que cuidara de su hijo, siendo estas sus últimas palabras. Juram se crio junto a Eliam, como uno más de mis hijos. Yo lo instruí y le proporcioné los mejores profesores. Pero su inclinación hacia todo lo que signifique arte, ha hecho que su deseo haya sido convertirse en artesano. Yo le dije que si quería ser artesano, lo sería para los reyes y que su nombre sobresaldría por encima de todos y que cuando pasaran años y años, su nombre seguiría siendo recordado. Así que traje a los mejores artistas para que lo instruyeran. Juram no sólo es para mí un artista, sino que es la personalidad que complementa a Eliam. Yo no los podría separar nunca, porque lo que le falta a uno lo tiene el otro. Estoy planteándome muy seriamente que Eliam sea el que me suceda, pero detrás estará Juram, el prudente y visionario Juram.

Eliam es más intrépido, locuaz y a veces alocado, pero Juram es más calmado, siempre está ahí, parando a Eliam cuando es necesario y animándolo cuando considera que la empresa es adecuada. Juram es hombre de pocas palabras, pero las pocas que emplea, son las justas y necesarias, una sola mirada suya es capaz de calmar el mayor fuego, porque sus sentimientos son tan grandes, que casi puedes ver cómo salen de su cuerpo: sensibilidad, valentía y sobre todo belleza. —Hablas de él casi como si fuera hijo de Dios —dijo Salomón asombrado con el relato de la personalidad de Juram. —Cuando lo conozcas, me entenderás. Es alguien muy especial. Siento por él un amor que me derrite el corazón cuando estoy en su presencia. La verdad es que me siento muy afortunado de que llegara a mi vida. —Te entiendo —dijo Salomón asintiendo—. Ya tienes dos cosas que te identifican: tu colorante púrpura y a tu artista Juram Abí, por las que la historia hablará de ti. Hiram llamó a un esclavo y le dijo: —Prepara una habitación para nuestro invitado, proporciónale todo lo que necesite y sírvele mientras se encuentre con nosotros. Después se dirigió a su invitado. —Salomón, seguro que la empresa que emprendemos en este momento nos hará grandes a ambos. Juram Abí hará un diseño y te lo enviaremos para tu visto bueno. Además, él y Eliam irán a buscar todo lo necesario para que tu palacio y tu templo sean los mejores de todos los tiempos. —Muchas gracias, Hiram, sabes cuál es mi admiración hacia ti, por ello pongo en tus manos un proyecto que es el más importante, no sólo para mí, sino para mi pueblo. —Esta noche tenemos la primera fiesta de la primavera, así que nos veremos para festejarla juntos y de esta forma podrás conocer a mi hijo y a Juram Abí.

Al caer el sol comenzó la fiesta en honor a la primavera. Todos se dirigieron hasta el templo levantado en honor de Melkart, divinidad protectora de Tiro. Un imponente edificio con dos enormes columnas en la entrada, una de oro puro y otra de esmeraldas que emitía unos reflejos verdosos tanto de día como de noche. Las ofrendas se hicieron en la entrada del templo, en un altar levantado para la ocasión en lo más alto de la escalinata, para que todos los de la ciudad pudieran participar en el acto. Posteriormente pasaron a un enorme salón con una grandiosa fuente en el centro. El suelo estaba por completo cubierto con alfombras persas y las paredes con hermosos brocados de seda de Siria. Allí sirvieron todo tipo de suculentos manjares: panes de distintos sabores y formas; queso endulzado con miel; guisos con garbanzos, guisantes y lentejas; cordero, avestruz y huevos de avestruz, manzanas, nueces, dátiles e higos. Durante la cena, un grupo de danzarinas bailó ante Salomón. Se trataba de un ritual normalmente de carácter sagrado, pero ante tan importante visitante Hiram les pidió que danzaran para él. Las danzarinas llegaron en dos filas con las manos entrelazadas. La que encabezaba una fila portaba un alabastrón y la que encabezaba la otra, a la derecha, portaba un ánfora, todas ellas entraron con los pies descalzos. Detrás de unas cortinas se encontraban dos mujeres flautistas, otra tocaba el tambor y dos el salterio, y  empezaron su interpretación, en el momento en el que las danzarinas comenzaron a entrar en la habitación. Las danzarinas empezaron a moverse al ritmo de la música. El movimiento fluía sinuoso desde la cabeza hasta el pecho, de los hombros a las muñecas, de la cintura a las caderas, acompasados con un paso ligero y ágil. El baile dio fin a la cena y al festejo de ese día. —Hiram, ha sido un día impresionante, me he sentido muy a gusto en tu casa. Me has obsequiado con todo lo bueno que tienes y me he sentido muy honrado en tu presencia. Te lo agradezco infinitamente. Espero tener la oportunidad algún día de poder devolverte todos los honores que tú me has dado. Mañana debo partir para mi país, y lo haré con el convencimiento de que eres una de las mejores personas que he conocido. No me extraña que como gobernante no tengas rival. Verdaderamente te admiro —dijo Salomón muy agradecido. —Tengo un último regalo para ti, con el que te intento agradecer que hayas confiado en mí para un proyecto tan importante. Y diciendo esto, dos sirvientes se acercaron portando dos colmillos de marfil, profusamente tallados y un manto púrpura que entregaron a Salomón. —No sé qué decirte, no me esperaba esto, y realmente no había necesidad de hacerme estos obsequios. Me has dejado sin palabras. —Los colmillos de marfil —dijo Salomón mientras los admiraba— serán la primera ofrenda que haga a Dios cuando esté terminado el templo y le pediré que te proteja. —Muchas gracias por todo. Al día siguiente partió con destino a Israel.

Autora:Esperanza Varo

La próxima entrada será: “Los grandes movimientos migratorios en la humanidad”

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