¡NO SOY UNA BRUJA!

Mi querida Ainara. Me ha preguntado en numerosas ocasiones cuáles han sido los acontecimientos que me han llevado tan lejos de nuestra tierra. Han pasado años, pero hasta ahora, no he sido capaz de evocarlo.

Comenzaré desde el principio. Fui criada por Maitane Alzola, una curandera que me enseñó todo lo que ella sabía: liberar la fuerza que está dentro del enfermo,  observar los indicios que presenta y a aplicar los ritos para purificar el cuerpo con agua, dieta, danza, vómitos y el uso de plantas.

Poco antes de morir, Maitane me confesó que mis padres eran unos condes que vivían en la frontera con Francia y que, en una de las numerosas contiendas que padecían en esa linde, los asesinaron y mi ama, que acababa de darme a luz, cuando vio cercana a la muerte,  me entregó a Maitane para que me salvara. Sin embargo, nunca me confesó quiénes fueron los asesinos de mis padres porque no quería que creciera con odio, ya que decía que el rencor te mata lentamente.

Cuando ella murió me seguían llamando los vecinos, pues aunque había médico en la villa, estaban los que no lo podían pagar, los que el médico no encontraba el remedio para sus males o los que creían más en nuestras prácticas; así fue que D. Gorka Altolaguirre vino una mañana para pedir mis servicios porque el médico no podía aplicar ninguno de sus conocimientos para salvar a  por su mujer Itxaso y ella le había pedido que me localizara, pues me conocía de cuando Maitene y yo ayudamos a su madre a buen morir.

Le estuve suministrando durante dos meses calmantes para aliviar los dolores,  me quedaba a su lado cuando ella me lo pedía y le cantaba y tocaba el laúd para calmar su espíritu.

Yo vivía en la falda del monte Jaikzibel. En un pequeño prado donde podía ver, como si fuera un pájaro, las casas donde vivían mis vecinos y también a mi amado mar, unas veces tranquilo y azul y otras aterrador y gris. Cada día, al atardecer, bajaba hasta la playa. Me gustaba hundir los pies en las doradas arenas, sentarme y contemplar los barcos  que salían hacia tierras muy lejanas.

Una tarde de primavera, poco antes del anochecer. Yo subía desde la playa y al entrar en mi casa vi que unos soldados lo habían destrozado todo. Me llevaron esposada,  detenida y arrastrada por los caminos, cuando por la premura del paso, tropezaba y caía. Al final, me empujaron a una fría mazmorra en los sótanos del castillo de San Telmo, junto a piratas y malhechores. Nadie me explicó de qué me acusaban. Allí permanecí: sucia, ansiosa e ignorante de mi suerte, durante días.

Una fría y gris mañana de primavera, vinieron a buscarme y esposada me encaminaron por las calles de Fuenterrabía para llevarme al palacio donde sería juzgada. Los vecinos, aquellos a los que conocía porque había ayudado y curado, me gritaban: «¡Bruja, bruja, amante del diablo!». Creo que todo el vecindario de la villa estaba allí: junto a la iglesia y el castillo, en las calles que lo circundaban y en la plaza, y hasta las ilustres damas salían a los balcones para contemplar el espectáculo.

Así fue como me encontré ante el tribunal que me iba a juzgar. Yo no me lo podía creer cuando escuché que había sido acusada de brujería, de hacer pactos con el diablo, y que se iban a presentar pruebas de dicho delito.

De repente, como si de una revelación se tratara, lo entendí todo.  Seguro que me había acusado Kimetz Altolaguirre, el hermano de Gorka y recordé sus amenazas. Por primera vez sentí el miedo que la muerte segura te puede provocar y un frío que me recorría todo el cuerpo y me dejaba paralizada. ¿Cómo iba a explicar a curas y alcaldes que ese mal nacido había intentado forzarme y que hui de allí propinándole un buen mordisco en el brazo que me permitió salir corriendo y  mientras escapaba pude oír sus improperios y amenazas? Yo había escuchado que la  Inquisición te achicharraba en la hoguera por mentiras como la de ese ¡hijo de puta! y me invadió el pánico.

Las preguntas de los curas comenzaron y mi respuesta siempre era la misma.

—No soy bruja. —Y lo repetía una y otra vez, pero el pavor se hizo insoportable y comencé a llorar y gritar cuando cuatro niñas de Fuenterrabía empezaron a contar sus falsos relatos.

La historia de las niñas conmovía a los allí presentes y sobre todo a los alcaldes, a los que veía mover la cabeza y llevarse las manos a la cara. Incluso distinguí cómo el alguacil abrazaba a una de las niñas que lloraba y lloraba después de su falso relato.

Y comenzó otra a declarar, un poco cohibida al principio, pero exaltada y encantadora cuando observó el efecto que su relato tenía sobre los nobles señores y así pude oír de qué me acusaba: de llevarla al aquelarre, de arrastrarla a viajar por el cielo sin que ella pudiera moverse para escapar y, al igual que las demás, habló de que la entregué al diablo. Y así pude escuchar que me señalaban como culpable de matar a las reses, secar las plantas, azotar  los mares, hacer desaparecer las sardinas y no sé cuántas falacias más. Y, por supuesto, de matar a Dª Itxaso Lagarrigue.

El juez se dirigió a mí y me dijo que no había indulgencia para aquellas mujeres que se pudiera demostrar que eran brujas maestras, que embrujen o hayan embrujado a criaturas, adoren al diablo o realicen actividades que vayan contra la Iglesia o nuestro Señor Jesucristo. De forma directa me preguntó.

—Dª Elaia Alzola, ¿es usted bruja maestra? ¿Ha embrujado a alguna criatura? ¿Cuántas veces se ha juntado en aquelarre en la montaña de Jaikzibel?

—¿Qué teméis de mí? —Les pregunté—. Yo sólo practico la curandería y a lo largo de mi corta vida he estado en todas y cada una de vuestras casas, he aliviado vuestros dolores, ayudado a bajar la fiebre de vuestros hijos. Pero siempre lo he hecho buscando la protección de Dios y de su hijo Jesucristo. ¿O acaso me habéis visto alguna vez invocar al diablo? —añadí indignada.

—Se os acusa de la muerte de Itxaso Lagarrigue, al suminístrale numerosos bebedizos y pócimas y que lo hicisteis para poder quedaos con el marido, porque lo amáis. —Me volvía a increpar el juez; así que yo comencé mi defensa con el mayor empeño posible, porque en ello me iba la vida—. No sé quién puede acusarme de ello. Es verdad que durante semanas he estado suministrando belladona y beleño para calmar sus dolores. Hice esto porque el doctor que la trataba había decidido que no podía hacer nada por ella; así que su marido D. Gorka Altolaguirre me llamó para que hiciera lo que pudiera; sin embargo, cuando la vi, supe que lo único que podía hacer era calmar el dolor que le abrasaba las entrañas. Ella me pedía que le cantara y estuviera allí día y noche. ¿Cómo podéis acusarme de matarla? En cualquier caso, sólo me podéis acusar de acompañarla en el inexorable camino hacia la muerte.

Jamás he afirmado que mis conocimientos no estén equivocados, pero yo no soy médico y lo que administro lo he aprendido de Maitane Alzola y ella de su maestra y así desde el principio de los tiempos. En cualquier caso, creo que deberíais hablar con el médico para que os dé su opinión. No sólo vale lo que unas mentirosas niñas os puedan decir.

Con respecto a que amo a D.Gorka Altolaguirre, es cierto, lo amo —cuando estaba diciendo estas palabras no podía creer que estuvieran saliendo de mi boca, pues no lo había querido reconocer ni ante mí misma—, pero como se ama al sol, a la luna o a las estrellas. No era mi intención engañar a nadie y menos a la esposa de mi señor Gorka. Siempre he sabido que era un amor prohibido y jamás pensé en que su mujer abandonara este mundo para ocupar su lugar. Es más, también la amaba a ella, porque era el ser más dulce y sensible que había sobre la tierra. Tanto es así, que decidió no seguir viviendo tras la muerte de su hijo y lo único que me reclamaba era que la cuidara y que la ayudara a una buena muerte. Es verdad que mi señor Gorka Altolaguirre me deslumbró y el color del mar de sus ojos y su sonrisa me hechizaron para siempre. En los  momentos en los que ella estaba tranquila y reposada,  yo permanecía junto a su esposo y él me explicaba cómo giran los planetas y unos libros donde aparecía el interior de los hombres, pero no del alma sino del cuerpo, y me hablaba de Leonardo da Vinci y de Miguel Ángel y yo atendía e intentaba aprender todo lo que mi mente me permitía.

Así terminó mi alegato y sin cruzar ni una sola palabra conmigo me volvieron a llevar a la prisión.

Pasé todo el verano en las mazmorras y cuando los árboles empezaron a mudar el color de las hojas, me volvieron a sacar para llevarme al tribunal. Yo estaba segura de que iba a morir, así que iba tranquila, porque a Dios encomendé mi espíritu. No puedo recordar el camino pero sí de que iba con paso vacilante como consecuencia de la falta de alimento y así llegué hasta el tribunal que dictaría mi futuro. Hay algo que si recuerdo a la perfección y fue la visión de la pira preparada para mi ejecución a la entrada del tribunal que me provocó un escalofrío que me llegó a las entrañas y todo mi cuerpo se empezó a sacudir con los tiritones.

El juez se dirigió a mí diciendo.

—Elaia Alzola, ¿jura solemnemente que acata la autoridad de la Santa Madre Iglesia aceptando con humildad sus preceptos? —Yo contesté que sí como pude y él añadió—. Arrodíllate y besa la cruz de Nuestro Señor.

Y sólo pude llorar cuando el hombre, con tono de circunstancias añadió.

—Por aplicación del indulto general concedido por su Santidad y la Santa y General Inquisición, será libre si se convierte a la fe católica, pero  por expreso deseo del vecindario se le condena al destierro, de forma que se le conducirá al primer barco que zarpe del puerto, sea cual fuere su destino.

A la mañana siguiente, me metieron en un barco cuyo destino desconocía. Me empujaron hacia una bodega atiborrada de carga, donde iría rodeada de víveres, equipajes y otros que, como yo, teníamos que buscar la vida en otro lugar.

Durante la larga travesía tuve fiebres y mi salud, que en otros momentos fuera inquebrantable, estaba debilitada hasta el máximo. En mis delirios, siempre estaba allí mi amado Gorka y sus adorables ojos azules.

Entre las brumas de mi mente pude oír a uno de los tripulantes que gritaba.

—¡Arriba hostias Vamos a limpiar la mugre y la pestilencia que habéis creado¡

Yo no conseguía mantenerme en pie, así que me sacó de la bodega a base de empujones y patadas. Salí de ese antro que había sido mi hogar durante no sé cuántos días y una luz cegadora me hizo cerrar los ojos. Mis piernas eran incapaces de sujetar el cuerpo e imagino que debía dar asco y emitir un olor insoportable porque la gente que me rodeaba se apartaba haciendo comentarios que me rompían el corazón.

De pronto, las fuerzas me fallaron y todo se apagó al caer sin conocimiento. En ese momento D. Ignazio Ibarra, su marido, me recogió, alimentó y vistió, como si de una hija se tratara. Y fue justo en ese momento donde comenzó una nueva vida para mí, una familia y una nueva tierra.

Está claro que Dios se apiadó de mí y eligió esta maravillosa tierra de Méjico para que viviera en ella y que vuestro esposo y vos me acogierais en vuestra familia.

Sin embargo, no puedo evitar que cuando miro el mar iluminado por el sol venga a mi mente el recuerdo de mi amado Gorka y de mi tierra a los que sé que nunca volveré a ver.

Autora: Esperanza Varo Porras

Mi próxima entrada será “Tartessos”

6 comentarios en “¡NO SOY UNA BRUJA!

  1. ¡Buena entrada! Siempre me ha atraído la oscuridad que rodea a las brujas (las mitológicas, se entiende). Otra cosa muy distinta fueron las injusticias que se cometieron en el pasado contra tantas y tantas mujeres acusándolas de practicar la brujería.

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  2. JM

    Muy ameno relato.
    Pero hay anacronía en lo que respecta a los nombres euskéricos, algunos de los cuales (por ejemplo Gorka y Maitane) fueron inventados a comienzos del siglo XX. Y otros, relacionados con la naturaleza (Itxaso, Ainara, Elaia…) no constan en registros de la época en la que ubicas el relato. Las partidas de bautismo -consultables online- son una fuente fiable de los nombres habituales a lo largo de los siglos, por lo menos a partir del siglo XVI que es cuando se comenzó a registrar en las parroquias los distintos sacramentos (bautizo, confirmación, matrimonio…).

    Un saludo.

    JM

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchísimas gracias. Me viene muy bien tu aportación, porque me han encargado un relato de 10.000 palabras y he tomado como base esta historia. Los revisaré todos, aunque he usado algunos nombres distintos. ¿Te importa si te los consulto?

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