CUENTO DE NAVIDAD EN EL MADRID DE LOS AUSTRIAS

Mi nombre es sor María de Jesús. Hace pocos meses, ingresé en el convento que Dª Juana de Austria acababa de fundar con treinta y tres clarisas, entre las que me encuentro. Desde entonces, vivo recluida entre estos muros, alejada de mi lujosa vida, que he sustituido por un hábito de tela, un velo y un sencillo calzado. Los ricos alimentos a los que estaba acostumbrada han pasado a ser legumbres con sal y aceite; huevos, frutas, verduras de nuestra huerta y pan que nosotras mismas horneamos.

Os voy a contar una bonita historia de la que fui testigo. Era una mañana del mes de abril. Mi hermano Gonzalo y yo hacíamos el camino de siempre desde el Palacio Real, donde residíamos, hasta el convento de las Clarisas que pasado poco tiempo se convertiría en mi hogar.

Gonzalo y yo fuimos concebidos y nacimos al mismo tiempo. Nuestras vidas siempre estuvieron conectadas de una forma especial. Yo amaba a mi hermano más que a nadie en este mundo y creo que él tenía el mismo sentimiento hacia mí.

No pude convencerlo de que me dejara sola en el carruaje en mi camino matinal. Así que me acompañaba cada día, a pesar de que muchas veces llegaba a altas horas de la madrugada de las juergas que se corría visitando el Corral de Comedias y, seguro, algún que otro prostíbulo de lujo.

Muchas veces me contaba las aventuras y andanzas que cada noche vivía con los amigos de su edad. Yo le reprochaba y le incitaba a que buscara una buena mujer con la que compartir su vida.

Esa mañana, al bajarnos del carruaje, una niña se acercó a nosotros y nos ofreció unas flores. Yo me percaté de la reacción de mi hermano al contemplar aquella delgadísima niña. Sus ojos eran enormes y negros, y tenía un largo pelo ondulado, que caía sobre sus hombros. Iba miserablemente vestida: con una camisa rota, unas medias destrozadas y unas alpargatas que apenas la protegían del suelo. Mi hermano le dio unas monedas y cogió las flores. Pude oír cómo le preguntaba.

— ¿Cómo te llamas?

—Isabel,  mi señor—contestó.

—Tienes nombre de reina —respondió mi hermano con una expresión que, por alguna razón, me llamó la atención. Isabel, en ese momento, debía tener trece o catorce años y ya era de una espléndida belleza que mi hermano percibió de inmediato.

A partir de ese momento, cada día era igual. Yo entraba a misa y él daba a Isabel unas monedas por las flores y se quedaba hablando con ella. Cuando volvíamos a casa, unas veces estaba triste y otras alegre, pero estaba claro que algo había cambiado en él. Incluso había dejado de salir por la noche. Las conversaciones siempre iban por los mismos derroteros. Él me decía que no entendía que hubiera tantos pobres en una ciudad en gran crecimiento y empezó a sufrir por todo y por todos.

Yo lo entendía, ya que llevaba tiempo con la misma agonía en mi interior. Sentía que debía tomar alguna determinación, pero en ese tiempo aún no sabía cuál.

Nuestros padres, condes por nacimiento y herencia, siempre nos inculcaron el respeto, la consideración y el amor por nuestros semejantes. Nuestros sirvientes siempre fueron trabajadores a los que sentíamos como parte de la familia. El resultado de esa educación fuimos nosotros: yo abandonando la vida mundana y dedicándome a la oración y  mi hermano pensando en ayudar a todos los que le rodeaba o intentando crear un mundo mejor. No sé si nuestros padres nos convirtieron en unas buenas personas o eran unos ilusos pensando en un mundo utópico, pero aquí estamos, luchando por nuestras ilusiones y pensando que nada es imposible.

Pasaron los meses y, una fría mañana de finales de noviembre, la rutina se alteró. Isabel no estaba. Gonzalo preguntó a los que andaban por allí habitualmente pidiendo, cantando o recitando, pero nadie conocía a Isabel.

Pasaron los días e Isabel no aparecía. Cada vez que volvíamos a casa, podía ver a mi hermano desencajado. Un día lo vi desesperado y con lágrimas en los ojos.

—¿Qué os ocurre? Me tenéis muy preocupada —pregunté.

—No sé qué tengo, pero siento el corazón roto. Sufro día y noche. Durante estos meses, sólo podía esperar a que llegara el momento de verla y, cuando nos marchábamos, me pasaba el resto del día pensando constantemente en ella. Está siempre en mi cabeza y no puedo ni quiero sacarla —respondió verdaderamente desesperado.

Así fue como, un día de la Inmaculada Concepción, Gonzalo, al acompañarme a las Clarisas, se dirigió a unos pilluelos que se entretenían en tirar piedrecitas a todo carruaje que por allí pasaba.

—¿Conocéis a una niña que siempre estaba vendiendo flores aquí?

—¡Ah sí! debe ser Isabel la Talaverana señor—contestaron.

—¿Sabéis dónde vive? —insistió mi hermano a la vez que les daba unas monedas.

—Sí señor, vive en la casa de Pedro Camacho, en el callejón de la Duda.

Mi hermano les ofreció dinero por llevarlo hasta allí, pero le dijeron que hasta la caída de la tarde no podían abandonar el lugar, supongo que para timar o robar a algún ingenuo. Sin embargo, le dijeron que, si volvía a esa hora, lo llevarían hasta la casa del Camacho.

Mi hermano, resuelto a batirse con el destino o con quien fuera necesario, se presentó esa gélida noche de nuevo en el lugar. Los pilluelos lo encaminaron hasta un barrio humilde y pobre, y lo dejaron delante de un portal.

Golpeó varias veces la puerta de una casa cochambrosa, iluminada por un farol que a duras penas le permitía dilucidar dónde estaban golpeando con los nudillos

Entró en un pequeño aposento de paredes desnudas, sin muebles. Sólo había varios camastros y una hornilla en el centro de un suelo sucio a más no poder. En la habitación estaban una oronda mujer, que debía tratarse de la Camacha, y su marido, un pequeño y gruñón hombrecillo. En un ángulo de la habitación, iluminado entre las sombras, pudo distinguir a Isabel. Su amada Isabel postrada, inmóvil, con el pelo alborotado y la preciosa cara pálida y ojerosa. El alma se le cayó a los pies. Mi hermano se quitó la capa y con ella cubrió a la chiquilla que tiritaba de frío y fiebre.

Allí, quieto y silencioso permaneció toda la noche, acercándole a Isabel el caldo, que la oronda mujer calentaba.

Ella lo miró con los ojos vidriosos. Se podía percibir en ellos el agradecimiento que sentía.

—Vive Dios que no quiero muertos en mi casa —gritó insensible el hombrecillo.—¡Llévesela de aquí! —Prosiguió con voz desagradable.

—¡No puedo moverla hasta que venga el doctor! —respondió mi hermano, al tiempo que le ponía sobre su asquerosa mano unas cuantas monedas.

Eso hizo que el hombre no volviera a levantar la voz.

Cuando llegó la mañana, dejó a Isabel al cuidado de Juana la Camacha y fue en busca de D. Fernando, el médico de la Corte. Éste no paró de refunfuñar al ver las calles por las que había de andar y la casa en la que le obligaron a entrar. Aunque malhumorado, por consideración a nuestros padres, inspeccionó con atención a Isabel. Se ajustó los anteojos, y mi hermano pudo ver en su semblante consternado que Isabel padecía algo grave.

—Sea usted franco, ¿qué tiene Isabel?

—Es un caso muy grave de fiebres, porque lleva así días. Si me hubieran llamado al principio de la enfermedad, se habría podido hacer algo. Ahora se ha complicado con los pulmones y la curación es muy difícil— sentenció el doctor.

Después de oírlo, mi hermano, le rogó, imploró y suplicó que hiciera lo que estuviera en su mano. El doctor le dio unas recetas a mi hermano y le recomendó que no la moviera de allí, cuando mi hermano insistió en trasladarla a nuestra casa. No sé si lo hizo para que no se propagara la enfermedad o porque verdaderamente no se le podía mover.

Yo no podía entender el comportamiento de mi hermano. Nunca he sentido un amor así por ningún hombre, pero está claro que mi hermano perdió la razón por esa niña y haría por ella cualquier locura. Cierto es que sí sentí el amor por Nuestro Señor Jesucristo y heme aquí apartada de todo y de todos; así que supongo que el amor entre un hombre y una mujer debe ser similar.

Durante todos los días que mi hermano estuvo en aquella casa cuidando constantemente de Isabel, se familiarizó con la vida de los vecinos. A muchos les gustaba contarle la vida que habían llevado hasta acabar en aquel inmundo agujero. Gonzalo se dio cuenta de lo ingrata que resulta a veces la vida para algunas personas y sintió verdadera pena por muchos de ellos. Supongo que mi Señor Jesús quiso mostrarle a mi hermano otra vida, otras gentes, otros lugares y otro amor.

Entre las historias que Juana la Camacha le contó, estaba la de la propia Isabel. Le relató que los padres de la chiquilla vinieron a Madrid desde Talavera con algo de dinero gracias a la venta de las tierras que habían pertenecido a sus abuelos y antes a sus bisabuelos. Éstas, habían quedado baldías, a causa de las últimas sequías y el mísero precio que obtenían por sus productos ya no les daba para el sustento. Su intención era abrir algún establecimiento en la ampliación que la ciudad estaba teniendo gracias a que había sido nombrada capital del reino de España por nuestro rey Felipe II. A los pobres les dijeron que en la ciudad de la Corte había de todo.

Sin embargo esta misma situación se estaba produciendo para muchos. Buscando una vida mejor, tomaban la decisión de marcharse a Madrid llenos de ilusiones. Todos los enseres que poseían los  llevaban  en un algún carro, los más afortunados o en acémilas, los menos. Pero, este camino era conocido por los asaltantes que merodeaban todo el día la ruta para robarles todo lo que llevaban.

Como la desgracia no la podemos evadir cuando ésta decide abordarnos. La familia de Isabel fue asaltada por esos maleantes que les robaron todo lo que transportaban y el dinero que habían conseguido. La ansiedad y la precariedad estimulan los pensamientos, de esta forma, el padre de Isabel decidió dejarlas en Madrid. La madre de Isabel consiguió trabajo como ayudante de una costurera. El padre se marchó a Sevilla donde le propusieron embarcar a América con la promesa de traer grandes riquezas a su vuelta. El pobre hombre vio el cielo abierto. Sin embargo no contaba con que su mujer moriría de fiebres. Su amada hija se vio sola, desamparada y a merced de los desaprensivos. Desde ese momento se vio obligada a vender flores y mendigar  a lo largo de todo el día y parte de la noche.

Mi hermano, no soltó ni de día ni de noche la blanca mano de Isabel, arreglaba el negro pelo, lavaba la cara y refrescaba la frente para que la fiebre le bajara. Ella de cuando en cuando, abría los azabaches ojos agradecidos. Mi hermano sabía que Isabel se había introducido en su vida para siempre. Él sentía algo en el corazón que nunca pudo describirme con palabras.

Habían pasado quince días desde que mi hermano estaba junto a Isabel sin abandonar el lugar . Desoyendo a mis padres y a mí misma se abandonaba dejando prácticamente de comer y sufriendo de pensar que ella pudiera morir.

La mañana de Navidad, me presenté en aquella calle llena de prostíbulos, con muchos alimentos que le enviaba mi padre, que aunque no compartía lo que mi hermano estaba haciendo, no pensaba dejarlo abandonado.

Cuando me vio aparecer se derrumbó y lloraba cogiendo mi mano

—He traído comida  para todos. Por favor come. Le insistía yo

­—No dormiré, ni comeré, ni viviré hasta que esté a salvo. Mi querida hermana, no podré vivir sin ella…no puedo…no puedo—decía entre sollozos.

Me acerqué al sucio camastro donde estaba Isabel, cogí la diminuta mano y un frío me sobrecogió todo el cuerpo. Contemplar a aquella niña me hizo sentir una compasión y un amor hacia ella que no podía ni deseaba entender. En ese momento la boca dibujada con unos delicados y pálidos labios se movió para intentar emitir algún sonido. Toqué la frente de Isabel y pude observar que estaba fría. Cuando se lo dije a mi hermano, lo vi estallar en lágrimas y dar gracias, y al mismo tiempo se derrumbaba después de tantos días de tensión.

Subimos a Isabel hasta mi carruaje que la sacaría para siempre de ese antro y la llevamos hasta el Palacio Real.

Han pasado varios meses, la salud de Isabel se ha recuperado totalmente y por lo que me han contado, su belleza tiene hechizados a todos. Yo ingresé en las Clarisas y estoy de novicia, por este motivo no podré acudir a la boda de mi hermano que tendrá lugar en esta luminosa y azul mañana del mes de mayo. Estoy aquí en el huerto y miro al cielo mientras escucho las campanas que nos anuncia la boda y sólo puedo desearles lo mejor para ese día y para el resto de sus vidas.

Autora: Esperanza Varo

Si os han quedado ganas de conocer más sobre la capital de España, podéis hacer clic y enlazar con mi artículo “Madrid, ¿desde cuándo es la capital de España?

4 comentarios en “CUENTO DE NAVIDAD EN EL MADRID DE LOS AUSTRIAS

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