LIMPIEZA Y ASEO A LO LARGO DE LA HISTORIA. ¿DESDE CUÁNDO SOMOS TAN LIMPIOS?

En unos días terminará la Navidad y tocará recoger, guardar adornos y limpiar la casa para que todo vuelva a la normalidad. Pero, ¿por qué limpiamos?, ¿qué nos lleva a hacerlo? En primer lugar hemos aprendido que para que los insectos, e infecciones no nos colonicen tenemos que mantener limpio nuestro entorno y a nosotros mismos, además nuestra salud mental también requiere una vivienda o lugar de trabajo ordenado y limpio y un cuerpo aseado, de hecho cuando  cualquier perturbación mental se presenta en la persona, lo primero que lo acusa es precisamente la limpieza. Sin embargo, ¿Desde cuándo somos tan limpios?

La limpieza y el cuidado del cuerpo han sido importantes para muchas culturas desde hace mucho tiempo y ello es debido a que la superficie del cuerpo de todos los animales recibe una gran cantidad de malos tratos durante el curso de su vida. Es sorprendente que sobreviva al uso y al deterioro y que se conserve tan bien. Si esto se consigue, es gracias a su maravilloso sistema de sustitución de tejidos y también porque los animales han desarrollado una variedad especial de acciones para mantenerlo limpio, sin las cuales no podría funcionar con eficacia.

Estamos tan acostumbrado a las comodidades (a estar limpios, calientes y bien alimentados) que olvidamos lo recientes que estas son en su mayoría. De hecho, tardamos una eternidad en conseguir estas cosas, y luego nos llegaron casi todas de sopetón.

Veamos la evolución:

LOS PRIMATES, NUESTROS PARIENTES LEJANOS

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Como consecuencia de su alimentación, sus excrementos son menos malolientes que los de los comedores de carne, por ello, no existe ninguna costumbre especial para librarse de ellos; los dejan caer sencillamente desde lo alto de los árboles, y de esta forma van a parar lejos de los animales. Como el grupo se encuentra en continuo movimiento, hay poco peligro de que determinada zona se convierta en un lugar demasiado sucio o apestoso. Incluso los grandes monos que duermen en nidos especiales se construyen cada noche una nueva cama en su nuevo alojamiento; por consiguiente no tienen que preocuparse mucho del aspecto sanitario de su dormitorio.

Sin embargo los primates se asean. En estado salvaje se puede observar el aseo de los monos y cuadrúmanos, los cuales prestan sistemática atención a su pelo, limpiándolo de trocitos de piel seca o de cuerpos extraños. Estas acciones de aseo pueden durar muchos minutos. Sus miembros anteriores poseen excelentes condiciones para las tareas de limpieza. Los ágiles dedos pueden hurgar entre los pelos y localizar con exactitud los puntos concretos donde produce la desazón. Sin embargo esto no puede hacerlo cuando se trata de la espalda o de las propias patas delanteras. De la misma manera ocurre con la cabeza que tendrá que tocar a tientas porque no la puede ver. La solución optada para ésto es el aseo social, un amistoso sistema de ayuda mutua.

LOS HOMBRES PREHISTÓRICOS

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Es natural que si fijamos a atención en nuestra propia especie esperamos ver alguna manifestación de esta tendencia básica de los primates al aseo, no sólo como simple método de limpieza sino también como hábito social. La gran diferencia consiste en que nosotros carecemos de la abundante capa de pelo a limpiar. Pero, nos queda el cabello que cuidamos peinamos y recurrimos a los demás para mantener ese contacto que establecieron nuestros ancestros.

Una de las consecuencias del empleo de una morada fija es la posibilidad de verse atacados por las pulgas. Los carnívoros tienen pulgas pero los primates no. Pero al establecerse en residencias fijas las pulgas empezaron a atacar a estos descendientes de primates.

Desde que el hombre se hizo sedentario se encontró con problemas que antes no tenía en lo referente a la limpieza y aseo y es que la convivencia en espacios cerrados aumenta las probabilidades de transmitir las enfermedades y éstas a su vez, se ven incrementadas por la exposición a los animales como consecuencia de la domesticación que les van a transmitir la gripe (de los cerdos y las aves de corral), la varicela y el sarampión ( las vacas y las ovejas) y el ántrax (de los caballos y las cabras).

Los asentamientos acarrearon además un enorme incremento de comensales de los humanos (roedores, pulgas, chinches, piojos…) que viven con y de nosotros y que con mucha frecuencia actuaron también como portadores de enfermedades.

De esta forma, a lo largo de la historia, se ha impuesto numerosas formas para librarnos de las enfermedades y parásitos.

EGIPTO

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Los egipcios se bañaban con aceites y ungüentos perfumados. Las jóvenes doncellas de Egipto esperaban su baño de rodillas sobre esteras de juncos. La función de las esclavas era verter sobre ellas aguas perfumadas con mirra, azafrán o canela.

Antes incluso de que cantara el gallo, el visir ya estaba en pie, listo para comenzar su labor en tan alto puesto. Como cada día, nada más levantarse de la cama había hecho uso del excusado que tenía junto a la habitación, se había dado una ducha a cubetazos dejados caer por sus sirvientes. Tenemos noticias de estas actividades gracias a un texto inscrito en los muros de las tumbas de varios visires de la dinastía XVIII

GRECIA

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Algunos griegos, en especial los deportistas, no se bañaban, pues decían que ésto los hacía débiles y les hacía perder el olor fuerte de los atletas. Sin embargo, la mayoría de los griegos adoraban el baño. Les gustaba andar desnudos (gymnasiun proviene del griego gymnos, que significa desnudez. Por tanto significa “el lugar desnudo”) y hacer ejercicio hasta sudar de forma saludable, y tenían la costumbre de finalizar sus tareas diarias con un baño comunal.

Las mujeres se esforzaban mucho en conseguir una piel limpia, nutrida y perfumada. Para el rostro utilizaban una mascarilla que actuaba por la noche y la retiraban por la mañana con leche. El resto del cuerpo lo sometían a una especie de peeling, embadurnándolo primero con aceite de oliva y pasándole luego una piedra pómez o aplicando carbonato cálcico. Esto funcionaba también como un sustituto de los jabones que fueron introducidos más tarde. A continuación las mujeres se lavaban con agua pura o mezclada con un aceite aromático.

ROMA

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Los baños en serio (los baños lánguidos) se inician con Roma. Nadie se ha bañado jamás con tanta devoción como los romanos. .

El paso por las termas se convirtió en una exigencia diaria que regulaba el ritmo vital de las jornadas vespertinas de los romanos. Sobre las cinco de la tarde todos los romanos, sin importar la clase o estatus social, abandonaban sus quehaceres y acudían al unísono hacia las magníficas y esplendorosas estancias reservadas para la higiene y el placer del cuerpo y el espíritu. Hombres y mujeres por igual, acudían en busca del baño en sus distintas modalidades. La salud y la higiene se aliaban con toda clase de placeres en ese espacio. La asistencia a las termas estaba al alcance de todos, incluidos los más pobre ya que o bien eran gratuitos, financiados por tanto por los respectivos emperadores o había que pagar  un precio insignificante y simbólico.

Los grandes baños de Caracalla tenían capacidad para mil seiscientos bañistas; los de Diocleciano tenían un aforo de tres mil personas.

En cuanto a las letrinas los romanos eran especialmente aficionados a combinar evacuación con conversación. Sus letrinas públicas tenían en general veinte o más asientos dispuesto en íntima proximidad y la gente las utilizaba con total desinhibición.

En realidad estas letrinas usadas por la mayoría tenían unas características higiénicas muy avanzadas para su época, ya que disponían de una corriente interna de agua que mantenía el lugar perfectamente drenado de residuos y de malos olores.

¿Qué hacían para limpiarse después de usar las letrinas? Había un canal de agua que corría por el suelo delante de cada fila de asientos; los usuarios empapaban en el agua corriente unas esponjas sujetas a palos y listos para limpiarse.

Los romanos no entendían de enfermedades infecciosas de la forma que lo hacemos ahora, así que debemos pensar que el aseo debían hacerlo por simple placer y el uso  de las letrinas  no lo hacían para evitar la propagación de enfermedades, sino que más bien era para evitar que la gente tuviera que dejar la ciudad para ir a casa  a hacer sus necesidades o evacuar en cualquier parte de la ciudad.

Edad Media     

En el medioevo, en España, París y Londres, los baños de los ciudadanos eran las esquinas y los patios de las casas.

Durante la Edad Media la limpieza atrajo la atención de escritores, médicos y gente de la Iglesia. En efecto, si los baños favorecían la higiene corporal, así como la prevención y el tratamiento de diversas enfermedades, también se relacionaba con la prostitución, la violencia y los excesos. Los eclesiásticos fueron enemigos incansables de esta práctica, que sólo recomendaban a los enfermos. Los médicos, por su parte, prescribían el baño para mantener la salud y erradicar la enfermedad. El musulmán Avicena, consideraba que tomar baños de forma regular mantenía sano el organismo y facilitaba la expulsión de las sustancias nocivas.

Incluso en las mejores casas, los suelos eran normalmente de tierra cubierta con cañas, encubriendo «escupitajos, vómitos y orina de perros y hombres, cerveza derramada y restos de pescado y otra porquería indecible», tal y como sucintamente resumió el teólogo y viajero holandés Desiderius Erasmus (Erasmo de Rotterdam) en 1524. Un par de veces al año se depositaban nuevas capas de cañas, pero los viejos excrementos no se retiraban, por lo que, añadía Erasmus con abatimiento, «el sustrato podía permanecer imperturbable durante veinte años». Efectivamente, los suelos eran un nidal enorme, favorecido por insectos y roedores furtivos, la incubadora perfecta de la peste.

El dormir solía ser informal. Hoy en día «hacemos la cama» porque eso es lo que en realidad se hacía en la Edad Media: extendías un jergón de tela o amontonabas un poco de paja, buscabas una capa o una manta, y te apañabas lo más cómodamente posible.

En la Edad Media, la propagación de la peste obligó a la gente a replantearse su actitud con respecto a la higiene y a pensar qué podía hacer para modificar su susceptibilidad a las epidemias. Por desgracia, todo el mundo llegó a la conclusión equivocada. Las mejores mentes del momento coincidieron en que el baño abría los poros de la epidermis y fomentaba que los vapores mortales invadieran el organismo. La mejor política era, pues, taponar los poros con suciedad. Durante los seiscientos años siguientes, la gente dejó de bañarse, de mojarse incluso si podía evitarlo… y como consecuencia de ello pagó un incómodo precio. Las infecciones pasaron a formar parte de la vida diaria.

Es evidente que no todas estas terribles enfermedades estaban directamente relacionadas con la higiene, pero la gente no lo sabía, ni le importaba. A pesar de que todo el mundo era consciente de que la sífilis se transmitía por contacto sexual, algo que, claro está, podía tener lugar en cualquier sitio, la enfermedad acabó imborrablemente asociada a las casas de baños. En general, las prostitutas tenían prohibido acercarse a menos de cien pasos de las casas de baños, establecimientos que al final acabaron clausurándose en toda Europa. Con la desaparición de las casas de baños, la mayoría de la gente (que, todo hay que decirlo, ya se lavaba poco) perdió la costumbre de lavarse.

«Lávate las manos a menudo, los pies de vez en cuando y la cabeza jamás», decía un proverbio inglés. La reina Isabel, según cuenta una célebre cita, se bañaba fielmente una vez al mes “lo necesite o no”. Bañarse no sería “el pan nuestro de cada día”, pero sí lavarse aquellas partes más susceptibles de mancharse: cara, manos, axilas, pies y partes íntimas.

Para lugares inmundos, como las ciudades europeas de la Edad Moderna antes de que llegara la revolución hidráulica del siglo XIX, carentes de alcantarillado y canalizaciones, las calles y plazas eran auténticos vertederos por los que con frecuencia corrían riachuelos de aguas sucias. En aumentar la suciedad se  encargaban también los numerosos animales existentes: ovejas, cabras, cerdos y, sobre todo, caballos y bueyes que tiraban de los carros. Como si eso no fuera suficiente, los carniceros y matarifes sacrificaban a los animales en plena vía pública, mientras los barrios de los curtidores y tintoreros eran foco de infecciones y malos olores.

BAÑOS ÁRABES

Los baños árabes guardan cierta similitud con las termas romana. Como en éstas, los habitantes del barrio acudían allí para lavarse, cortarse el cabello, depilarse y recibir masajes. Era un lugar de intensa vida social.

SIGLO XVII

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Thomas Tyron, autor en 1683 de un libro sobre salud y bienestar, se quejaba de que el «sucio y excesivo excremento» de las plumas resultaba atractivo para los bichos. Sugería en su lugar paja fresca, y en grandes cantidades. Creía también (y con cierta justificación) que las plumas solían estar sucias de la materia fecal de las estresadas e infelices aves de las que se obtenían. Históricamente, el relleno básico más común fue la paja, cuyos pinchazos a través de la tela eran un famoso tormento, pero la verdad es que solía utilizarse cualquier cosa que se encontrara. Cuando uno no podía permitirse plumas, la lana o la crin de caballo eran opciones más baratas, aunque solían oler fuerte. Además, la lana se infestaba de polillas. El único remedio seguro contra ellas era extraer la lana y ponerla a hervir, un proceso tedioso.

La Roma antigua en tiempos de los romanos y  Córdoba y Sevilla en tiempos de los árabes estaban más limpias que París o Londres en el siglo XVII, en cuyas casas no había desagües ni baños. ¿Qué hacían entonces las personas? Habitualmente, frente a una necesidad imperiosa el individuo se apartaba discretamente a una esquina. El escritor alemán Goethe contaba que una vez que estuvo alojado en un hostal en Garda, Italia, al preguntar dónde podía hacer sus necesidades, le indicaron tranquilamente que en el patio. La gente utilizaba los callejones traseros de las casas o cualquier cauce cercano. Los pocos baños que había vertían sus desechos en fosas o pozos negros, con frecuencia situados junto a los de agua potable, lo que aumentaba el riesgo de enfermedades.

Todo se reciclaba. Había gente dedicada a recoger los excrementos de los pozos negros para venderlos como estiércol. Los tintoreros guardaban en grandes tinajas la orina, que después usaban para lavar pieles y blanquear telas. Los huesos se trituraban para hacer abono. Lo que no se reciclaba quedaba en la calle, porque los servicios públicos de higiene no existían o eran insuficientes. En las ciudades, las tareas de limpieza se limitaban a las vías principales, como las que recorrían los peregrinos y las carrozas de grandes personajes que iban a ver al Papa en la Roma del siglo XVII, habitualmente muy sucia. Las autoridades contrataban a criadores de cerdos para que sus animales, como buenos omnívoros, hicieran desaparecer los restos de los mercados y plazas públicas, o bien se encomendaban a la lluvia, que de tanto en tanto se encargaba arrastrar los desperdicios.

Tampoco las ciudades españolas destacaban por su limpieza. Cuenta Beatriz Esquivias Blasco en su libro ¡Agua va! La higiene urbana en Madrid (1561-1761), que “era costumbre de los vecinos arrojara a la calle por puertas y ventanas las aguas inmundas y fecales, así como los desperdicios y basuras”. El continuo aumento de población en la villa después a inicios del siglo XVIII agravó los problemas sanitarios.

En los hogares más pobres, se colgaban excrementos de vaca de los postes de la cama con la creencia de que ahuyentaban las polillas.

SIGLO XVIII

En el siglo XVIII la forma más fiable de darse un baño era estar loco

En 1701, sir John Floyer argumentó a favor de los baños fríos como cura de un montón de enfermedades. Su teoría era que al sumergir el cuerpo en agua fría se producía una sensación de «Terror y Sorpresa» que tonificaba los sentidos embotados y fatigados.

La mayoría, sin embargo, combatía la suciedad y el olor camuflándolos con cosméticos y perfumes o simplemente ignorándolos. Cuando todo el mundo apesta, nadie apesta.

Pero llegó un momento en que el agua se puso de repente de moda, aunque solo en su vertiente medicinal. En 1702, la reina Ana acudió a Bath para tratarse la gota, una iniciativa que fomentó considerablemente la reputación curativa de sus aguas y su prestigio, aunque los problemas de Ana en realidad no tenían nada que ver con el agua y sí con su sobrealimentación. Pronto empezaron a brotar como setas las ciudades balneario: Harrogate, Cheltenham, Llandrindod Wells en Gales. Las ciudades costeras, sin embargo, reivindicaban que las aguas curativas de verdad eran las del mar, aunque, curiosamente, solo las de los alrededores de sus comunidades.

El pionero más famoso de las curas de aguas fue el doctor Richard Russell, que en 1750 escribió en latín un libro sobre las propiedades curativas del agua de mar.

Con el tiempo, la gente fue aceptando la idea de que mojarse de vez en cuando no era malo y las teorías sobre la higiene personal que habían dominado el mundo durante tanto tiempo sufrieron con ello un abrupto revés.

Giacomo Casanova, el aventurero italiano, comentó después de una visita a Londres la frecuencia con la que había visto a la gente «aliviar sus esclusas» delante de todo el mundo al borde de los caminos o junto a cualquier edificio. Pepys anota en su diario que su mujer se ponía de cuclillas en la calle «para hacer sus cosas».

Tanta suciedad no podía durar mucho tiempo más y cuando los desagradables olores amenazaban con arruinar la civilización occidental, llegaron los avances científicos y las ideas ilustradas del siglo XVIII para ventilar la vida de los europeos. Poco a poco volvieron a instalarse letrinas colectivas en las casas y se prohibió desechar los excrementos por la ventana, al tiempo que se aconsejaba a los habitantes de las ciudades que arrojasen la basura en los espacios asignados para eso. En 1774, el sueco Karl Wilhehm Scheele descubrió el cloro, sustancia que combinada con agua blanqueaba los objetos y mezclada con una solución de sodio era un eficaz desinfectante. Así nació la lavandina, en aquel momento un gran paso para la humanidad.

SIGLO XIX

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Jefferson hizo instalar en 1801 tres de los primeros inodoros con cisterna del mundo. Funcionaban con cisternas situadas en la azotea que acumulaban el agua de lluvia.

El reverendo Henry Moule, un vicario de Dorset, inventó el inodoro de tierra a mediados del siglo XIX. El inodoro de tierra consistía básicamente en una silla con orinal que incorporaba un depósito de almacenamiento lleno de tierra que, al tirar con una manivela, liberaba una dosis calculada de tierra en el receptáculo, camuflando con ello el olor y la visión de los restos allí depositados. Pero fueron rápidamente superados por los inodoros con cadena, que no solo camuflaban los excrementos, sino que además se los llevaban envueltos en un torrente de agua.

Charles Dickens fue uno de los primeros en utilizar la palabra slum (barrios bajos), en una carta fechada en 1851. Naturalmente, estas gigantescas masas de humanidad generaban volúmenes impresionantes de excrementos, mucho más de lo que cualquier sistema de pozos negros pudiera llegar a abarcar. En un informe bastante típico, un inspector hablaba de haber visitado dos casas en St. Giles en las que los sótanos estaban llenos de suciedad hasta una altura de casi un metro. En el exterior, continuaba el inspector, el patio estaba cubierto por una capa de quince centímetros de excrementos. Habían dispuesto ladrillos a modo de pasarela para que los ocupantes de la casa pudieran cruzar el patio.

Gran parte de estos detritos en estado de descomposición acababan yendo a parar al Támesis con la esperanza de que la marea los arrastrara mar adentro. Pero las mareas, claro está, se mueven en ambas direcciones, y la marea que se llevaba los desperdicios hacia el mar los retornaba en gran parte de nuevo cuando volvía a subir.

Las epidemias asesinas eran habituales en el mundo escasamente higienizado previo a la aparición de los antibióticos. Se estima que la epidemia de cólera de 1832 acabó con la vida de sesenta mil británicos. Fue seguida en 1837-1838 por una devastadora epidemia de gripe y por posteriores brotes de cólera en 1848, 1854 y 1867. Y a todos estos ataques contra la tranquilidad del país se sumaron brotes mortales de fiebres tifoideas, fiebres reumatoides, escarlatina, difteria y viruela, entre otras enfermedades

Snow nació en York, en 1813, en circunstancias modestas —su padre era un trabajador normal y corriente—, y por mucho que esto tal vez influyera negativamente en su vida social, le fue muy bien en cuanto a percepción y compasión, pues fue casi el único entre todas las autoridades médicas de la época que no culpó a los pobres de sus enfermedades, sino que comprendió que eran sus condiciones de vida lo que los hacía más vulnerables a influencias que escapaban de su control. Nadie jamás había abordado el estudio de la epidemiologia

En América la situación era distinta. Los que viajaban a Norteamérica se quedaban sorprendidos al descubrir que las epidemias solían ser allí excepcionales y mucho más benignas. Y había un buen motivo para ello: las comunidades norteamericanas eran en general más limpias. No tanto porque sus habitantes fueran más melindrosos en sus costumbres, sino porque sus pueblos y ciudades eran más abiertos y espaciosos, lo que generaba una menor probabilidad de contaminación e infecciones.

Pero en lo que Norteamérica iba de verdad por delante del resto del mundo era en el suministro de cuartos de baño privados. Y lo que impulsó el movimiento no fueron los particulares, sino los hoteles. El primer hotel del mundo que ofreció un cuarto de baño en todas sus habitaciones fue el Mount Vernon Hotel, en la localidad turística de Cape May, Nueva Jersey

En Europa los ricos se mostraron inesperadamente reacios a incorporar los baños a su vida. «Los cuartos de baño son para los criados», resolló un aristócrata inglés. O tal y como el duque de Doudeauville respondió con altivez cuando se le preguntó si instalaría cañerías en su nueva casa: «No estoy construyendo un hotel». Los norteamericanos, por otro lado, sentían una atracción mucho mayor hacia los placeres del agua caliente y los inodoros con cisterna

El autor de un manual de mediados del siglo XIX recomendaba limpiar una vez al año los cuadros con una mezcla de «sal y orina añeja», aunque dejaba en manos del lector determinar la orina de quién y hasta qué punto debía de ser añeja.

Las agotadoras tareas de limpieza se les asignaban a los criados. Hannah Cullwikc describe una relación de las tareas que hacía cualquier día

“Abrí las contraventanas y encendí el fuego de la cocina. Sacudí el hollín en el agujero del polvo y luego lo vacié de hollín. Barrí y saqué el polvo de las habitaciones y el recibidor. Puse en marcha los fogones y preparé el desayuno. Limpié dos pares de botas. Hice las camas y vacié los orinales. Limpié y lavé las cosas del desayuno. Limpié la bandeja; limpié los cuchillos y preparé la comida. Lo limpié todo. Limpié la cocina; vacié una cesta. Llevé dos pollos a la señora Brewer y volví con el recado. Preparé una tarta y desplumé y destripé dos patos y los asé. Fregué de rodillas las escaleras y los suelos. Lustré el rascador de zapatos de delante de la casa; fregué también de rodillas la acera de la calle. Lavé el fregadero. Fregué de rodillas la despensa y fregué las mesas. Fregué los suelos de alrededor de la casa y limpié las repisas de las ventanas. Serví el té al señor y la señora Warwick […] Fregué de rodillas los suelos del retrete, el pasillo y la despensa. Lavé al perro y limpié los lavamanos. Preparé la cena para que la sirviera Ann, pues yo estaba demasiado sucia y cansada como para subir. Me lavé en una bañera y me fui a la cama.” Un día típico y soporífero. Lo más excepcional de la jornada es que consiguiera darse un baño. La mayoría de los días acaba sus entradas con un exhausto y fatalista «Me acosté con la suciedad encima”.

Las labores de lavandería se menospreciaban hasta tal punto que en las casas más grande el castigo para los criados solía ser hacer la colada. Era un trabajo agotador. En una casa de campo de tamaño considerable, el personal podía fácilmente ocuparse de lavar a la semana seiscientas o setecientas prendas, toallas y sábanas. Antes de 1850 no había detergentes y la colada tenía que dejarse en remojo en agua jabonosa o lejía durante horas, después aporrearse y fregarse con energía, hervirse durante una hora o más, aclararse repetidamente, escurrirse a mano o (después de 1850) con la ayuda de un rodillo y sacarse a tender sobre un seto o extenderse sobre el césped para secarla. El día de colada tocaba levantarse a las tres de la mañana.

Las camas eran otra complicación. Dar la vuelta a los colchones y sacudirlos era una tarea habitual, y pesada. Un colchón normal de plumas contenía dieciocho kilos de plumas. Almohadas y cojines pesaban otro tanto, y todo eso tenía que vaciarse por completo de vez en cuando para que las plumas se aireasen, pues, de lo contrario, empezaban a oler mal.

En el siglo XIX, el desarrollo del urbanismo permitió la creación de mecanismos para eliminar las aguas residuales en todas las nuevas construcciones. Al tiempo que las tuberías y los retretes ingleses (WC) se extendían por toda Europa, se organizaban las primeras exposiciones y conferencias sobre higiene. A medida que se descubrían nuevas bacterias y su papel clave en las infecciones —peste, cólera, tifus, fiebre amarilla—, se asumía que era posible protegerse de ellas con medidas tan simples como lavarse las manos y practicar el aseo diario con agua y jabón. En 1847, el médico húngaro Ignacio Semmelweis determinó el origen infeccioso de la fiebre puerperal después del parto y comprobó que las medidas de higiene reducían la mortalidad. En 1869, el escocés Joseph Lister, basándose en los trabajos de Pasteur, usó por primera vez la antisepsia en cirugía. Con tantas pruebas en la mano ya ningún médico se atrevió a decir que bañarse era malo para la salud.

SIGLO XX

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No fue hasta la invención de los esmaltes cerámicos, hacia 1910, cuando las bañeras se convirtieron por fin en un objeto duradero y atractivo. Por fin el mundo pudo disfrutar de bañeras bonitas y que continuaban siendo bonitas durante mucho tiempo. Pero seguían resultando carísimas.

Sin embargo, a medida que los fabricantes fueron mejorando los procesos de producción en masa, los precios cayeron, y hacia 1940 un norteamericano podía ya comprarse el conjunto completo del cuarto de baño — lavabo, bañera e inodoro— por 70 dólares, un precio que casi cualquiera podía permitirse

SIGLO XXI

El resto creo que lo conocemos. En la actualidad: los baños diarios, las lejías, todo tipo de productos para el suelo, aspiradoras, vaporetas y un sinfín de artilugios y productos, mantienen nuestras casas y nuestros cuerpos limpios.

El Mono desnudo “Desmond Morris”

Raquel López Melero Los secretos de la belleza en la antigua Grecia

Pilar Cabanes  Los baños en la Edad Media

En casa  Bill Bryson

3 comentarios en “LIMPIEZA Y ASEO A LO LARGO DE LA HISTORIA. ¿DESDE CUÁNDO SOMOS TAN LIMPIOS?

  1. Pingback: 7º Capítulo: La higiene en el Renacimiento. – Vida de Lucrecia Borgia

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