MARÍA TERESA DE AUSTRIA “LA REINA TRISTE”

Os dejo esta pieza de Alessandro Marcello para acompañar el relato. Si queréis profundizar en el personaje histórico, podéis entrar en mi artículo “María Teresa de Austria, abuela del primer Borbón en España” 

 

Hay personas tristes, porque han nacido así y otras personas que la tristeza se la impone la vida. Este es el caso de mi señora María Teresa. La vida no la ha tratado bien. Hoy ha muerto y para mí ha sido como sobrevivir a un hijo. Era joven y debería haberlo tenido todo, sin embargo le faltó lo más importante, el amor.

Recuerdo, como si de ayer se tratara, el día en el que el rey, su majestad Felipe IV, le comunicó a mi señora María Teresa que iba a ser desposada con Luis XIV de Francia. María Teresa corría, me apretaba, volvía a correr, el pelo alborotado y esa carita de ángel, que no perdió a pesar de todos los avatares que la vida le tenía preparados.

­­—Mi señora, por Dios, quedaos quieta y explicarme qué es lo que decís, no os puedo entender con tanto alboroto —Durante unos segundos se calló y suspiró, para volver al galope con las palabras.

— ¡Qué me caso! María ¡Qué me caso con mi primo Luis! Viviremos en Francia María — Seguía gritando, al tiempo que bailaba dando vueltas.

Por algún motivo, que en ese momento yo no alcancé a entender, no me sentí feliz. Quizás era porque tendríamos que abandonar Madrid y vivir en otro país, con otro idioma y con otra gente, pero lo cierto es que, aunque lo disimulé, no conseguí acompañarla en su alegría.

Cuando mi señora María Teresa nació, fue encomendada a mi cuidado. Yo tenía veinte años y desde el principio esa pequeña regordeta, blanca como el nácar y con una predisposición a la sonrisa nada habitual, me robó el corazón.

El Escorial era un hervidero de gente que corrían de un lado a otro, presos del nerviosismo que suscitaba el nacimiento de un nuevo hijo del rey. Nunca he visto un padre más entregado y amoroso que el rey Felipe con esa niña y eso que hijos no le faltaban, por lo que las malas lenguas decían, medio Madrid tenía alguna relación con él.

Pero la fatalidad se ensañaría con María Teresa y siendo aún muy pequeña,  su madre murió después de una agonía indescriptible, dejando a la pequeña sumida en una gran pena. Se lo comunicó el propio padre y yo vi cómo contuvo el llanto delante de él, pero cuando quedó a solas conmigo no paró de llorar en toda la noche, de hecho durmió abrazada a mí durante años como hacía con su madre.

Yo intenté, por todos los medios, suplir la falta de la madre y cuidé a María Teresa, como si de una hija se tratara, pero María Teresa era una niña muy sensible y aunque intentara ocultarlo al resto del mundo, yo la conocía bien y sabía que en el interior era como la porcelana.

Las desgracias se siguieron sucediendo una tras otra; así, dos años más tarde, su hermano y heredero de la corona Baltasar también falleció. De esta forma, mi pequeña se quedó sola, ya que su padre estaba ausente la mayor parte del tiempo ocupado en asuntos de Estado.

Muchos acontecimientos ocurrieron a partir de ese momento: La búsqueda desesperada de una nueva esposa para el rey y por supuesto, un sucesor para D. Felipe. María Teresa veía cómo con cada suceso su vida iba cambiando. Yo tenía la sensación de estar en un barco donde las tempestades eran lo habitual y los momentos de serenidad eran de transición entre borrascas.

Uno de esos pocos instantes de tranquilidad fue en 1659, cuando María Teresa, llegó llena de alegría a comunicarme el futuro matrimonio.

María Teresa siempre estuvo deslumbrada con su primo y el país que gobernaba, quizás sería ese el motivo por el que siempre amó el estudio del francés y a su tía Ana de Austria, a la que, aunque nunca había conocido, pero de la que oía hablar a su padre sobre las excelencias de gobierno que llevaba a cabo su hermana. A pesar de estar en guerra con nuestro país, él sabía apreciar la valía de su hermana que se casó con catorce años con el rey Luis XIII de Francia.

Nunca he estado muy al tanto de temas de Estado y sólo llegaban a mí las habladurías de la corte, pero sabía que estábamos en guerra con Francia y que con el acuerdo de matrimonio, se iba a firmar una alianza de paz entre ambos países.

En cualquier caso, las noticias de la boda me provocaron un nudo en las entrañas que nada conseguiría quitar.

En muy poco tiempo, retratos de Luis y María Teresa fueron viajando y los preparativos para la boda no paraban ni un minuto.

—Mirad María, que lindo mozo es Luis — decía enseñándome un retrato  —¿Pensáis que seré de su agrado?¿Pensáis que me amará?…yo lo tengo todo el tiempo en mi cabeza. Todas las noches pienso en él y siento como mi vientre vibra y se encoge ¿Vos pensáis que eso es amor? —

— No lo sé señora, yo no entiendo de amores, pero sí sé  que nadie podrá quedar indiferente ante vuestra belleza, vuestros ojos color cielo y vuestro cabello de la luminosidad de las espigas en verano —

El nerviosismo no la dejaba dormir, ni comer y estaba cada vez más delgada.

Por fin llegó el momento, tan ansiado por María Teresa, en el que viajamos hasta los límites de las poblaciones de España y así el tres de junio mi amada niña salía desde el Castillo de Fuenterrabía hasta la iglesia de la ciudad, donde María Teresa se casaría por poderes.

Por primera vez desde hacía tiempo pude ver a María Teresa pensativa, pero tranquila, avanzando despacio entre la muchedumbre que gritaba desde las angostas callejuelas y desde los balcones de la viviendas que cercaban el corto recorrido. Felipe IV y su hija entraron en la iglesia sin anuncio de trompetas y con un número reducido de personas entre las que me encontraba.

Algunas altaneras duquesas francesas habían acudido a la ceremonia, yo supongo que para cotillear un poco cómo iba vestida la futura reina de Francia. Pude oír, porque ellas pensaban que yo no entendía el francés, con mucho desagrado, cómo se censuraba el atuendo de mi niña, aunque elogiaban su belleza natural y sobre todo la blancura de su tez — poco normal entre las españolas —decían. Todo aquello me hacía sentir aprensión, pues yo no estaba acostumbrada a que se censurara nada de los miembros de la corona y me pareció de muy poca delicadeza que se hicieran tales comentarios.

A pesar de todo, yo veía a María Teresa feliz e ilusionada y eso era lo único que me importaba de verdad.

Luego vino la boda en San Juan de Luz llena del boato, la fanfarria y fiesta social que tanto gusta a los franceses.

El único momento triste fue la despedida de su padre. Recuerdo cómo asomadas a la ventana, nos despedimos de él. Los hombres y mujeres que nos habían acompañado, lo esperaban en la plaza. Nos quedamos mirando en lontananza hasta que el polvo que levantaban carros y caballos se fue disipando poco a poco. Yo miré a mi señora y pude observar cómo las lágrimas corrían por el rostro y eso me sobrecogió el alma. De alguna manera, ambas sabíamos que nunca más pisaríamos suelo español, la última vez que oiríamos nuestro amado idioma y la última vez que veríamos a D. Felipe. Asimismo el rey sufrió al abandonar a la idolatrada hija y yo pude oír como dijo — Me entristece en lo más profundo de mi corazón tener que sacrificar la prenda de mi vida para facilitar este negocio y verme obligado a apartarme de esta hija a la que quiero tiernamente. —

Durante el viaje desde San Juan de Luz hasta París, mi señora fue por fin feliz. Se le veía deslumbrante y su marido estaba todo el tiempo pendiente de ella. Los alojamientos, por muy pequeños o sencillos que fueran, siempre los llenaban con unas  muestras de amor y dedicación, que nunca había conocido mi señora.

Llegamos a París una calurosa mañana del mes de agosto. Subieron a mi señora y al esposo a un trono que montaron al aire libre para la presentación oficial ante los miembros del Gobierno, la Iglesia y todo lo más granado del país. Yo me quedé impresionada ante el derroche de lujo, color y riqueza. Me pude percatar de que los franceses son amantes de los sones de trompetas, de la ostentación y la pompa… tan diferentes a los actos en España donde todo era más sobrio, serio y sencillo.

Un gran cortejo nos acompañó hasta el palacio del Louvre. Las calles estaban atestadas de gente que quería conocer a la reina a la que vitoreaban hasta desgañitarse. María Teresa estaba bellísima, vestida con un traje de brocado negro bordado en oro y plata y los preciosos cabellos rubios sujetos con una corona de diamantes y piedras preciosas, que la hacían parecer un ángel venido del cielo.

Poco después moriría el Cardenal Mazarino y el rey Luis decidió que él y sólo él se ocuparía de todos los asuntos del Estado. Desde entonces una gran actividad lo mantendría apartado de mi señora día y noche con una ímproba labor.

Y de nuevo mi señora se refugió en mí. La reina Ana, su suegra y tía, la aceptó muy bien y se notaba que la quería y consideraba como la esposa perfecta para su hijo. Con lo que, poco a poco se fue haciendo con la confianza de María Teresa.

La duquesa Luisa de Vallière estaba enamorada del rey y acabó siendo la amante y madre de un bastardo. Todos tratábamos de ocultar a María Teresa los hechos amorosos de su esposo, ya que estaba de nuevo embarazada además, el rey volvía a ella a quien seguía apreciando, aunque la pasión la mantenía en otros lugares, de forma que ella seguía recibiendo un amor casi de hermano. Algo en el corazón le hacía intuir lo que todos intentábamos ocultarle y así se lo manifestaba a su suegra, la reina, llorando cada día y diciéndole que él ya no la amaba. La reina intentaba justificar a su hijo alegando que el trabajo lo desbordaba.

Sólo un año duró la felicidad de la reina que volvió a sumirse en un estado de profunda tristeza y gran melancolía que se acrecentó, como siempre en su vida, con una nueva desgracia. Un día del otoño de 1665, llegó un heraldo que se dirigió a María Teresa de la siguiente manera:

— Señora, su padre, el rey D. Felipe IV, ha fallecido el 17 de septiembre de este año —Siguió con la larga retahíla de apartados oficiales, pero mi señora ya no oía. Yo vi cómo  la piel estaba aún más pálida de lo habitual y al poco tiempo cayó desplomada sobre el suelo. María Teresa siguió viviendo, pero había bajado un peldaño más hacia un mundo de tristeza y depresión.

— Mi señora, debéis comer, por vos y por la criatura que lleváis dentro— Pero ella seguía comiendo muy poco y sólo admitía como imprescindible el chocolate a la española que tomaba a todas horas.

Al final nació un heredero para la corona que devolvería, al menos por un tiempo, la alegría a mi señora y a su esposo.

Pasado el tiempo, los llantos por el marido que la abandonaba, humillaba, arrinconaba y por los hijos que se morían eran tan frecuentes, que tenían a todos apesadumbrados y a mí muy preocupada pensando que mi señora pudiera acabar perdiendo la razón, como lo hiciera una antepasada de ella llamada Juana y de la que se decía estuvo loca de amor por el esposo infiel.

Cuando murió Ana de Austria, madre de Luis XIV, en la misa celebrada en Saint Germain, Louise de Vallière se hallaba en la tribuna de honor. Una humillación que crecería con los años. María Teresa se mortificaba con celos y lamentos.

— No sufráis de esa manera mi señora, los reyes son así, el poder atrae a muchas mujeres que no dudan en entregarse a ellos, que débiles de espíritu y cuerpo, caen en sus redes. — Y se me ocurrió añadir — fijaos en vuestro padre — No pude concluir la frase. Nunca vi a mi señora tan enfadada conmigo. Ella conocía a la perfección la innumerables aventuras y conquistas amorosas del padre, sin embargo tuve la impresión de que, para ella, si no se mencionaba, no existía. Ella conocía la realidad de los bastardos de su padre, pero a su marido, no se lo pensaba consentir y como no  podía evitarlo de ninguna manera, se sumió en una hoguera de indignación primero y más tarde, apagado ese fuego, en una tristeza que la acompañaría toda la vida.  Nunca más hablamos del tema. Ella acabó refugiándose en los juegos de cartas y la tristeza la siguió consumiendo día tras día.

Un lluvioso atardecer, apareció el obstáculo definitivo en la felicidad de María Teresa; así el duque de Beaufort, primo del rey, trajo un joven esclavo negro de uno de sus viajes y lo entregó como regalo a la reina, para intentar que saliera de la depresión en la que estaba sumida  y así Nabo, que así se llamaba el esclavo, sedujo y divirtió al círculo de la reina.

Mi señora volvió a quedar encinta. En principio todos pensamos que era un nuevo embarazo de la reina, que aunque difícil, no hacía presentir nada extraordinario. Sin embargo todos quedamos “de piedra” cuando al nacer, apareció una pequeña niña negra. Yo creí que me moría del disgusto y mi señora no sé cómo no expiró en ese momento.´

Oí todo tipo de conjeturas y justificaciones por parte de los médicos, algunas tan absurdas como que la culpa la tenía mi señora por comer tanto chocolate. Sin embargo yo intuí la verdad. A los pocos días se anunció de manera oficial la muerte de la niña, más la verdad es que la llevaron a un convento para que la cuidaran y educaran.

María Teresa, después de este desafortunado acontecimiento, se aisló del resto del mundo. Yo intentaba acercarme a ella, pero no quería hablar de nada. Pasaron meses hasta que admitió mi compañía y una fría mañana de invierno, se dirigió a mí con la mirada perdida, mientras le cubría las piernas con una manta.

— Pobre hija mía, fruto del pecado. Tiene que penar mis culpas — me dijo

— ¿No es hija del rey, verdad?

— No Lucía, a vos no os lo puedo negar, estoy condenada al infierno y mi pobre hija llevará el pecado de su madre para siempre. —

— No podéis imaginar el dolor que tengo en mi corazón. Ojalá pudiera morir hoy mismo, ya no quiero esta horrible vida. Necesitaba amor y alguien que me sacara de esta melancolía que ocupa mi alma y llegó Nabo. Yo no lo amaba, pero me hacía sentir especial. Mi esposo me tenía tan abandonada y yo sentía tanta rabia por sus infidelidades, que sucumbí a la seducción de Nabo. Sólo ocurrió una vez y fijaos que sería la que arruinaría la vida de ambos.

Sé que a partir de ese momento, mi señora murió en vida. Todavía tardó veinte años en que el corazón dejara de latir, sin embargo el alma ya no estaba en esta tierra.

Autora: Esperanza Varo Porras.

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