ALFONSO VIII, (1155-1214) SU AMANTE JUDIA Y LAS NAVAS DE TOLOSA

Muchos andaluces, cuando queremos salir de nuestra tierra, tenemos que hacerlo a través del paso de Despeñaperros, un impresionante desfiladero que sirvió como barrera fronteriza para la Reconquista y donde se encontraba Al-Andalus, territorio de la península ibérica bajo poder musulmán durante la Edad Media, entre los años 711 y 1492​ .

Desde pequeña, antes de acometer ese paso, iba viendo a lo largo del camino: restaurantes que se llamaban Alfonso VIII, hoteles Alfonso VIII, tiendas de regalos Alfonso VIII… y por último un gran cartel indicando dónde se celebró la famosa batalla de las Navas de Tolosa. Así que siempre me atrajo la figura de este rey y su historia

Podéis encontrar mi relato sobre Alfonso VIII y los amores con la judía Raquel pinchando aquí 

CONTEXTO SOCIAL

La invasión de los árabes en el 711 acabó con el decadente reino visigodo, en plena crisis y con una fuerte división interna. Durante ocho siglos convivieron en la Península cristianos, musulmanes y judíos. A pesar de las guerras, hubo buenas relaciones entre ellos, no porque hubiera una convivencia pacífica, sino por una convivencia interesada. Las necesidades de la guerra obligaron a los monarcas a utilizar los servicios de todos, cristianos y no cristianos. De los musulmanes no se podía prescindir porque con su rica cultura potenciaron la agricultura, mejoraron el sistema romano de riegos con el que los campos dieron productos desconocidos hasta entonces en Occidente como el azafrán; perfeccionaron la jardinería, desarrollaron la industria y el comercio, inspiraron una vida más llena de comodidad y lujo; los festines alternaban con la danza, la música y la poesía. Todo su saber científico más su brillante cultura iba siendo asimilado por Castilla a medida que avanza la Reconquista. Los judíos, puente entre cristianos y musulmanes, eran imprescindibles en la vida económica y política por sus habilidades administrativas y por su dinero, aunque sus éxitos económicos y sociales, junto con el fanatismo religioso, despertaban el odio de buena parte de los cristianos. Con la toma de Toledo en 1085 por los cristianos, la hegemonía cultural de la Península pasa a esa ciudad.

EL REY ALFONSO VIII

Apellidado el Noble y el Bueno, no tuvo una infancia feliz. Su nacimiento (1155) costó la vida a su madre, Blanca de Navarra; también perdió a su padre, Sancho III, el Deseado, cuando solo contaba tres años de edad. Este había dejado encomendada la tutela de su hijo a la familia de los Castro y como regente a Gutierre Fernández de Castro a lo que se opuso la familia de los Lara, que también ambicionaban la Regencia. El enfrentamiento entre estas dos poderosas familias por la tutoría del Rey y la Regencia del Reino, promovió una larga guerra civil que ensangrentó y debilitó a Castilla. En 1169, teniendo Alfonso VIII 14 años, se consideró oportuno, como único medio de acabar con la inestabilidad del Reino, declararlo mayor de edad y poner el Gobierno en sus manos. En las Cortes de Burgos en 1170, se le entregó la Gobernación del Reino y, al mismo tiempo, se acordó darle por esposa a Leonor Plantagenet, de 15 años,  hija del Monarca inglés Enrique II, que aportaba como dote el ducado de Gascuña, lindante con los territorios castellanos por la parte de Guipúzcoa. Alfonso VIII mantuvo una entrevista en Sahagún con Alfonso II de Aragón y Cataluña, que acababa de cumplir los 16 años, en la que ambos Monarcas zanjaron las diferencias territoriales que los separaban y formalizaron una alianza defensiva contra el resto de los monarcas peninsulares. Después de este acto, los dos Reyes marcharon a Tarazona, donde se celebró el enlace de Alfonso VIII con Leonor, en septiembre de 1170.

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Pese a tan adversas condiciones, Alfonso VIII pudo ir salvando todos los escollos que se le oponían. Entre 1191 y 1194, tropas castellanas penetraron por tierras de Jaén y Córdoba, en un claro intento de conquista, apoderándose de un enorme botín y centenares de cautivos. El califa almohade Abu Yusuf Ya’qud al Mansur, decidió impedir la conquista de esas tierras. En 1195, pasó el Estrecho de Gibraltar y desembarcó en Al-Ándalus con un potente Ejército, llegando hasta Calatrava (Ciudad Real) y amenazando la ciudad de Toledo. Alfonso II de Aragón, consciente del peligro que amenazaba a los Reinos cristianos, intentó armonizar una política de apoyo a Castilla, mas la desconfianza de navarros y leoneses malogró la posibilidad de ofrecer un frente común. Alfonso VIII, impaciente por la tardanza de los refuerzos prometidos por los navarros y leoneses, decidió enfrentarse a los almohades con sus solas fuerzas. El 19 de julio de 1195, les presentó batalla cerca de Alarcos. En un principio el combate se inclinó del lado de los castellanos, pero la superioridad numérica almohade terminó imponiéndose. La derrota fue espantosa, y muchos castellanos quedaron en el campo de batalla para siempre. Yusuf Ya’qud al Mansur destruyó la fortaleza de Alarcos, tomó al asalto Calatrava y aquel mismo año regresó a Córdoba, desde donde pasó a Marruecos.

 Alfonso VIII consiguió firmar una paz de diez años con Abu Yusuf Ya`qub, que se hallaba absorbido por los asuntos del Norte de África. Quedaba abierto el camino para que leoneses y castellanos encontraran la paz. Ésta llegó con el enlace de Berenguela, hija de Alfonso VIII, con Alfonso IX de León (separado ya de su primera esposa, Teresa, hija de Sancho I de Portugal) al llevar Berenguela como dote los castillos reclamados por el leonés y las plazas tomadas por Alfonso VIII. La boda se celebró a pesar del grado de parentesco que había entre los contrayentes, puesto que Berenguela era sobrina de Alfonso IX. Años más tarde, cuando ya habían nacido seis hijos, ante la persistencia del Papa Inocencio III de considerar nulo el matrimonio, Berenguela tuvo que separarse de su esposo y regresar a Castilla.

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Asegurada la paz con León, Alfonso VIII quiso recuperar el País Vasco, que había pertenecido a Castilla y que ahora estaba en poder de Navarra. En 1119, fuerzas castellanas y aragonesas penetraron en Navarra por distintas fronteras y a finales de 1200, Castilla había recuperado todas las tierras que habían sido suyas y ganado otras a expensas de Navarra, con lo que este Reino vio su territorio muy reducido. El castellano, recuperadas las tierras en litigio, dio por terminadas sus reclamaciones y cesó en sus acciones bélicas contra Navarra. Volvió sus armas contra el condado de Gascuña, que su esposa Leonor aportó como dote y que nunca le había entregado. Pese a los dos años de campaña (1204-1205), no pudo lograr la completa anexión del ducado, porque sus dos ciudades más importantes, Bayona y Burdeos, se negaron a reconocer su autoridad.

Alfonso VIII inició las hostilidades, ansioso de vengar la derrota de Alarcos. La prematura muerte de su hijo y heredero en 1211, Fernando, de 21 años, víctima de una rápida enfermedad, no abatió el ánimo del Monarca, que ese mismo año entraba en el valle del Júcar. El califa almohade, Abu Abd Allah Muhammad al-Nasir, llamado por los cristianos como Miramamolín, por corrupción en la pronunciación del título que ostentaba de ‘Amir al-mu’minin, respondió a estas campañas con el envío a España de un formidable Ejército. En febrero de 1212 llegó a Castilla la bula del Papa Inocencio III promulgando la cruzada contra el infiel, que concedía indulgencias y gracias a cuantos españoles o extranjeros ayudaran a Alfonso VIII de Castilla.

 

LAS NAVAS DE TOLOSA

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Alfonso VIII señaló la Pascua de Pentecostés para iniciar la expedición. En la primavera de 1212, atendiendo a la orden del Monarca, se fueron reuniendo en Toledo y en las riberas del Tajo los contingentes de las tropas españolas y extranjeras. No lo hicieron los Monarcas Alfonso IX de León, que prefirió retirarse a Babia (León), su residencia de recreo, y Alfonso II de Portugal. En su avance hacia al-Ándalus, los Ejércitos cristianos recuperaron Malagón (Ciudad Real), y Calatrava conquistando a primeros de julio, Alarcos, Caracuel y Piedrabuena (Ciudad Real). Las tropas extranjeras molestas porque no se les permitía el saqueo, abandonaron la empresa, quedando su representación reducida a un escaso número. Alfonso VIII dio la orden de avanzar hacia el paso de Despeñaperros (Jaén), que los almohades ya habían ocupado, por lo que hubo que atravesar Sierra Morena por el puerto del Muradal, más fácil y menos vigilado, llegando hasta Las Navas de Tolosa sin dificultad. Aunque las cifras que se manejan sobre el número de combatientes que intervinieron en la batalla carecen de bases sólidas, por lo abultadas, se puede afirmar que eran los dos ejércitos más grandes que jamás se habían enfrentado en la Península Ibérica. El 16 de julio de 1212, cristianos y almohades se  enfrentaban en Las Navas de Tolosa. Tras varias horas de duro batallar, llegó el desenlace. Al ver la batalla perdida, Abu Abd Allah montó a caballo y, acompañado sólo de cuatro jinetes, huyó a Baeza, y de allí a Jaén. Entretanto los cristianos hicieron una enorme matanza entre los almohades. Aunque la resistencia musulmana continuó, el peligro había desaparecido; el Imperio Almohade agonizaba.

En la primavera de 1213, Alfonso VIII  se dirigía a Plasencia para entrevistarse con Alfonso II de Portugal, cuando cayó gravemente enfermo en Gutierre de Muñoz, aldea cercana a Arévalo, donde falleció el seis de octubre de 1214.

Alfonso VIII, llamado el de las Navasel Noble o el Chico, fue un incansable luchador, contribuyendo con su obra militar al desmoronamiento del poder musulmán en España. En el plano cultural, se debe su iniciativa a la fundación de primera Universidad española, creada en Palencia en 1209, a la que hizo venir maestros de Italia y Francia (de esta universidad me gustaría hablar en otra entrada).

 

LOS AMORES

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La leyenda de los amores del rey castellano Alfonso VIII y Raquel, la bella judía de Toledo, se forjó para justificar la derrota de este rey en Alarcos en 1195. Esta apasionada y desdichada historia conmovió desde el principio a sus coetáneos y más tarde despertó la imaginación de escritores españoles y extranjeros. La excepcionalidad del personaje de Raquel, con su pasión, osadía y encanto conecta fácilmente con nuestra alma y con nuestra vida. 

Los amores entre Alfonso VIII y la judía de Toledo, han ido dejando un bellísimo rastro literario hasta nuestros días. El argumento es bien sencillo. Alfonso, que estuvo casado con Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania y, por lo tanto, cuñado de Ricardo Corazón de León de Juan sin Tierra, se enamora perdidamente de una bellísima judía, a la que Lope de Vega bautiza para siempre como Raquel. El rey se encierra con ella siete años en su palacete toledano de La Galiana, también conocido como La Huerta del Rey, olvidándose de su esposa y desatendiendo el gobierno de Castilla, pronta a romper la tregua con los moros. Una conjura de nobles, instigada por Leonor y por la Iglesia tras la derrota de Alarcos, pone trágico fin a esos amores, desencadenando la furia del rey, que aún tardará años en hacer las paces con la reina, paz que sella construyendo el Monasterio de las Huelgas donde están enterrados.

Esta apasionada y desdichada historia conmovió desde el principio a sus coetáneos y más tarde despertó la imaginación de escritores españoles y extranjeros. La excepcionalidad del personaje de Raquel, con su pasión, osadía y encanto conecta fácilmente con nuestra alma y con nuestra vida.

Es de todos sabido que las leyendas nacen de un intento de justificación. Ejemplos de estos serían: Para poetizar la lucha comercial de los griegos, se crea el rapto de Helena, esposa de Menelao, por Paris, lo que dio lugar a la guerra de Troya; probablemente, para justificar las derrotas de Alfonso VIII, especialmente la de Alarcos, se crea la leyenda de que el rey se enamoró de una judía muy hermosa hasta el punto de que estuvo encerrado con ella siete años y se olvidó del reino. Esta historia es recogida por Alfonso X en su Crónica General, pues los cronistas recogían los hechos notables narrados en boca del pueblo o en los cantares de gesta siempre que sirvieran para exaltar a su señor y afectaran al destino de la comunidad.

FUENTES DE LA LEYENDA

El único rastro histórico de esta apasionada historia de amos se debe a Alfonso X el Sabio, quien reinó un siglo después de haber ocurrido los hechos, y quien cuenta que Alfonsopagóse mucho de una judía que auie nombre Fermosa

  ALFONSO X. [Crónica de España]. Amores de Alfonso VIII y Raquel, la judía de Toledo.

Donde la judía estaba sobre un muy rico estrado. Matáronla luego allí Y a los que han con ella hallado. El Rey que supo su muerte Triste estaba y muy cuitado; No sabía qué se hiciese, Que el amor demasiado Que tenía a la judía Lo ha de sese enagenado. Sus vasallos lo consuelan, A Illescas lo habían llevado. Estando el Rey una noche En la su cama acostado Cuidando en la judía Un ángel le había hablado. -¿Aún cuidas, le dijo, Alfonso, en el tu grave pecado? Dios de ti gran deservicio de tu maldad ha tomado; No fincará de ti hijo, Mas hija te habrá heredado. Procura de a Dios servir porque te haya perdonado -Ángel, respondió el Rey, ante Dios sé mi abogado, yo ya conozco mi culpa y conozco haber errado”

Esta historia también está recogida en el Libro de los castigos y documentos de Sancho IV el Bravo en el que el rey advierte a su hijo de los peligros de caer en el pecado de fornicación porque le pueden suceder las mismas desgracias que al rey Alfonso VIII.

Los romances también se hicieron eco de ella:

El Rey con la su muger A Toledo había llegado; Mas como amor es tan ciego Al rey había engañado. Pagóse de una judía, Della estaba enamorado; Fermosa había por nombre, Cuádrale el nombre llamado. Olvidó el Rey a la Reina, Con aquella se ha encerrado. Siete años estaban juntos Que no se habían apartado, Y tanto la amaba el Rey Que su reino había olvidado. De sí mismo no se acuerda; Los suyos han acordado De poner recabdo en ello En fecho tan feo y malo. Acuerdan de la matar Por ver su señor cobrado, Porque lo tienen perdido Y les será bien contado. Fueron donde estaba el Rey Con la judía en su cabo; Los unos hablan con él, Los otros habían entrado

Así, la Crónica y los romances afirman que la judía Fermosa, amante de Alfonso VIII, fue muerta por venganza de los nobles castellanos y que fue por castigo divino los desastres del reino y la futura muerte de su hijo Enrique I. El arrepentimiento del rey consigue el perdón y futuras victorias como la de las Navas de Tolosa

LOPE DE VEGA LA LEYENDA EN LA LITERATURA el primer poeta que trató de los amores de Alfonso VIII y la judía en el libro XIX de su Jerusalén conquistada en el que imagina al rey como un cruzado. En 1617 publica Las paces de los reyes y judía de Toledo. A partir de ahí han sido numerosas las imitaciones.

 En 1617 aparece impresa en Madrid en la Parte VII de las Comedias de Lope de Vega Las paces de los reyes y judía de Toledo. La única fuente de Lope ha sido la Crónica General a la que sigue paso a paso, a veces, literalmente.

RAQUEL.- ¿Pues mi delito es más que ser amada de Alfonso?, ¿qué pagar yo su fineza? ¿En cuál de estas dos cosas os ofendo? ¿Está en mi arbitrio hacer que no me quiera? Si el cielo, si la fuerza de los astros le inclinan a mi amor, ¿en su influencia debo culpada ser? ¿Puede el humano albedrío mandar en las estrellas? Mas ya sé que diréis que mi delito es el corresponderle. Cuando intenta la malicia triunfar, ¡oh, cómo abulta frívolas causas, vanas apariencias! ¿Pude dejar de amarle siendo amada? Eso es en la voluntad, mas no en el entendimiento, y así, nunca fue seguro amor desigual, pues vemos que mal prevenidos luchan los dos sentidos opuestos, calumniando la razón lo que admite el pensamiento, y viene a quedar vencido el que de los dos es menos    Antonio Mira de Amezcua (La desgraciada Raquel)

RAQUEL.- “¿Pues mi delito es más que ser amada de Alfonso, qué pagar yo su fineza? ¿En cuál de estas dos cosas os ofendo? ¿Está en mi arbitrio hacer que no me quiera? Si el cielo, si la fuerza de los astros le inclinan a mi amor, ¿en su influencia debo culpada ser? ¿Puede el humano albedrío mandar en las estrellas? Mas ya sé que diréis que mi delito es el corresponderle. Cuando intenta la malicia triunfar, ¡oh, cómo abulta frívolas causas, vanas apariencias! ¿Pude dejar de amarle siendo amada?”   Raquel (Vicente García de la Huerta)

“REY.- ¿Habéis visto en la ribera deste río dos mujeres?

BELARDO.- Sí vi, y en extremo bellas; pero tienen una falta, si no me engaña la muestra; que pienso que son judías.

 REY.- Llamadlas, buen hombre hebreas”  Lope de Vega. Las paces de los Reyes, acto I, escena VII, 520.

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR  Memorias de España

RÍOS MAZCARELLE, Manuel. Diccionario de los Reyes de España.

CONTRERAS Y LÓPEZ DE AYALA, Juan. LOZOYA, Marqués de. Historia de España.

RAFAEL GONZÁLEZ CAÑAL Universidad de Castilla-La Mancha

 

 

 

4 comentarios en “ALFONSO VIII, (1155-1214) SU AMANTE JUDIA Y LAS NAVAS DE TOLOSA

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