RAQUEL. MORIR DE AMOR POR ALFONSO, “EL NOBLE”

Esta entrada está relacionada con la publicada anteriormente llamada ALFONSO VIII, (1155-1214) SU AMANTE JUDIA Y LAS NAVAS DE TOLOSA

Siempre he admirado al joven Don Alfonso, al que, desde su más tierna infancia todos llaman, “el Sabio”. Yo soy muy viejo, he visto mucho mundo y  conocido a toda clase de personas, por eso precisamente, puedo decir que Don Alfonso era un ser excepcional. No he conocido a nadie tan erudito, culto y con más ansias de saber y aprender que él.

Nos encontrábamos en Sevilla, una calurosa tarde del mes de julio. Todos aprovechaban para dormir en las horas más fuertes de calor. Sin embargo, Don Alfonso dormía las horas justas y necesarias y sólo por la noche. No había hora del día, en la que no trabajara en alguno de sus proyectos, a pesar de que todo el  tiempo se lo ocupaba la conquista de territorios herejes.

Un día, me habló así:

­­­­— Mi querido Martín, estoy escribiendo mi “Crónica General”. En ella pretendo recopilar los acontecimientos ocurridos desde los orígenes bíblicos y legendarios de nuestra tierra hasta nuestros días. Tú has vivido muchos años y seguro que conoces muchas historias y leyendas. Me sería de gran ayuda si compartieras conmigo algunos de tus recuerdos. Sabes que amo la historia y la escritura tanto o más que la música que, como sabes, es mí otra gran pasión.

— Mi señor Don Alfonso conozco muchas historias, sin embargo, hay una que la tengo en mi corazón y que no me importaría compartir con vos, mas necesita tiempo, pues es un poco extensa. —le contesté, contento de poder compartir con él un suceso que me había oprimido el corazón durante décadas.

— Tengo todo el tiempo del mundo para oírte —replicó mi respetado infante.

— Pues bien, se trata de vuestro antepasado Alfonso VIII, llamado “el Noble”, al que todas las crónicas alaban.

— ¿Qué puedes saber tú que yo ignore? Conozco  hasta el más mínimo detalle de sus conquistas y derrotas. —objetó incrédulo.

— ¿Conocéis sus amores con Raquel?

— ¿Raquel? Su esposa era Doña Leonor—añadió Don Alfonso asombrado.

— Vuestro antepasado Don Alfonso, llamado “el Noble”, ya estaba casado con Doña Leonor y tenía a sus hijas Blanca, Berenguela y a su hijo Enrique, cuando conoció a la que le robaría el corazón.

Él realizó un viaje a Toledo por asuntos de estado y allí tuvo su primer encuentro con  Raquel, la mujer más hermosa que yo viera en toda mi vida. No había pelo más negro ni ojos más fascinantes en Toledo, pero existía en ella  algo más que nada tenía que ver con la belleza del cuerpo y que conseguía enamorar a todo el que la veía. Desde el principio, él quedó prendado de aquella chiquilla que era noble entre su gente. Sí, porque ella era judía.

La fascinación fue tal, que Don Alfonso no paró hasta que consiguió que Raquel, acompañada por su padre, lo visitara en el palacio.

Durante horas, estuvieron conversando y el juicio y entendimiento de aquella niña no dejó de cautivarlo. Así que la invitó a que fuera a jugar al ajedrez con él cuando ella quisiera, ya que ambos eran unos maestros en la práctica de este juego.

Estuvo claro que el destino los había unido para siempre, porque ella también quedó impresionada ante el porte, la hidalguía y según me dijo, los maravillosos ojos del color del cielo.

Así comenzaron las partidas de ajedrez, las conversaciones sobre religión, política, historia y filosofía, que los mantenían horas y horas juntos. De ahí a la unión carnal sólo hubo un paso.

Ambos estuvieron compartiendo techo y pasión durante siete años. Tiempo en el que Don Alfonso se olvidó de su mujer, de sus hijos y de su reino. En ese momento, en el corazón y la mente estaba ella y sólo ella.

Hasta ahí, es lo que todos en Toledo conocíamos. Lo demás, lo supe de labios de la propia Raquel, pocos días antes de su muerte.

Yo sabía que las revueltas en Toledo contra los judíos acabarían llegando a Raquel. Conocía su residencia porque era el confesor de Don Alfonso en esa ciudad y en muchas ocasiones me pidió que hablara con ella para que accediera a abrazar la fe cristiana.

Me encaminé al palacio, sabía que Don Alfonso se encontraría en Alarcos. Era el mes de julio más caluroso que yo podía recordar. A esas horas del mediodía, unas calles solitarias, que ardían como si estuviera en el averno, convertían a Toledo en una ciudad fantasma.

Cuando por fin llegué al palacio, situado en la zona más elevada de la ciudad, me sentía mareado y sediento. Me abrió el jardinero y me dirigí a la estancia donde sabía que estaría Raquel. La encontré ojerosa, desmejorada y tremendamente delgada. La sala en la que se encontraba había sido oscurecida a conciencia con pesadas cortinas que impedían que el frescor del patio, que siempre había servido para atemperar las estancias gracias a las fuentes, estanques y árboles, pudiera refrescar aquel infierno.

— Pero hija: ¿Cómo estáis así?, ¿No coméis nada? —le dije preocupado, al tiempo que descorría los pesados cortinajes para que entrara el aire.

— No tengo hambre, padre. No puedo probar bocado —dijo con un sollozo

— ¿Qué os ocurre? ¿Tenéis alguna enfermedad?

— Sí padre, pero no es una enfermedad del cuerpo, sino del alma.

— Vos que conocéis todo sobre Dios y el alma. ¿Me podéis decir, cuándo es adecuado amar? ¿En qué momento es oportuno entregar el corazón? —dijo llorando y gritando.

— Hija, cuando Dios lo decide.

— ¿Dios, qué Dios? ¿El vuestro o el mío? ¿El que permite que el alma se quede unida a otra, que los hombres no consideran conveniente? ¿Ese Dios que me permite beber del néctar más dulce y luego me lo retira? —dijo con los ojos fuera de las órbitas.

Pues padre, maldigo a ese Dios, ya sea el mío o el vuestro, que hace que se unan nuestras almas y luego nos separa.

— Hija no blasfeméis. Estáis perdiendo la cabeza —le contesté muy preocupado.

— Si padre, me estoy volviendo loca, pero loca de amor. Mientras no estoy con él, lo tengo en mi mente durante el día y en  mis sueños durante la noche. No me importa que no me vuelva a tocar, aunque nunca olvidaré sus manos acariciando mi cuerpo y haciendo vibrar todo mi ser. Nunca olvidaré el azul de sus ojos, donde me hundía, donde me perdía. Lo único que necesito es saber que me ama para poder seguir viviendo. Jamás podré estar más unida a alguien. Ahora, sin él no puedo respirar, no puedo latir.

— Pero hija, Vos sabéis que él os ama. Durante años, ha estado aquí olvidándolo todo.

— Fueron siete años, mas los recuerdo como si de horas se hubieran tratado, porque el tiempo se detuvo para nosotros— continuó  como si estuviera desquiciada. La mirada fija en la pared, el cuerpo rígido y un rostro inexpresivo, me hacían dudar de que su mente estuviera equilibrada, sin embargo, ella continuó con el relato.

— Yo me sentaba junto al surtidor del patio en las largas noches de verano. Él, recostado  sobre mi regazo oía uno, cien y mil cuentos que florecían de mis labios y  me hacía preguntas interesándose por mi pueblo, por su sabiduría, por sus leyendas. Le encantaba que le contara la historia del “Libro de Ester” y me decía que yo acabaría siendo reina como lo fuera ella y mi amado repetía “¿Qué tienes, reina Raquel? ¿Qué es lo que quieres? ¡Incluso la mitad de mi reino te será concedida! Pero yo no necesito ningún reino le decía una y otra vez. Lo quería sólo a él. El resto del mundo me sobraba. La religión, la gente, las guerras… sólo servían para separarnos.

Cada día limpiaba y perfumaba mi cuerpo antes de entregarlo a él. Sí padre, no me importa lo que las normas de moral digan. Soñaba con el momento en el que él besaría mis labios y tocaría mis lugares secretos haciendo palpitar todo mi cuerpo.

Él me amó y me hacía sentir una felicidad sin límite. Cada vez que lo veía, mis venas latían produciéndome un dulce cosquilleo en todo el cuerpo y haciendo que  mi pecho y mi vientre se preparaban para recibirlo. Era amor, ese amor que va más allá de lo que la mente pueda alcanzar.

Sin embargo, un día, aparecieron las primeras diferencias. No lo entendía, padre. Si nuestro amor era puro ¿por qué tenían que estropearlo las cosas mundanas? La religión, las costumbres, nuestros distintos mundos, comenzaron a alejarnos. Todo lo que nunca nos separó, en ese momento, se volvió contra nosotros. Y lo que más nos separó fue la fe, esa que nos enseña desde pequeños a creer sin ver. Esa fe que nosotros descubrimos que era la misma para cristianos y judíos, aunque cambiara el nombre. En ese momento nos aferramos a nuestras convicciones, nos  empeñamos en ese nombre que nos separaba y no en el Dios que decidió unirnos en el amor.

Llegó el momento en el que decidimos que ya no tenía ningún sentido discutir sobre temas de fe. Era algo que nos separaría para siempre.

El destino que nos había unido, ahora,  también se empeñó en separarnos. La muerte del infante Enrique fue considerada por todos como un castigo por estar conmigo y mi amado también vio el hecho de estar conviviendo con una impía y que  yo no quisiera abrazar su fe, como el motivo de la muerte del amado hijo, como un castigo divino.

Su mujer, la bruja Leonor, no sabía cómo separarnos y lo persuadió de que tendría que entrar en campaña,  de que  era necesario y que así lo pedía el pueblo. Ella lo convenció de que  la lucha contra los infieles perdonaría sus pecados. Alfonso sintió vergüenza de mí y decidió que yo era la culpable de que no hubiera emprendido la lucha, haciendo cruzada contra los infieles y así emular a su cuñado Ricardo Corazón de León.

Alfonso volvió a mí con el firme propósito de abandonarme. Pero estaba embarazada y Alfonso volvió a ser mío, aunque por poco tiempo. Sin embargo, algo estaba roto entre nosotros. El nacimiento de nuestro hijo también fue motivo de separación. Hasta la elección del nombre nos distanciaba y no digamos la de la fe en la que crecería. Todo esto desembocó en el orgullo y el desprecio.

Un nuevo golpe del destino, acabó con nosotros por entero. Cuando el suegro de Alfonso murió, la vieja reina de Inglaterra Ellinor fue a vivir con Leonor y entre ellas urdieron mi muerte, esa muerte que está próxima a llegar. Han esperado a que Alfonso estuviera en la guerra para llevar a cabo los planes ¿Y pensáis vos que yo puedo luchar contra ellas? Ni puedo, ni tengo fuerzas para luchar.

Desde que él se marchó, la vida se acabó para mí. No sabéis cuántas veces imagino vigilar su sueño, cabalgar junto a él y cuidar sus heridas. Siempre me acompañan agradables imágenes en mis sueños. Son tan reales que lo percibo junto a mí, siento sus labios, su respiración y  esos sueños me encienden como una vela nueva. Por eso no quiero despertar. Durante el día, me esperan mis ansias, mis temores, mis deseos. Ya nada me importa. Los trinos de los pájaros, los rayos del sol ya no consiguen emocionarme. Sólo hay silencio en mi interior —Culminó una Raquel exhausta  y derrotada.

— Como ya conocéis —continué relatándole a Don Alfonso — vuestro antepasado no pudo resistir en Alarcos. Todo lo que los reyes cristianos habían conquistado durante años lo perdió en un solo día. Toledo, al contemplar esta situación, comenzó a buscar culpables y los encontraron en los judíos y la hermosa Raquel.

Mi intención al ir al palacio donde se encontraba Raquel era que fuera a refugiarse en la judería. Como ella se negara, yo insistí diciéndole — Los judíos que están fuera de la judería están siendo maltratados e incluso muertos. La locura se ha desatado en la ciudad y no dudo que vendrán aquí. Como vos sospecháis, la reina Doña Leonor está instigando contra vos.

Ante la negativa me marché con la promesa de volver.

Al día siguiente regresé. Anduve aprensivo por una casa en la que todo había sido destruido, saqueado y reducido a escombros. Un calor sofocante me hizo sentir un mareo que, seguramente, sería el preludio de lo que iba a encontrar. La habitación volvía a estar en penumbra, un olor acre lo envolvía todo y como espectador indiferente, el sonido del chapoteo del surtidor del patio. Allí estaba la hermosa Raquel, la mujer más dulce e inteligente que encontré jamás, muerta, con la cabeza reventada y el precioso rostro cubierto con sangre seca. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y una arcada me provocó un vómito que no pude evitar.

Me dijeron que, al comunicárselo a Don Alfonso, este cayó sin sentido. Sácala de tu pecho, le decían. Nada bueno puede traerte a ti y a tu pueblo. Sin embargo, él insistía en saber quién había sido, quién había dado orden de matar a su amada. Como si de una revelación se tratara, comprendió lo ocurrido. Leonor lo empujó a la guerra para alejarlo de Raquel y así poder matarla ¡Maldita bruja! ¡Has arruinado mi vida! Lo oyeron gritar como a un lobo herido. Durante días anduvo como un loco.

Alfonso entendió en ese momento que lo que sentía por Raquel trascendía de lo físico, incluso de lo mental. Era algo que unía sus almas, algo eterno, inmaterial. Comprendió que las cosas del mundo los había separado, que habían roto lo más bonito que un ser humano podría vivir: el amor verdadero.

Como ya conocéis, más tarde Don Alfonso alcanzó la gloria ganado la batalla de las Navas de Tolosa. Los que lo acompañaban decían  que no era un hombre, que parecía un muerto viviente. Era temerario, no le importaba la muerte, es más parecía que la buscaba. Se enfrentaba al enemigo con la fuerza de diez cíclopes y que tenía la visión y el arrojo de Alejandro Magno. Venció. Y todo el mundo olvidó Alarcos y a los judíos. Pero él nunca olvidó a Raquel.

Hoy, los restos de Don Alfonso y Doña Leonor descansan en el Monasterio de  las Huelgas, sin embargo, estoy seguro de que el alma de él no mora allí, posiblemente se encuentren en un cielo que no pertenezca a un Dios cristiano o judío, juntos por toda la eternidad.

Cuando terminé Don Alfonso me entregó unos poemas realizados con la historia que yo le acababa de contar.

“Y se encerró el rey con la judía durante casi siete años enteros y no se acordaba ni de sí mismo, ni de su reino, ni se ocupaba de nada más”

“Después de esto, los grandes decidieron matar a la judía. Se presentaron allí donde vivía y la asesinaron en el estrado de su aposento, e igualmente a todos aquellos que con ella se encontraron”

Alfonso “el Sabio”, Crónica General

 

5 comentarios en “RAQUEL. MORIR DE AMOR POR ALFONSO, “EL NOBLE”

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