LEONOR DE AQUITANIA. UNA REINA MUY LIBERAL

Leonor de Aquitania es dueña de un mito que trasciende cualquier intento de encorsetarla en su contexto histórico; fue capaz de transmitir el legado de su linaje a nuevos reinos.images

Al ver la figura funeraria de Leonor de Aquitania con un libro entre las manos, no puedo dejar de sentir admiración y simpatía por una mujer que seguro esperaba que el paraíso estuviera lleno de libros.

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La leyenda que rodea a esta mujer está llena de calificativos como: “disoluta”, “frívola”, “política magistral”, “romántica”, “fría y ambiciosa” “faro de trovadores”, “bella” y “poco más que una puta”… Todo esto se le ha llamado a Leonor de Aquitania a lo largo del tiempo. Ya durante su vida nacieron leyendas alrededor de ella y unos cincuenta años después de su muerte alcanzaron pleno desarrollo. Cuando se investiga sobre Leonor, hay que tener presente que los cronistas de su época eran monjes que no sabían qué hacer con una mujer como ella, sobre todo en sus años jóvenes, y por eso eran muy propensos a condenarla. Sólo los historiadores reciente empiezan a hacerle verdadera justicia.

Leonor de Aquitania es uno de los personajes femeninos más controvertidos y fascinantes de la Edad Media. Su longeva vida –murió octogenaria– y su leyenda se entremezclan, pero nadie cuestiona que fue una mujer singular y extraordinaria. Como cuenta Clara Dupont-Monod en su libro “Leonor de Aquitania” “pocas mujeres marcaron su época como ella”. Algo que corroboró el prestigioso medievalista Jean Markale, que aseguró que “nunca se insistirá bastante sobre la influencia que Leonor de Aquitania tuvo personalmente en la evolución de las costumbres del Norte, en este siglo XII en que Francia no era más que un reino teórico en busca de su personalidad”.

Reina de dos países rivales, Francia e Inglaterra, madre de diez hijos, la historia la presenta como una figura enigmática, como una mujer indómita, rompedora con las normas y costumbres de su época. Solicitó, por ejemplo, la nulidad de su matrimonio con el monarca francés Luis VII, un hecho nada habitual en la Edad Media. Y es que su comportamiento pronto incomodó a la rígida moral de los miembros de la Iglesia, que no dudaron en presentarla como una mujer libertina y lujuriosa.

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Leonor de Aquitania, la mujer que estaba llamada a ser la impulsora de una nueva literatura y de un tímido feminismo, nació en 1122, hija primogénita de Guillermo X de Aquitania y VIII de Poitiers y de Aenor de Châtellerault. Guillermo X se encargó de educarla en el arte de leer y escribir, la cetrería, la caza y la estrategia militar, tal y como se educaría a un varón. Leonor procede de una de las cortes más cultivadas y exquisitas de Europa, donde se inventó la cortesía, el amor romántico y la poesía provenzal.

De su abuelo, Guillermo IX, que muchos reconocen como el primer trovador, Leonor heredó su inclinación por la cultura, pero también su carácter tozudo, su pronto malhumorado y sus reservas hacia el mundo clerical, tan poderoso en aquella época.

A la muerte del rey Guillermo X, cuando Leonor sólo contaba con unos trece años de edad, se convierte en la heredera del condado de Poitiers y del Ducado de Gascuña y Aquitania, una extensísima porción de terreno que llegaba hasta los Pirineos. Una tierra próspera, rica en cereales y en vino, con un comercio creciente y con señores poderosos  y de la que su padre se encargó que sólo pudiese ser heredada por sus descendientes directos y nunca pasase a manos de sus maridos.

REINA DE FRANCIA

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El 4 de julio de 1137, en Burdeos contrajo matrimonio a los 16 años de edad con Luis VII de Francia, un año mayor que ella. Ese mismo año, ambos ascendieron al trono francés tras la muerte del rey Luis VI.

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El año 1145, Luis VII decidió ponerse al frente de un ejército e iniciar la segunda cruzada a Tierra Santa, cosa que llevó a la práctica dos años después. Esta clase de expedición, cruz en mano para salvaguardar el cristianismo, no era nueva, pero sí la primera encabezada por un rey y, además, en compañía de su esposa. Juntos se fueron en cruzada hasta Jerusalén y sería Leonor la que al volver le pediría la nulidad matrimonial.

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Raimundo Poitiers es recibido por Luis VII de Francia en Antioquía

¿Qué ocurrió en Tierra Santa para cambiar el destino de sus vidas y de la historia? Las hipótesis han sido muchas. La mayor parte de los cronistas coinciden en aventurar que Raimundo Poitiers, tío carnal de Leonor y con quien ésta ya había tenido un escarceo en su adolescencia, fue el culpable de la ruptura, pues Luis VII no estaba dispuesto a aguantar que su linaje se manchara con un adulterio. Pero lo único seguro es que allí se gestó el sonado divorcio de la pareja, basado en la nulidad eclesiástica por consanguinidad.  Francia era un país en el que el rey tenía poder absoluto y en el que los nobles se doblegaban con mucha facilidad.; sin embargo allí su influencia iba perdiendo fuerza a medida que no tenía un hijo varón, además ella quería más, pues se veía presa en una corte opaca, antigua, que renegaba de los cambios y en los que a ella la trataban de indecente.

Leonor  le pidió al Papa la nulidad, alegó consanguinidad y la imposibilidad de darle un heredero a Luis VII, lo que la Iglesia aceptó sabiéndose engañado. Si sonado fue el divorcio de Leonor y Luis VII de Francia, más lo fue el mantenimiento de su vínculo con Enrique de Inglaterra, a pesar de que también estaban emparentados. El matrimonio era un asunto de familia en el que las mujeres eran presas de las estrategias matrimoniales diseñadas por sus parientes.

REINA DE INGLATERRA

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El 18 de mayo de 1152, casi dos meses después de la anulación de su matrimonio con el rey de Francia, Leonor, condesa de Poitiers y duquesa de Aquitania de 30 años, se casaba en la catedral de San Andrés de Burdeos, con el joven Enrique Plantagener, de 19 años, conde de Anjou, duque de Normandía y aspirante al trono de Inglaterra, uniendo de esta manera sus vastos dominios en Francia a los que ya poseía el heredero al trono inglés. De este modo, se formó el llamado Imperio angevino, en el cual los reyes de Inglaterra, aun siendo vasallos del rey de Francia, controlaban un territorio ocho veces superior al dominado por Luis VII.

Al principio todo fue viento en popa. Si Leonor había manifestado en su anterior matrimonio que se había casado con un monje y no con un hombre, no pudo decir lo mismo de Enrique, con quien tuvo ocho hijos. Los primeros años uno y otro compartieron el poder y Enrique incluso se dejó aconsejar por su esposa, aunque, muy consciente de su papel, jamás le entregó el verdadero poder, sin embargo, ella trabajó para ganarse el respeto de sus súbditos. En aquella época, las costumbres feudales exigían que todo buen rey recorriera sus dominios para impartir justicia, dirimir rencillas y combatir, y Leonor lo hizo. Fue una mujer dura, valiente, que no se amilanó jamás y que no dudó en cabalgar constantemente por su territorio. Es de suponer, por tanto, que esto aumentara su leyenda, no sólo de bella e inteligente, sino de combativa e infatigable tanto o más que su poderoso esposo.

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Pero se empezaron a escuchar rumores. Algo de un trovador, de un tal Bernard de Ventadour, que se acercaba demasiado a los aposentos de la reina. Enrique II lo mandó lejos de la corte en cuanto se enteró y se vengó con La bella Rosamunda, una dama a la que exhibió como su amante ante los ojos de su mujer y de su pueblo. También la apartó del poder. Fue entonces cuando Leonor se fue a Poitiers, se rodeó de poetas y de músicos convirtiendo aquel lugar en un centro cultural de primera. A su lado, Ricardo Corazón de León, su hijo predilecto, y una de las hijas que había tenido con Luis VII.

La familia Plantagenet vivió permanente­mente en conflicto. Enrique II vio cómo sus hijos se sublevaban contra él, los her­manos lucharon entre sí en numerosas ocasiones y Leonor tuvo un papel muy importante en todos estos desencuentros.

Tu alma es como un muro que el temporal azota. Miras en derredor y no hallas sosiego”, le escribió en una carta Hildegarda de Bingen a Leonor de Aquitania, que recoge la biografía de Dupont-Monod, y lo hizo con razón. Leonor, entre poema y poema, urdió su venganza. Puso en contra a los cuatro hijos varones que había tenido con Enrique II (Enrique, Ricardo, Godofredo y Juan) para quitarle el trono.

El primer enfrentamiento se produjo en 1172. El heredero, Enrique, se levantó contra el monarca. El soberano estaba plenamente convencido de que su mujer era el alma de la rebelión. Por ello, cuando la suprimió, encarceló a Leonor de Aquitania en la Torre de Salisbury, en Old Sarum.

Durante su encierro forzoso, Leonor supo de la muerte de su primogénito, Enrique, y del tercero de sus hijos, Godofredo. Con estas desapariciones, Ricardo Corazón de León, el hijo predilecto de la reina, se convertía en heredero al trono. Su sueño de reinar llegó en 1189, a la muerte de su padre.

LA LIBERACIÓN

La libertad le llegó con la muerte de su esposo en 1189. Este, enfermo y traicionado, tuvo que enfrentarse solo a la elección de su heredero. Y no lo tuvo fácil. Enrique II debía decidir entre la razón -otorgar el poder a Ricardo Corazón de León (a quien le correspondía el trono tras la muerte del primogénito Enrique)-, y los dictados de su corazón, que querían dar el poder a Juan Sin Tierra, su ojo derecho. Finalmente, pudo la cordura y Ricardo I se sentó en el trono. A su lado siempre estuvo Leonor que, ahora sí, iba a tomar las riendas de la historia, a ser reina indiscutible a sus 67 años.

La primera decisión que tomó Ricardo como soberano fue la de liberar a su madre, que llevaba quince años viviendo en cautiverio. Leonor de Aquitania abandonó la Torre de Salisbury con 67 años y dedicó toda su energía a ayudar a su hijo a consolidarse en el poder. En un tiempo en que una mujer no gozaba de ninguna autoridad, ella actuó como regente durante la ausencia de Ri­cardo, que al poco de ser coronado partió a Tierra Santa en una nueva cruzada donde lo harían cautivo.

La reina llevó a cabo una intensa actividad diplomática para conseguir la fidelidad de los nobles, y dedicó grandes esfuerzos a evitar que su hijo Juan, apodado el Sin Tierra, destronase a su hermano mientras este estaba en Tierra Santa. En este empeño, la duquesa de Aquitania fracasó. Leonor pidió a Ricardo que regresara a Inglaterra, ya que su hermano, en alianza con el entonces rey de Francia, Felipe II Augusto, había avanzado en su revuelta contra él.

Sin embargo, durante su regreso a Inglaterra, Ricardo fue encarcelado por el soberano del Sacro Imperio Romano Germánico, Enrique VI, que pidió un cuantioso rescate. A nadie interesaba que Ricardo I recobrara su libertad, excepto a su madre. Leonor removió cielo y tierra para conseguir la astronómica cifra y liberar a su hijo. Y lo consiguió.

LUCHANDO HASTA EL FINAL

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Tras su liberación, Ricardo volvió a ocupar su trono y a defenderse de sus enemigos. Leonor de Aquitania se retiró a la abadía de Fontevraud, tras reconciliar a sus dos hijos. Allí recibió la noticia de que Ricardo había sido herido. En sus últimos días antes de morir, Ricardo reclamó la pre­sencia de su madre, que con 75 años aban­donó su retiro para acudir a su lado.

Con la muerte de Ricardo se cumplían los peores temores de la duquesa de Aquitania: no había sucesor al trono de InglaterraLeonor actuó de nuevo para que los dominios de la familia quedaran en manos de Juan sin Tierra. Después de varios pactos y de rendir homenaje –como duque de Aquitania– al rey francés Felipe II Augusto, Juan tiene asegurado el trono.

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Una anciana Leonor de Aquitania atraviesa los Pirineos en 1200 con la misión de garantizar la paz entre Inglaterra y Francia a través de matrimonio concertado. La elegida será su nieta Blanca, hija de Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Inglaterra, (podéis pinchar aquí para leer mi entrada dedicada a Alfonso VIII) que se convertiría en reina de Francia al casar con Luis VIII.

En  Fontevraud fallecería el 6 de marzo de 1204 después de una intensa y apasionada vida, en la que demostró gran fortaleza y coraje al enfrentarse a las restrictivas normas en las que vivían las mujeres en la Edad Media. Su diseño de las estrategias políticas y familiares permitió a su parentela extenderse por diversos reinos cristianos.

RICARDO Y JUAN PLANTAGENET

En la memoria colectiva, esa que se va alimentando a lo largo de los siglos de leyendas, viven para siempre, al lado de Robin Hood e Ivanhoe, como Ricardo el Bueno y Juan el Malo. Con la aparición del nacionalismo y sobre todo en el siglo pasado, en la historiografía se hizo sentir cierta tendencia a desprestigiar a Ricardo y revalorizar a Juan. Los motivos para esto residían, entre otras cosas, en que ya no quedaba mucho de la simpatía por las cruzadas y en cambio se reprochaba a Ricardo haber desangrado y descuidado su país de manera criminal, mientras que Juan había sido el primer rey, después de la conquista, que había residido con bastante regularidad en Inglaterra. No obstante, Juan no era el canalla tenebroso (e incapaz)  que se ha descrito en otros tiempos, como tampoco Ricardo era el héroe brillante sin tacha ni defecto, o la “incomparable máquina de matar” con ciertas dotes musicales, como lo define una parte de la historiografía escrita.

John Gillingham examina minuciosamente las razones por las que la reputación de Ricardo Corazón de León ha oscilado, al tiempo que aporta una explicación nueva y convincente sobre su reinado.

Único entre los reyes de Inglaterra, Ricardo Corazón de León jugó un papel decisivo en los grandes acontecimientos de la historia mundial. Ningún otro monarca se enfrentó a un desafío remotamente comparable al de la Tercera Cruzada, y durante siglos se le consideró uno de los más grandes reyes. Historiadores posteriores, sin embargo, han criticado su abandono de los asuntos relativos al gobierno de sus reinos, encasillándolo como mal gobernante y mal esposo”

ENTERRADA EN EL MONASTERIO DE FONTEVRAUD

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La iglesia del monasterio de Fontevraud comenzó a levantarse hacia 1105 y gracias al apoyo económico de la casa condal de Anjou , el papa Calixto II consagró su altar en 1119. Esta iglesia fue panteón de la dinastía Plantagenet y aún conserva los sepulcros de Enrique II, de su esposa Leonor de Aquitania y de su hijo Ricardo Corazón de León, además de Isabel de Angulema, esposa de Juan sin Tierra.

Durante su vida, el rey Enrique II de Inglaterra y la reina Leonor de Aquitania actuaron como benefactores de la abadía hasta el punto de que el rey fue nombrado «el padre de la iglesia de Fontevraud». Cuando este falleció en 1189, la reina decidió que se le diera sepultura en Fontevraud en lugar de Grandmont como era su voluntad. Una decisión práctica puesto que evitó un largo traslado del cuerpo durante aquel verano canicular y que, además, dejaría para siempre la impronta de la dinastía Plantagenêt en tierras angevinas.

Enrique II de Inglaterra y Ricardo Corazón de León están representados con el cetro y la corona, Leonor sujeta un libro abierto y la sepultura de Isabel se diferencia de las demás por haber sido tallada en madera.

Este precioso poema le es atribuido a Leonor de Aquitania

BIBLIOGRAFÍA:

  • La estirpe de Leonor de Aquitania Ana Rodriguez López
  • Leonor de Aquitania la reina indecente que revolucionó el medievo Loreto Sánchez Seoane.
  • La leyenda negra de Leonor de Aquitania. Angels Villar
  • Memoria de España Fernando García Cortazar
  • La reina de trovadores Tanja Kinkel