ADRIANO: PACIFICADOR, VIAJERO, POETA, PERFECTO Y ENAMORADO DE ANTINOO

Conocer la personalidad de alguien que vivió hace casi 2.000 años es algo bastante difícil, porque lo ves a través de los ojos “del otro”. El historiador no puede abandonar su esencia humana por lo que le es imposible ser objetivo y abandonar el contexto cultural y social al que pertenece. Cada historiador hará diferentes lecturas de los documentos, dependiendo de su perspectiva tanto personal como cultural.

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Cuando leí una de las obras cumbres de la novela histórica “Memorias de Adriano” de Margueritte Yourcenar, una novela en la que a través de una larga carta escrita por Adriano y dirigida a Marco, su sucesor, nos revela los acontecimientos de su vida pasada y su filosofía de vida; me encontré con un Adriano benévolo, sensible y justo. La “Historia Augusta” y las obras del historiador romano Dion Casio, nos presentan a Adriano como un tirano magnánimo. ¿Cuál es la verdadera cara de Adriano? Eso nunca lo podremos saber. Él dejó escritas sus memorias, pero estas  no han llegado hasta nuestros días; sin embargo han llegado sus cartas, la recopilación de sus hechos y legados, así que vamos a conocer un poco más a Adriano.

 

ANDALUCÍA EN EL SIGLO II

 

El siglo II es una época de gran esplendor en Andalucía. Trajano y Adriano y los restantes Antoninos, marcan con sus reinados el apogeo de la vida ciudadana en la Baetica.  Pero las más notables transformaciones encuentran su ejemplo en la ciudad de Itálica, cuando Adriano, ya muerto Trajano, manda construir una ciudad nueva, al lado de la que había sido el solar natal de su padre adoptivo, duplicando la extensión del primitivo núcleo urbano.

Existe un debate sobre si Adriano nació Hispania, pero lo cierto es que Adriano era ciudadano romano porque su familia era ciudadana romana del municipio de Itálica. ¿Dónde nació? Parece que en Roma, algo normal, porque su padre era senador y debía estar allí para cumplir con sus obligaciones. Pero él era italicense. ¿No nació aquí? Es lo de menos. El caso es que el 26 de enero del 76 d. C. llegó al mundo romano Publio Elio Adriano.

EMPERADOR ADRIANO:  UN HOMBRE PACIFICADOR

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El 11 de agosto de 117, tan pronto como se anunció la muerte de Trajano en Antioquía, el ejército proclamó emperador a Adriano, quien había quedado como comandante.

Toda la historia de Roma había girado en torno a la guerra. Desde los tiempos más remotos,  la ciudad de Roma salió adelante gracias a sus victorias en el campo de batalla. La guerra estaba tan fuertemente arraigada en la vida del Imperio que se convirtió en el principal factor de la política romana durante la República. El poder imperial se había fundado sobre el deseo de someter todo el orbe terrestre a las órdenes de Roma.

Adriano renunció al designio guerrero de dominio universal. El emperador estaba convencido de la necesidad de fijar unos límites estables al Imperio. La prosperidad y estabilidad de Roma no podían depender del incierto desenlace de una batalla. Adriano concebía al Imperio como una realidad finita, cerrada y de esta manera trabajar en su interior para aumentar los niveles de riqueza y prosperidad, movilizando todos los recursos de sus gentes y países. El proyecto debía estar sustentado en una vigorosa conciencia de la romanidad, basada en la tradición cultural grecorromana y una administración mejor organizada que promoviese y garantizase la prosperidad. De esta manera, en sus veinte años de reinado, Adriano sentó las bases sobre las que consolidó el Imperio y con ello aseguró su pervivencia hasta las reformas de Diocleciano, ya en el siglo IV.

LOS VIAJES DE ADRIANO

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Antes, ningún emperador había sentido la necesidad de recorrer los dominios que gobernaba. Cuando un emperador había abandonado Italia lo había hecho para dirigir alguna campaña militar, puesto que las provincias todavía eran lo que habían sido bajo la República: campos de explotación.

Adriano rompió con esa costumbre y se convirtió en un viajero empedernido. Antes de subir al trono había recorrido buena parte del Imperio, ya fuera para mejorar su formación o para asumir funciones militares. Hispania, Grecia, la frontera del Danubio, la del Rin y, por supuesto, Oriente, fueron algunos de los lugares por él visitados. Su llegada al trono no le hizo cambiar sus costumbres. Así durante su reinado recorrió prácticamente todo el Imperio.

Ese afán viajero del emperador tiene diversas explicaciones:

  • Su carácter curioso. Sus viajes le ofrecieron la oportunidad de contemplar algunas maravillas naturales, de esta forma subió al Etna, en Sicilia y la monte Casio en Siria para contemplar sus inigualables puestas de sol.
  • Fueron la ocasión para disfrutar de la larga historia del Mediterráneo.
  • Le ofrecieron la oportunidad de restaurar innumerables testimonios del pasado deteriorados por el paso del tiempo o la mano del hombre. Ese fue el caso de la tumba de Pompeyo en Egipto, destruida durante la revuelta judía.

Sus viajes, en suma, fueron su gran acto de gobierno, aquello que le permitió tomar conciencia de la inmensidad y variedad de los dominios, y la demostración de que el interés del emperador no dependía de las posibilidades de explotación de los mismos, sino de la voluntad de favorecer su prosperidad.

Una de las decisiones de Adriano fue la de fijar los límites de un imperio que creía había llegado ya al máximo de su expansión. Para ello construyó toda una red de murallas y fortificaciones.

AMANTE DE GRECIA

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«Devoró las actividades y costumbres de los atenienses, habiendo dominado no solo la retórica, sino también otras disciplinas, la ciencia del canto, del arpa y de la medicina, músico, geométrico, pintor, y un escultor de bronce o mármol que se aproximó a Polycletus y Euphranoras » (Epitome de Caesaribus)

Consciente de que la prosperidad y estabilidad de su domino se sustentaba en una doble tradición, griega y romana, se cuidó de hacer sentir su presencia en la porción helénica del Imperio. Mostró un especial afecto por Atenas y nutrió su corte de consejeros griegos y aumentó el número de miembros del Senado mediante la designación de senadores procedentes de la zona oriental del Imperio. En Roma erigió el Ateneo, un símbolo del diálogo entre las civilizaciones griega y romana, en este centro cultural se dieron cita poetas y oradores de Grecia, Asia Menor y Roma para dar a conocer sus obras y estudiar la de sus predecesores.

SUS PROBLEMAS CON EL PUEBLO JUDÍO

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Su obsesiva generosidad con los griegos contrataba con la rudeza con la que sofocó una nueva revuelta judía y con la fundación en Jerusalén de la colonia Aelia Capitolina, donde no se admitiría a ningún judío.

La insurrección de los judíos durante los últimos años de Trajano no había sido totalmente suprimida cuando Adriano asume el mando como emperador en el año 118. Los disturbios se extendieron a Judea. El nombramiento de Adriano como emperador y las promesas realizadas por él de permitir la reconstrucción del Templo de Jerusalén trajo un breve lapso de tranquilidad a la región, pero luego su cambio de pensamiento por la influencia de su entorno griego y la decisión de fundar una ciudad romana en el sitio de Jerusalen llevó a que se reanudaran los disturbios, lo cual motivó el traslado de la legión VI Ferrata al lugar, culminando quince años después en la Tercera Guerra Judeo-Romana, la Rebelión de Bar Kojba (132-135 d.C.), liderada por Simón Bar Kojba, cuyas guerrillas vivieron en cuevas cerca del Mar Muerto y al que algunos judíos consideraban el Mesías. Los romanos al mando de Adriano neutralizaron la rebelión con gran dificultad y ferocidad, y aniquilaron a la población judía de Judea.

Tras la victoria, Adriano intentó borrar el judaísmo y todo resto de independencia judía; colocó estatuas de Júpiter y suyas propias en el Templo, prohibió que los judíos vivieran en Aelia Capitolina (el nuevo nombre de Jerusalén) y llamó Syria Palaestina a la provincia romana de Judea.

UN HOMBRE ENFERMO

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Continuamente aquejado de una gota que empeoraba día a día, llegó a suplicar a sus esclavos que lo mataran y se prestó a todo tipo de extravagantes remedios para su curación. Nada, sin embargo, pareció aliviarle. Finalmente, Adriano, tras haber dejado las riendas del Imperio a Antonino Pío, al que había adoptado poco antes, se retiró a Tivoli y permaneció allí hasta los 62 años momento en que se produjo su muerte por una insuficiencia cardíaca secundaria a una cardiopatía isquémica.

Vivió sesenta y dos años; luego fue consumido por una muerte miserable, debilitado por el tormento de casi todos sus miembros hasta tal punto que, suplicando a sus ministros más fieles, frecuentemente afirmaba que debía ser asesinado y, para que no se desahogara, que Se mantendrá la guardia de los más queridos”. (Epitome de Caesaribus)

PERSONALIDAD DE ADRIANO

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Él hábilmente ocultó una mente envidiosa, melancólica, hedonista y excesiva con respecto a su propia ostentación; simulaba moderación, afabilidad, clemencia y, a la inversa, disfrazaba el ardor de la fama con la que quemaba. ( Epitome de Caesaribus)

Toda persona tiene contradicciones en su comportamiento. Obviamente esto sucede también con quienes ocupan puestos de poder, porque la presión añadida de la toma de decisiones incrementa las probabilidades de sufrir algún tipo de afección psicológica o psiquiátrica. Mantener el equilibrio, respetar las reglas del sentido común, vivir de una manera coherente y sensata no resulta sencillo. Adriano, a pesar de sus indudables dotes de mando, cayó en ocasiones en una especie de esquizofrenia, que fue denunciada pronto por muchos de sus contemporáneos. Resulta particularmente gráfico el siguiente texto de la “Historia Augusta”: “al mismo tiempo de ánimo severo y alegre, afable y riguroso, pertinaz e irresoluto, pronto a fingir y disimular, cruel y violento, y siempre en todo inconstante”.

De él se decía que era capaz de saberse los nombres de todos los que estaban a su alrededor, incluso los de los oficiales de las legiones a las que visitaba. Era un hombre estudioso que estaba convencido de una cosa muy importante: que el imperio estaba lleno de culturas diferentes. Nosotros vemos al mundo romano como algo homogéneo, pero si lo observamos, nos damos cuenta de que era muy plural. Adriano trabajó para que esas diferencias no impidiesen una integración que fue política, mediante la extensión de la ciudadanía, pero no cultural. La forma en la que uno se casaba, sus cultos, su gastronomía, e incluso su lengua no suponían ningún problema para esta integración en la idea imperial de Adriano. Roma no se metía en las costumbres, pero si querías participar políticamente en el imperio lo tenías que hacer según sus normas.

ANTINOO, AMADO POR ADRIANO

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Probablemente el aspecto de la vida de Adriano más conocido es su relación con el apuesto joven Antínoo. Era un Bithynian, nacido alrededor de 110 años, a quien Adriano conoció cuando el muchacho estaba en su adolescencia. Se unió al séquito de Adriano y estuvo con él en Egipto en el otoño de 130. Durante el curso del crucero del emperador por el Nilo, Antínoo se ahogó. La razón (o razones) no se conocían. La conjetura, por supuesto, abundaba. Unos sugerían que Antínoo se ofreció a salvar la vida de Adriano y que había una relación homosexual entre ellos. La tradición también informó que Antínoo se suicidó porque un oráculo había declarado que, si lo hacía, los años restantes de vida que podría esperar serían transferidos al emperador. Incluso existe la posibilidad sin sentido de que el emperador sin hijos, consideraba al atractivo joven como el hijo que nunca había tenido. Cualesquiera que sean los hechos, el dolor de Adriano fue extravagante, e hizo que el joven fueran adorados como un dios en todo el imperio y las ciudades en su honor se establecieron en muchos lugares. Una Antinoópolis se levantó a lo largo del Nilo cerca del lugar donde se ahogó. Muchas estatuas de Antínoo han sobrevivido.

INTELECTUAL

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Adriano fue un hombre de profundas inquietudes intelectuales. La fascinación que sentía por la cultura literaria arranca de su juventud, cuando alcanzó los niveles superiores de la educación de la época: los estudios de filosofía y retórica. Tan buenos resultados obtuvo en retórica que Trajano le encargaba la redacción y lectura de sus discursos para el Senado. Adriano pretendía tener conocimientos en campos como: poesía, historia, filosofía, música, matemáticas, astrología, arte y arquitectura. Le gustaba rivalizar con los profesionales de cada una de las disciplinas y demostrarles su superioridad. Su carácter envidioso se dejaba ver más que nunca en esas disputas. El enfrentamiento con Apolodoro de Damasco, el arquitecto de Adriano, a cuenta del diseño de un edificio le acarreó la desgracia al esforzado constructor. Favorino de Arlés, un orador de la época tuvo también una trifulca intelectual con Adriano, pero acabó cediendo para no correr la misma suerte que Apolodoro.

El 21 de abril de 121,  Adriano comenzó la construcción de un templo de diseño único y más grande que cualquier otro construido por los romanos. Su longitud de más de 100 metros la convirtió en la única adición romana a la breve lista de templos construidos por los griegos que tenían al menos esa longitud. Aún más extraordinario fue el interior, dentro de una columnata totalmente periférica, poseía un ábside al final en el que se colocaban las estatuas de las diosas Venus y Roma, gigantescas estatuas. El templo dominaba el extremo este del foro romano; sin embargo su logro arquitectónico más imaginativo, fue su villa en Tibur, el moderno Tivoli. Cubría unos 700 acres y contenía alrededor de 100 edificios, algunos de los cuales se encontraban entre los más atrevidos que se hayan intentado en la antigüedad. Aquí Adriano reconstruyó muchos de los lugares que había visitado en sus viajes, como el Canopus de Alejandría y el valle de Tempe.

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También dejó su huella en casi todas las ciudades y provincias a las que visitó. Prestó especial atención a Atenas, donde completó el gran templo de Zeus Olímpico convirtiéndolo en la pieza central de un nuevo distrito de la ciudad.

El gusto literario de Adriano se inclinó hacia lo arcaico y lo extraño. Prefería a Cato a Cicerón, a Ennius a Vergil, a Coelius Antipater a Sallust, y también desaprobaba a Homero y Platón.

Este pequeño poema, escrito por Adriano poco antes de morir, es su obra más conocida:

Pequeña alma, errante y pálida, invitada y compañera de mi cuerpo, tú que ahora irás a lugares pálidos, rígidos y estériles, ni harás bromas como ha sido tu costumbre

VIBIA SABINA SU ESPOSA

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“Su esposa, Sabina, casi estaba incapacitada por afrentas servil, fue conducida a una muerte voluntaria. Ella solía decir abiertamente que, debido a que ella había juzgado a su personaje inhumano, ella se había tomado muchas molestias, por temor a la ruina de la raza humana, ella no quedó embarazada de él “(Epitome de Caesaribus)

Vibia Sabina era nieta de Trajano, se distinguió desde joven por su refinada belleza y fue Plotina, la esposa del emperador Trajano, la que insistió en la conveniencia del matrimonio entre aquella y Adriano. El enlace reforzó las aspiraciones imperiales de Adriano, quien sucedería a Trajano a la muerte de este en 117. El matrimonio no tuvo hijos y tras dos décadas de convivencia tampoco hubo amor. Algunas fuentes (como Epitome de Caesaribus) sostienen acusaciones  de maltrato y dicen que Sabina, resentida, juraba que nunca tendría un hijo de Adriano, porque sería un perjuicio para la humanidad.

Los primeros golpes y violaciones llegaron la noche de bodas. Lucia Vibia Sabina tenía 11 años (una edad excesiva incluso para el Imperio las jóvenes romanas se desposaban a partir de los 12) y su primo, 23

Sin embargo, la vida de Sabina no sólo es una historia de malos tratos. La suya es una historia de venganza, conspiraciones imperiales, pero también la de una emperatriz querida y culta. Toda su vida se rodeó de músicos y bailarines de Gades (Cádiz, donde pasó sus primeros años antes de ir a Roma) y la Bética (la provincia romana del sur de la Península)

La Emperatriz no le dio hijos, pero Adriano no la repudió, ni la asesinó, ni se divorció porque ella le había legitimado en la dinastía. Los dos sabían que inevitablemente sus destinos estaban unidos.

Se dice que entre los años 119 y 122 aproximadamente, la emperatriz mantuvo relaciones íntimas con el historiador Suetonio, lo que motivó, al llegar estos amoríos al conocimiento de Adriano, la caída en desgracia y consecuente expulsión de la corte imperial del historiador oficial alrededor del año 122.

Murió en 137, antes que su marido.​ Se desconoce el motivo de su muerte. Hay rumores de que fue envenenada por Adriano, el cual lo habría ordenado para evitarle el placer de sobrevivirlo, pero no hay pruebas de que haya sido así.

LAS CARTAS DE ADRIANO

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De Adriano se conservan 103 cartas escritas en griego, pero también las hay en latín. El hecho de que Adriano estuviera constantemente viajando hacía necesario comunicarse con las provincias lo que lo obligaba a administrar el imperio por correo.

FIN DE LA VIDA DE ADRIANO Y PROBLEMAS DE SUCESIÓN

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Cuando Adriano regresó a Roma en el año 136, su salud se había deteriorado notablemente. Tenía 60 años y estaba solo y abatido, ya que la emperatriz Sabina había muerto, Antínoo  también y quedaban pocos con quienes se sentía cercano. Por lo tanto comenzó a contemplar la idea de buscar un sucesor. Su elección fue L. Ceionius Commodus, pero su salud era mala y no tenía experiencia militar, su carrera había sido completamente en el ámbito civil. Finalmente parece que la elección de Adriano no fue la adecuada. Commodus murió el primer día del año 138.

La siguiente opción de Adriano, mucho más acertada, fue la de T. Aurelius Fulvius Boionius Arrius Antoninus conocido en la historia como Antonino Pio. Hijo de una distinguida familia consular, había nacido cerca de Roma en el 86, aunque su patria era Nemausus en Gallia Narbonensis. Cónsul en 120, a una edad temprana, pronto se desempeñó como uno de los cuatro consulares que tenían jurisdicción en Italia.  Llegó a la cima de una carrera senatorial con su gobernador de Asia alrededor de 134/5. Fue uno de los hombres más distinguidos de la época.

Adriano murió el 10 de julio de 138. Las cenizas de Adriano fueron colocadas en su mausoleo y recibió los honores habituales de haber sido reconocido como un divus

MEDITACIONE DE MARCO AURELIO  “El gobierno de Adriano tuvo enfrentamientos con el Senado por tomar iniciativas que mermaban la autonomía de esta Cámara, tales como impulsar el Consejo Imperial, órgano formado fundamentalmente por juristas, y repartir cargos de la administración estatal a miembros no senatoriales, es decir del grupo ecuestre, grupo social que junto con la nobleza provincial fue introducido en el Senado. Ello explicaría la existencia de una oposición soterrada que se manifestó tras su muerte, al intentar el Senado anular los actos del emperador o negarle la apoteosis, deificación del emperador”.

 

BIBLIOGRAFÍA

– Memorias de Adriano Marguerite Yourcenar

-Historia de Roma Dion Casio

-Biblioteca vitual Menendez Pelayo

-Epitome de Caesaribus El estilo de la vida y las maneras de los emperadores

-Adriano Juan Manuel cortes Copete

-Meditaciones de Marco Aurelio

-Salud de Adriano Francisco Javier Tostado

-Historia de Andalucía Juan Antonio Lacomba

-Carta de Arriano al emperador Adriano

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