HUTUS-TUTSI, GUERRA Y PAZ

La historia del hombre puede ser entendida e interpretada como una historia de conflictos, de guerras y enfrentamientos, sin duda. Es como si la condición humana llevara dentro el “gen de la enemistad”, el instinto de medirse y rivalizar, a veces hasta la muerte, con el país vecino o con la raza diferente. Hasta que alguien aprende a mirar con ojos de perdón los efectos del conflicto y empieza a decir que aquello que pasó era verdad, sí, pero no “toda la verdad”, el problema no termina.  Cuando en 1994 leí la noticia me provocó una conmoción que me llevó al llanto. Era algo que no podía entender sin embargo, desde que estudié Historia Económica, tomé conciencia de que todos los conflictos, por mucho que estuvieran apoyados en temas religiosos, raciales o ideológicos, tenían un trasfondo económico, por eso he realizado este artículo intentando vislumbrar los verdaderos motivos del genocidio.   

¿QUÉ OCURRIÓ?

En abril de 1994, en Ruanda se produjo uno de los mayores genocidios de la historia. En menos de cuatro semanas, unos 800.000 tutsis fueron asesinados por los hutus. Se trató de un conflicto étnico que estaba agravado e instrumentalizado para ocultar los intereses de potencias internacionales en favor de unos recursos minerales que se encuentran albergados en la zona de los Grandes Lagos de África. A ojos de todos se trató de una lucha fratricida en las que las dos principales etnias del país (hutus y tutsis) ensalzaron sus diferencias.

RUANDA, EL ESCENARIO DEL CONFLICTO 

Ruanda no es un país grande, pues apenas cuenta con doce millones de habitantes. Se encuentra situado en la región de los Grandes Lagos de África. Su orografía corresponde a la de una meseta de entre 1200 y 2000 metros de altitud, que alberga grandes lagos y una cadena volcánica. Su sistema hidrográfico cuenta con el lago Kivu y el nacimiento del Nilo. Ruanda se encuentra rodeado de una fauna indómita. Su población se aferra a  la  agricultura de subsistencia, el turismo y la industria minera, principales fuentes de ingresos. Tanto es así que, aun teniendo rentas bajas, ha experimentado uno de los crecimientos más importantes del continente. El «Tíbet de África», como se le conoce por su geografía abrupta y montañosa, es hoy un país donde el índice de desarrollo humano ha aumentado, la tasa de pobreza ha disminuido y las reformas políticas y económicas han cosechado un tímido desarrollo en otras materias, lo  que  ha provocado un «milagro económico».

Actualmente su arquitectura étnica y social irradia cierta fragilidad, un defecto que el actual gobierno de Paul Kagame ha conseguido enmendar, por ahora, mediante políticas de convivencia y de no exclusión. Las diferencias, realzadas durante el colonialismo, se difuminan y se sustituyen por una unidad, lejos de aquel fatídico episodio   

HABITANTES DE RUANDA

Desde el punto de vista histórico, las constantes luchas entre los grupos étnicos twas, tutsis y hutus, han caracterizado tanto el período pre-colonial, como el colonial y el postcolonial.

Hacia el siglo XIII convivían pacíficamente en la zona las tres etnias, habiendo desarrollado un dialecto común: el kinyarwanda.

La composición social de Ruanda ha cambiado poco a lo largo del tiempo. La población ruandesa se fue conformando a partir de sucesivas migraciones que se impusieron a los batwa, considerados los primeros habitantes de la región. Primero llegaron los hutu, después los tutsi.

LOS BATWA O TWA,  configuraban el 1% del total de la población. Eran de origen pigmeo. Desde tiempos inmemoriales penetraron en las montañas boscosas de Ruanda. Vivían de la caza y de la recolección de alimentos. Pero además hacían sus propios utensilios en cerámica y fibras naturales.

LOS HUTU O BAHUTU, más del 80 % de la población de Ruanda y Burundi, pertenecen a la raza Bantú. Los hutus eran (y son) agricultores. Provenientes de las regiones del nordeste, cuando llegaron a la zona hacia el año 3000 a.C., conocían el manejo del hierro y gracias a herramientas elaboradas con este metal destruyeron la selva e hicieron que la zona fuese un inmenso campo de cultivo. En pocos años, debido a su alta tasa de natalidad, ocuparon gran parte del territorio inter lacustre, dejándoles a los twa sólo algunos cerros, pero igual comerciaban con ellos. Los twa intercambiaban pieles de animales, carne por sal y utensilios de hierro. Los hutus cosechaban sorgo y cuidaban de una pequeña cantidad de ganado. Se vestían con pieles de cabra y ropa hecha de fibras naturales. En el siglo XV, muchos de los bantú parlantes se organizaron en pequeños estados; cada uno compuesto por varios linajes diferentes en virtud de un linaje gobernante encabezado por un jefe o rey, que era a la vez jefe de la tierra y líder religioso a cargo de la lluvia.

La literatura antropológica considera como uno de sus rasgos más importantes su creencia en el Maana o ser sagrado, el cual tenía su nido en el alma del mwami y el poder de trascender todas las divisiones sociales.

LOS TUTSI O BATUTSI, son el 14% de la población actual ruandesa. Grupo étnico originario de Abisinia, fueron los últimos en llegar. Al parecer, el vocablo tutsi, en lengua kin yarruanda antigua, significa “el que procede del extranjero”. Los tutsi-hima, procedían de un antiguo reino conocido con el nombre de Toro o Hoima de donde llegaron hacia el siglo XIII. Los tutsi-nyaruguru, señalados como los fundadores del Estado ruandés, se agrupaban en 43 familias de pastores guerreros denominados según la región de origen de su ancestro. De acuerdo con la tradición oral, vinieron del norte en busca de pasto para su ganado y finalmente se instalaron y colonizaron el territorio alrededor del lago Kivu hacia el siglo XV. Los tutsis rechazaban el trabajo agrícola y solían consagrarse en sus tiempos de ocio a sus amplias habilidades relacionadas con la poesía, a tomar miel con los amigos y otros “juegos sutiles del espíritu”. Los estudios indican que a su llegada se instalaron pacíficamente entre los hutus y asimilaron muy rápido la lengua local, el kin yarruanda, en detrimento de su propio lenguaje. Además, compartían la misma religión y contaban las mismas historias de sus ancestros. Llegaron en pequeños grupos hasta que al final del siglo XV fueron suficientemente numerosos como para formar poderosas organizaciones de linaje en el sur, donde pronto chocaron con los agricultores.

Independientemente de si la llegada de los tutsi a la región de los Grandes Lagos fue pacífica o no, el caso es que no tardaron en valerse de diferentes estrategias para tomar el poder, como las infiltraciones, la colonización, la formación de alianzas matrimoniales con los reyes hutu locales y el establecimiento de lazos de dependencia basados en el préstamo de ganado.

Las distintas dinastías tutsi instituyeron un régimen político “pseudofeudal” que consagraría prácticamente la dominación de los tutsi sobre los hutu. En este sistema, la preeminencia del jefe patriarcal sobre todas las instituciones del país era absoluta. En su calidad de jefe patriarcal de todas las familias del país, era el propietario de todos los muebles e inmuebles y ejercía también su poder infinito sobre el más importante símbolo de la jerarquía social ruandesa: el ganado.

Los tutsi esparcidos entre los hutu, fueron incorporados a agrupaciones militares dependientes del clan real, aunque no pertenecieran a la aristocracia. De esta forma se fue creando una especie de “casta militar” que abarcaba a todos los tutsi y excluía a todos los hutu, en lo que puede verse el primer rasgo de discriminación interétnica, que se desarrollaría en el siglo siguiente.

HISTORIA COLONIAL DE RUANDA

En el caso de Ruanda, la distinción entre los hutu y los tutsi tiene, un origen socio-político. Su formación como identidades opuestas se remonta al período pre-colonial, pero obedece, sobre todo, a la institucionalización de las diferencias físicas durante la colonia.

Los hutus y los tutsi coexistieron en relativa paz por largo tiempo antes de la incipiente formación del Estado en el siglo XV y el sistema de vasallaje (clases) que caracterizaría posteriormente a las relaciones entre los dos grupos, el cual fue tergiversado durante la colonia para hacerlo girar en torno a los rasgos físicos. Fue la percepción europea, influenciada por los patrones de la estética occidental, la que llevaría a las autoridades coloniales a introducir las políticas discriminatorias que condujeron a las luchas fratricidas que culminarían con el brutal genocidio de 1994.

Hacia finales del siglo XIX, una escisión profunda separaba a los ricos y poderosos de los pobres y débiles. La dependencia de los pobres con respecto a los ricos tomó formas diversas, entre las que destacan sobre todo la ubujake y la uburetua:

De la ubujake se servían las familias de la nobleza tutsi para proteger sus intereses. Funcionaba como un contrato privado entre dos individuos y se fundamentaba en la obligación del shabuja (patrón o señor) de entregar varias cabezas de ganado a su umu-garagu (vasallo o cliente) con el compromiso de protegerle y asistirle en sus necesidades. En contrapartida, el umu-garagule prestaría los servicios derivados de su condición. Técnicamente, el umu-garagu, podía ser tanto hutu como tutsi, pero en realidad la mayoría era hutu. Una posible explicación, sería que los tutsi eran pastores y por ese motivo poseían las reses que estaban en el centro del contrato antes mencionado.

A la uburetua estaba sometida también la inmensa mayoría del pueblo hutu y consistía en la obligación que tenía cada joven de trabajar gratis dos días a la semana (la semana tradicional era de cinco días) al servicio del jefe tutsi. Por lo general, los tutsi estaban exentos de la uburetua, aunque no pertenecieran a la nobleza. Sin embargo, en la sociedad ruandesa no estaba instituido un sistema “fijo y cerrado” como el de las castas, por lo que podía suceder que se pasara de una categoría a la otra. Su existencia ha llevado a algunos historiadores a afirmar que es difícil hablar de los tutsi como un pueblo, sino más bien como una clase social.

Según Linda Melvern, la idea de que los hutu y los tutsi eran etnias completamente diferentes e irreconciliables fue introducida por el explorador y agente colonial inglés John Hanning Speke, quien “descubrió” Humania del Sur 177 el lago Victoria en 1859. Cuenta esta autora que Speke visitó los estados de Karagwe y Buganda (parte de lo que hoy es Ruanda y Uganda), y en sintonía con las ideas de su tiempo, atribuyó una explicación “natural” a las divisiones que había encontrado. El explorador inglés pregonó la existencia de una “raza superior” diferente a la de los demás nativos pues creía que la superioridad cultural en África central tenía que haber llegado de otro lugar. Para él, era muy poco probable que “negros salvajes” pudieran tener semejantes niveles de sofisticación política y religiosa. En su opinión, la clase dominante (los tutsi) eran superiores y de rasgos más finos que los negros comunes pues eran más altos y sus narices más afiladas. Además, tenían inteligencia y sentimientos “refinados”. Al parecer, sus apreciaciones eran compartidas en general por todos los europeos.

 En mayo de 1894, el conde alemán Gustav Adolf von Götzen, se inserta en las selvas vírgenes de Ruanda y comienza la colonización de aquellos parajes ubicados en los límites de la colonia belga del Congo y que serían conocidos desde ese momento como Ruanda-Urundi. A decir de Vicente Mazimpaka, profesor ruandés de la Universidad de Madrid, los alemanes hicieron una burda simplificación de las categorías sociales ruandesas al pretender aplicar criterios europeos.

Los primeros misioneros hasta llegarían a pensar que los tutsi eran descendientes directos de los antiguos egipcios pues “su delicada apariencia, su amor por el dinero y su capacidad de adaptación ante cualquier situación indicaban un origen distinto”

La estructura social ruando-urundesa fue entonces “reorganizada” definiendo las atribuciones de cada uno de los grandes grupos étnicos que la componían. Los alemanes interpretaban a África a través de la óptica de la Europa de finales del siglo XIX imperial, que vio la humanidad como un conglomerado de razas que requieren la identificación y la clasificación jerárquica. Tal fue la inspiración detrás de la nueva disciplina de la antropología física. De esta forma empezaron a clasificar a los batutsi y los bahutu como razas separadas: una de origen superior; y otra de origen “bantú” considerada inferior. De aquí en adelante, los estereotipos europeos sellaron el destino de luchas fratricidas.

En la Conferencia de Berlín de 1884, las grandes potencias se repartieron África, quedando Ruanda bajo el control del imperio alemán, si bien debido a su localización geográfica, la lucha por el poder en la zona fue constante entre Bélgica, Alemania y Gran Bretaña.

El Tratado de Versalles de 1919. Puso fin a la I Guerra Mundial y supuso para Ruanda pasar a ser considerada como un único territorio Ruanda-Urundi, y a ser colonia belga.

Serían los belgas, nombrados nuevos administradores del territorio por la Liga de Naciones, después de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, quienes de 1929 a 1933, convirtieron la teoría de clases en la base del aparato administrativo colonial al obligar a la población a identificarse por medio de pases en donde se especificaba su origen étnico. A los tutsi, por ser los más altos y tener facciones más finas, se les confirió el mando; a los hutu, por ser los de estatura más baja y tener facciones duras o toscas, se les confinó a la obediencia.

Bélgica intensificó su presencia en el Gobierno, designando directamente a los jefes Regionales y detentando la política administrativa y militar. Su política consistió en alimentar las discrepancias étnicas para reforzar su poder, llegando a establecer un censo poblacional basado en la etnia, que figuraba en el documento de identidad de los ruandeses.(Vamos, lo de divide y vencerás)

De aquí en adelante, los estereotipos europeos sellaron el destino de luchas fratricidas

En 1946, con la desaparición de la Sociedad de Naciones, Ruanda pasó a ser una herencia asignada a las Naciones Unidas; paralelamente nacía un movimiento independentista en el Congo Belga que culminaría con la independencia de Ruanda, previa escisión de Urundi en 1962.

En los años 50, los tutsis se resistían a perder poder ante la inminencia de la hegemonía numérica de los hutus. Éstos, crearon el movimiento político “poder hutu”, al que se unió la corriente creada en la Iglesia por el Obispo Perraudin, para poner coto a los abusos de poder ejercido sobre este sector de la población.

El partido UNAR apoyaba a los tutsis, mientras que el partido Parmehutu, que preconizaba la emancipación del pueblo hutu, creado por Kayimbanda en 1957, esgrimía el derecho a gobernar de los hutu, por ser mayoría.

1961 La revolución campesina hutu finalizó con la instauración de la república de Kayimbanda. La imposición del régimen tuvo lugar a pesar de que la Asamblea General de la ONU, a través de sus resoluciones, llamaba a una transición pacífica hacia la democracia. Los tutsis se refugiaron en los países limítrofes formando grupos armados contra los hutus.

En este punto tuvo comienzo un ciclo de violencia étnica; el Presidente Kayimbanda, por su parte, creó los comités de seguridad pública limitando la presencia social y política de los tutsis a un 9%, el porcentaje de población que tenían. Descubrimos que aquí comenzaron los genocidios.

En 1973, el general Habyarimana(de etnia hutu) dirigió un golpe de Estado suspendiendo la constitución y disolviendo la Asamblea Nacional, creando después el MRND (Movimiento Revolucionario Nacional para el Desarrollo), partido político que institucionalizó la discriminación étnica.

Ayudado por Francia, consiguió cierta credibilidad internacional ante una aparente estabilidad social, al conseguir que su Producto Interior Bruto creciera de manera sostenida entre 1976 y 1980, obteniendo el apoyo del Banco Mundial.

1987 Paradójicamente, Ruanda era uno de los países más pobres del mundo, a pesar de la gran cantidad de ayuda recibida.

Su población estaba exiliada en los países vecinos, calculándose que tuvo lugar el regreso de unos 80.000 refugiados. La comunidad internacional solicitó al Presidente Habyarimana que les acogiese, si bien éste tan sólo acogió a treinta mil.

Como respuesta, entre 1973 y 1983, los refugiados crearon la AARR, que en breve pasó a ser la Alianza Ruandesa para la Unidad Nacional (ARUN), de carácter político, formando guerrillas.

En 1988, se unieron al NRA (Ejército Nacional de Resistencia), formando el Frente Patriótico Ruandés, movimiento político militar fundado para asegurar el regreso de los ruandeses en el exilio, y llevar a cabo la reforma del gobierno .

En 1990, el gobierno ruandés llegó a un acuerdo con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para llevar a cabo un programa de ajuste estructural, las cuantiosas aportaciones económicas del exterior, pero no consiguieron hacer despegar su economía.

Al mismo tiempo, en el interior del país, se alzó un fuerte movimiento opositor al gobierno, habida cuenta de la corrupción existente y de su política de odio racial y abusos; mientras, en el ámbito internacional, se denunciaban múltiples y continuas violaciones de derechos humanos por el partido en el poder.

La institución Human Rights Watch, denunció el suministro de armas al Frente Patriótico Ruandés, para una inminente invasión de Ruanda.

LOS ANTECEDENTES DEL CONFLICTO

El genocidio de Ruanda no se ideó de la noche a la mañana, sino que existieron una serie de factores previos que indicaban que estaba próximo en desenlace:

  1. El discurso ideológico del clan akazu:

Los akazu eran un clan fanático y despótico dirigido por la esposa de Habyarimana (el presidente)  y sus hermanos, los cuales eran reacios a una reconciliación con los tutsi. Se enfrentaron a Habyarimana,  constituyendo el ala más radical de los hutus. La posición privilegiada que ocupaban y la influencia que tenían los convirtió en un grupo de poder que contaba con sus propios ideólogos.

Sus teorías sostienen que los tutsis pertenecen a una raza diferente y extraña,  que llegaron a Ruanda, conquistaron a los hutus, los explotaron y esclavizaron, y corrompieron por dentro. Añaden que se apropiaron de las riquezas de  la región y redujeron el papel de los hutus a «la miseria y la humillación», por lo que animaban a la recuperación de «la identidad y la dignidad» . Los akazu  se  beneficiaron de un clima de miedo que no tardaron en alimentar con el cometido de crear escuadrones de la muerte.

B) La propaganda de la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas y Kangura

La Radio de las Mil Colinas (RTLM), como portavoz del Gobierno, adquirió un papel relevante en la perpetuación de la matanza. Mensajes como éste salían de sus ondas:

 «Cuando la gente me pregunta por qué odio a todos los tutsis, respondo: lean nuestra historia. Los tutsis colaboraron con los colonizadores belgas, nos arrebataron las tierras a los hutus, nos fustigaron y ahora los rebeldes tutsis han regresado. Son cucarachas, son asesinos. Ruanda es la tierra de los hutus, nosotros somos mayoría. Existe una minoría de traidores e invasores, pero erradicaremos esa plaga; aniquilaremos a los rebeldes del Frente Patriótico Ruandés. Esta es la RTLM, radio del poder hutu. Estén alerta, vigilen a sus vecinos»

Fundada en 1993, se mostró en contra de las conversaciones de paz entre el  presidente Juvénal Habyarimana y el FPR. Cultivó en los meses previos al conflicto un clima de odio racial, resaltando las diferenciaciones y utilizando contenidos que engancharan a un público joven. La inclusión de música moderna y los programas de humor con contenido racista embaucaron a los jóvenes  hutus, la mayoría  integrantes de la milicia Interahamwe.

No estuvo sola. La prensa también se dedicó a fomentar la división meses antes del genocidio y se ofreció como espacio para publicar Los diez mandamientos hutu27, un decálogo que animaba a matar a las inyenzi, las «cucarachas» tutsis28. El periódico Kangura, dirigido por Hassan Ngeze (miembro del clan akazu), plasmó en un editorial estos mandamientos para fomentar el odio, insistiendo en la idea de que el FPR había llegado al país para asesinar a los hutus.

C) La influencia colonial

A priori no existían rasgos físicos que permitieran distinguir a un tutsi de un hutu, las diferencias se impusieron. De hecho, en el siglo XIX la situación económica en el país creó una estructura social dividida en clases, segmentación que la  colonización  europea se encargaría de acentuar. Esta vez, los tutsis pasaron a ser el estamento privilegiado, otra etnia, tanto es así que Bélgica desoyó las frecuentes demandas de independencia de los tutsis y pensó que brindar su respaldo a los hutus se perfilaría como una respuesta acertada.

  • El gobierno hutu de Habyarimana

Después de que Ruanda se independizara de Bélgica los desacuerdos se trasladaron al plano político: los tutsis eran partidarios del sistema monárquico con el  que  se habían sentido identificados durante la administración belga, frente a los simpatizantes hutus de la república. El primer presidente del país tras la autodeterminación, Grégoire Kayibanda, adoptó un perfil conciliador, suerte que tuvo de su parte el crecimiento económico y el equilibrio social, puesto que los enfrentamientos no eran muy persistentes.

Pero la calma fue fugaz. En 1972 se producen unas matanzas en Burundi: 350.000 hutus asesinados. El sentimiento antitutsi se traslada al paroxismo y muchos piden mano dura al presidente, sin embargo el gobierno no es capaz de salir airoso de las presiones que, sumado a los continuos casos de corrupción, incentivan el golpe de Estado de 1973.

El nuevo presidente se vio con capacidad suficiente como para construir un Gobierno  de reconciliación nacional, lo siguió demostrando incluso días antes de ser asesinado, pero durante las dos décadas de su mandato adoptó políticas autoritarias y antidemocráticas que volvieron a institucionalizar el racismo y la injusticia.

El estado se volvía de nuevo corrupto y empobrecido, con un partido único, el Movimiento Republicano Nacional para la Democracia y el Desarrollo, y alimentado por la ayuda internacional. Perdido el control de la arena política, Habyarimana fue desplazado por el clan akazu, dedicado a gobernar en la sombra y a radicalizar al gobierno, que pasó a llamarse “Poder Hutu”. Durante esta etapa se urdió un plan para exterminar que comenzó con la creación de las milicias interahamwe “jóvenes  armados con machetes sin causa ni futuro, adoctrinados en el odio y empapados en alcohol y anfetaminas. Fueron veintiuna los en los que Habayarimana concentró todos sus recursos en crear una dictadura de hierro que  suprimiese la rivalidad entre hutus y tutsis, pero a cambio estableció una especie de dualismo entre poder y oposición. Una oposición que se nutría no solo de tutsis, también de hutus que odiaban al dictador o no compartían sus ideas. Es por esto que la pugna en Ruanda no era entre castas, sino que se trataba de un choque entre dictadura y democracia.

E) Actores internacionales

A pesar de que se ha intentado hacer creer que el genocidio de Ruanda se debió únicamente a un conflicto étnico, motivado por el odio racial entre los habitantes del país, la acción e inacción de varias potencias en la zona, así como de organismos internacionales como la ONU, agregaron motivos para no detener la matanza.

F) Los recursos minerales

La actitud de las potencias extranjeras antes y durante el conflicto no se explica sin la importancia que desempeñan los recursos minerales y energéticos que abundan en la zona, en especial en la región de Kivu del Norte. El suelo del Congo alberga importantes yacimiento de cobre, niobio, cobalto, zinc, plata, diamantes, uranio, carbón, petróleo y coltán, además de otros metales raros y grandes reservas de oro.

En connivencia con compañías mineras y multinacionales, los actores estatales seguían obstinados en la pasividad para que la región se sumiera en el caos. Kivu Norte está controlada por guerrillas corruptos que escapan al control del Congo, mientras que Ruanda y Uganda se han convertido en países receptores del mineral en bruto.

Por ejemplo, el coltán que se extrae de Kivu Norte es entregado por los dueños de las minas locales controladas por milicias que a su vez trabajan para terratenientes de Ruanda y Uganda, cuyas fuerzas militares vigilan la frontera. El Ejército Patriótico Ruandés. grupo militar al servicio de Kagame, ha organizado una estructura que facilita el paso y la distribución del coltán, donde entran en juego dos distracciones: los sobornos y las guerras del Congo. Esta posición estratégica y el apoyo que recibe principalmente de EE.UU., ha convertido a Ruanda en el principal exportador del coltán sin poseerlo en su territorio.

Las organizaciones de derechos humanos insisten en que EE.UU., Alemania, Bélgica y Kazajistán, principales destinatarios, pero no los únicos, del coltán, y las multinacionales que comercian con los recursos a través de métodos ilícitos son responsables de alimentar y financiar el caos y las guerras que asolan la zona.  

EL CONFLICTO

El asesinato del presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, al ser alcanzado su avión por dos misiles tierra–aire, el 6 de abril de 1994, fue el detonante del estallido de la guerra.

Como hemos visto, el “conflicto” entre hutus y tutsis venía de muy atrás. Lo que aconteció entre abril y julio de 1994 fue la explosión irracional de una intensa tensión acumulada que sólo estaba esperando la ocasión propicia para salir a la luz. Desde aquella fecha, Ruanda ha quedado vinculada a esos cien días de terror y muerte que han escrito una de las páginas más violentas de la historia de la humanidad

A nivel internacional, se formaron dos bloques: Francia, Bélgica y Zaire, que apoyaban a Ruanda; y de otra parte: Uganda, Estados Unidos, Gran Bretaña y el Frente Patriótico Ruandés, que buscaban ampliar su influencia en la zona.

Las Conversaciones de Paz de Nairobi (Kenia) en que se había acordado un alto el fuego, no fueron respetadas por ninguno de los bandos. En los tres años de guerra, Ruanda fue el tercer país de África comprador de armas.

El 29 de abril de 1994, el Consejo de Seguridad admitió la necesidad de una intervención. Tras un largo debate político y jurídico, la Resolución 955 del Consejo de Seguridad, del 8 de noviembre de 1994, configuró el primer Tribunal Internacional que juzgaría a autores, cómplices y demás partícipes del delito de genocidio. Si bien habían existido experiencias previas en la sociedad internacional, la primera condena por genocidio, vendría de la mano de la sentencia dictada contra Jean Paul Akayesu.

LA PAZ EN RUANDA

Otro gen más poderoso, por ser más humano y humanizador, habita en los corazones de los hombres, el “gen del amor” que con las armas del perdón y la paz abre el conflicto encerrado en justicias y venganzas siempre insatisfechas hacia nuevos horizontes de esperanza. Ruanda lo ha mostrado al mundo. Ruanda se reconcilia. Son historias que muestran la dureza de la violencia, el odio y el miedo, y a la vez, transparentan la grandeza del corazón humano y su infinita capacidad para superar el horror y el sufrimiento.

Ruanda tomó pronto conciencia de lo que había ocurrido en ese precioso “país de las mil colinas” y tomo conciencia de que no podían permitir que la generación siguiente y la siguiente y la siguiente tienen derecho a vivir en paz y liberados del estigma de aquello que aconteció en 1994. Y esta motivación compartida unió a muchos ruandeses de uno y otro bando. Hutus y tutsis experimentaron el deseo profundo y honesto de ir más allá de la justicia de los tribunales para escribir en cada historia de cada conflicto una segunda parte jamás imaginada, tal vez ni por ellos mismos. Las sentencias de los tribunales no iban a ser la última palabra que haría eco en los corazones de los ruandeses.     

Referencias:

El genocidio de Ruanda Daniel Rodríguez Vázquez.

Ruanda: la historia de un pueblo María Gabriela Mata Carnanli

El tratamiento informativo del genocidio de Ruanda de 1994 en los diarios El país, Le Monde, Le Soir y The New York Time. Salomé Berrocal Gonzalo, Eva Lavin, Evergiste Rukebesha  

El reparto de África. De la conferencia de Berlín a los conflictos actuales. Roberto Ceamanos                                        

2 comentarios en “HUTUS-TUTSI, GUERRA Y PAZ

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