ANTIGUOS HABITANTES DE LAS ISLAS CANARIAS

Lo que nos ha llegado sobre los aborígenes que habitaban las islas Canarias ha sido a través de las crónicas que escribieron los europeos (los vencedores); es decir, tenemos la versión de una de las partes, si bien los arqueólogos están trabajando para intentar que los antiguos canarios nos hablen.

Tanto llamó la atención a los conquistadores la corpulencia de sus cuerpos y la robustez de su constitución, que de todos son conocidas las palabras que Boutier y Le Verrier al escribir su Crónica que decía: «Id por el mundo y casi no hallaréis en ninguna parte personas más hermosas ni gentes más gallardas que las de estas Islas».

A modo de ejemplo de los conceptos sobre los canarios de la época, encontramos un texto escrito por Salazar Mendoza en la que define a los canarios de la siguiente manera:

«Por este tiempo (siglo XV) los idólatras de Canaria eran tan bestiales y fieros que se mataban a sí mismos despeñándose de muy altos riscos»

¿CONOCIERON LOS ANTIGUOS LAS ISLAS?

Dicen que Eudoxio, griego, sabía de las islas, los tartesios pescaron en aguas canarias. Los clásicos las llamaron Campos Elíseos (Homero), Hespérides (Hesíodo), Bienaventuradas (Píndaro), Atlántida (Platón).  Pero, ¿desembarcaron realmente fenicios, griegos, cartagineses y romanos en las islas?:

—Algunos trabajos de arqueología submarina han encontrado ánforas de estas culturas, que actualmente están repartidas en los museos canarios. Por ejemplo las famosas ánforas de la Graciosa han sido atribuidas al mundo tardorromano.

—600 a.C. Periplo de Neco circunvaló la costa africana. ¿Se encontró con las Canarias?

—425 a.C. Periplo de Hannon. Los púnicos describen las costas Atlánticas, ¿Pisarían tierras Canarias?

—Siglo I a.C. Plinio cita unas islas atlánticas a las que denomina Fortunatae insulae

—Siglo II d.C. Ptolomeo cita unas islas que están en Finis Terrae

—siglo III d.C. Aparece por primera vez, en un texto de un autor africano llamado Amobio, el topónimo Canarias.   

Al final del artículo, os dejo una relación de textos griegos donde aparecen las islas Canarias.  

¿DE DÓNDE VINIERON LOS ABORÍGENES CANARIOS?

Cuando los europeos exploraban las Canarias, comprobaron que las mismas estaban pobladas.

Un estudio del ADN de los canarios confirma que los primeros pobladores de Canarias fueron los bereberes del norte de África, una población de la que todavía hoy el genoma de los canarios conserva rastro.

Desde hace décadas, la población originaria del archipiélago canario ha sido estudiada por varias disciplinas pero, a día de hoy, todavía se desconoce cómo llegaron los primeros pobladores a las islas o cómo se produjo esa colonización.

Para averiguarlo, un equipo de científicos liderado por la genetista de la Universidad de Stanford y de la Universidad de La Laguna, Rosa Fregel, ha analizado el genoma mitocondrial (heredado de la madre) de 48 individuos de 25 yacimientos arqueológicos de las siete que abarcan desde el año 300 hasta el 1.800, es decir, 1.500 de evolución histórica y genética canaria.


El estudio, cuyos resultados se publican en Plos One, recoge varias conclusiones:

La primera de ellas es que el poblamiento del archipiélago lo protagonizaron los bereberes del norte de África.

Según los resultados del estudio, el genoma de estos primeros pobladores era de origen norteafricano, mediterráneo y africanos subsaharianos.

Los bereberes realizaron, al menos, dos oleadas migratorias hacia las islas. 

Además, los investigadores encontraron distinta composición genética (linajes) en las islas, en función de la distancia con el continente africano, “lo que sugiere que los bereberes realizaron, al menos, dos oleadas migratorias hacia las islas”.

PIEDRA ZANATA

El hallazgo de una piedra en Tenerife en 1992 con inscripciones en escritura tifinag ( es un alfabeto consonántico que se utiliza para transcribir varias lenguas bereberes) con el nombre de una de las tribus beréberes, los zanata, ha sido decisivo para plantear futuras investigaciones sobre las más profundas raíces insulares.

La Piedra Zanata sirvió para elaborar la teoría según la cual habría en Canarias una presencia púnica que estableció en el archipiélago factorías con mano de obra bereber. La tribu a la que pertenecerían los guanches de Tenerife, eran los Zanata o Zenete, “los lengua cortada”.

Los zanata fueron una confederación de tribus beréberes de la Gran Kabilia, pastores seminómadas. Pudieron llegar al archipiélago hace unos 1.700 años, cuando grupos tribales norteafricanos hiían de la presión romana en el norte de África.

REDESCUBRIMIENTO DE LAS ISLAS CANARIAS

En torno a la primera mitad del siglo XIV, impulsado por la certidumbre de la existencia de unas islas en el Atlántico, el genovés Lancellotto Mallocello realiza un viaje de exploración por el océano. La fecha en la cual acomete la expedición, así como la duración de su estancia en Lanzarote es polémica. El viaje cabe situarlo entre 1302 y 1338, y un historiador francés aventura la hipótesis de su estancia en la citada isla hacia 1312, con una permanencia en ella de 20 años. A partir de este primer contacto, los viajes a Canarias aumentan; después de 1339, se inicia una expedición, capitaneada por florentinos y genoveses, bajo el patrocinio de Alfonso IV de Portugal, cuyo piloto era el genovés Nicolosso da Recco.

VIDA COTIDIANA DE LOS ABORÍGENES

Escribió Viera Y Clavijo, en el siglo XVIII, que los antiguos canarios eran amigos de los juegos (saltos, carreras, bailes). Practicaban la lucha y una especie de atletismo, tiraban piedras con mucha precisión y mostraban mucha agilidad en eludirlas, eran malabaristas y grandes saltadores y escaladores. Para entretenerse se reunían en el tagoror  o plaza pública.

¿Sabían escribir?

Se han localizado petroglifos con signos alfabetifomes, en el barranco de Balos (Gran Canaria), el Julan (El Hierro) o en muchos lugares de La Palma.

Jerarquía

La sociedad se articulaba piramidalmente a partir del guanarteme o mencey, cacique elegido por una especie de nobles entre los que el faycán (jefe religioso) era comunitariamente el personaje más influyente.

Tras éste, legislaba un organismo formado por capitanes o guayres. Los rebaños pertenecían a las jerarquías altas, aunque los cuidaban grupos dependiente, ya que los nobles no podían criarlos ni sacrificarlos, sólo poseerlos. En cuanto a las leyes, se toman las decisiones en la plaza o tagoror.

Leyes

En unas islas eran más duros que en otras con los delincuentes. Los ladrones y homicidas podían ser castigados con la pena de muerte o con la amputación de los miembros. La familia de un asesino podía acabar completamente marginada por la comunidad. Al parecer los guanches eran más tolerantes y no condenaban a muerte. Los tribunales de justicias se reunían en la plaza.

Materiales e industria

Buena parte de sus útiles procedían de la industria lítica, o sea de diversas rocas volcánicas.

Las puntas de sus lanzas y muchas herramientas eran de piedra pulida. Disponían de picos para cavar las cuevas artificiales, hachas, etc.

De los huesos procedentes de su actividad ganadera construían punzones y alisadores. Los cereales, para hacer el gofio, se pulverizaban en molinos de piedra.

Matrimonio

Una mujer podía tener distintos maridos. La futura esposa estaba treinta días engordando, pues presentarla rellenita ante el cónyuge era condición indispensable para casarse, pues estaba arraigada la creencia de que así los hijos nacerían más sanos.

Modo  de producción

Las formas de vida de los indígenas en el archipiélago canario difieren según la isla. Por ejemplo, en La Palma la economía estaba basada en la ganadería, en tanto la estructura productiva en Gran Canaria descansaba sobre la agricultura

Momias

Muchos estudiosos han establecido paralelismos entre los aborígenes canarios y los egipcios. Algunos sostienen que, tal vez, la posible filiación cananea o líbico beréber de los antiguos canarios podrían explicar el origen de algunos ritos y  costumbres. En el caso concreto de la momificación, ¿es una de esas herencias?

El incansable arciprestre y tinerfeño don José Viera y Clavijo, vio a mediados del siglo XVIII una de esas momias o embalsamados: conservaba las uñas, los ojos y los cabellos rubios, atados con una correa.

En la cultura de los antiguos canarios, no todo el mundo servía para ser momificado, sólo los personajes más importantes eran embalsamados. El cadáver no debía corromperse. Parece que sí extraían las entrañas, posteriormente el cuerpo hueco era lavado con agua y sal aplicándosele un ungüento de manteca, resina, hierbas aromáticas y piedra pómez, operación que repetida varias veces causaba el acartonamiento del difunto. Sólo entonces lo cubrían de pieles con pellejos cosidos. Por último, trasladaban la momia (según el rango del muerto) a una cueva más o menos inaccesible, y junto a ella ponían cuencos con leche, miel, armas y el neceser del amortajado.

Muerte

Cuenta Abre y Galindo (cronista del siglo XVII) que en La Palma, cuando enfermaban con cierta gravedad, los  aborígenes entraban en un estado de suma melancolía; en ese momento (en una especie de eutanasia prehistórica) deseaban su muerte. Vacaguare (quiero morir) decían y entonces lo encerraban en una cueva, donde lo recostaban sobre pellejos, donde la tierra no debía tocar el cuerpo del moribundo y lo dejaban solo con un cuenco de leche.

Religión y mundo mágico

Se han estudiado algunos yacimientos originados por actividades mágico-religiosas de los antiguos pobladores de Canarias, muchos de ellos ubicados en las cimas de montañas. Esos sitios tuvieron la consideración de suelo sagrado. Al mismo tiempo, en determinadas zonas hay extraordinarias concentraciones de elementos simbólicos, como grabados rupestres y lugares de culto. El estudio de las creencias y prácticas mágico-religiosas de los antiguos pobladores de las Islas Canarias durante mucho tiempo estuvo casi exclusivamente centrado en el análisis e interpretación de las fuentes narrativas de la conquista del Archipiélago. Lo que sabemos de las religiones antiguas de Canarias a través de las fuentes narrativas puede sintetizarse en lo siguiente: En el momento de la conquista, los indígenas de todas las islas creían en un dios supremo, sustentador del cielo y la tierra, creador de todo lo que nacía y crecía, que estaba en el cielo y al que muchos pruebas permiten asociar con el sol: «adorábamos al sol naciente», declararon unos canarios esclavos del sultán de Marruecos hacia 1350. Además, en varias islas hay indicios de una segunda divinidad astral asociada a la luna y algo similar sucede con algunas estrellas. En segundo lugar, creían en espíritus negativos que provocaban su temor y a los que les atribuían el origen de enfermedades y otros males. Son los «Tibicenas» de Gran Canaria, los «Hirguanes» de La Gomera, el «Iruene» de La Palma o el «Guayota» de Tenerife. Se manifestaban con formas fantásticas y aterradoras. Por último, existía el culto a los espíritus de los antepasados o, mejor dicho, diversas formas de relacionarse los vivos con los muertos. En Tenerife los menceyes o jefes de tribu juraban sobre un hueso del primero de su linaje, y algunas personas se inmolaban voluntariamente para llevar mensajes de los vivos a los muertos.

Propiedad

Su sistema estaba basado en el trueque, cambiaban las cosas y parece ser que no había esclavos. La riqueza de los aborígenes dependía del ganado y de las tierras. Tenían territorios comunales.

Vestimenta

Cubrían su piel con materias vegetales y animales cosidas con aguja ósea e hilo de nervio de cabras o de tripa usando punto de lado o punto de hilván.

Según los historiadores de los siglos XVI y SVII, para cubrirse aprovechaban cueros y pellejos (pieles de carnero y capotillos de oveja). Bajo el pellejo llevaban una especie de vestido de juncos majados y alguna vez de palma. Colgaban de sus hombros los tehuetes o bolsos donde guardaban las cosas.

Vivían

Vivían en cuevas. Algunas (utilizadas como almacenes) tenían un acceso complicado por lo que cavaban escaleras o colocaban andenes. Compartían superficies comunes donde impartían justicia o enterraban a los muertos.

Aprovechaban también abrigos y cabañas con techumbres de madera cubiertas con materias vegetales. En 1341, Niccolosso da Recco estuvo de rapiña en Gran Canaria y pudo ver:

«Casas fabricadas con piedras cuadradas, labradas con gran artificio y cubiertas de grandes y hermosas maderas, blancas en el interior…como albeadas por yeso…»

INFLUENCIA DEL MUNDO ABORIGEN

Los aborígenes no dejaron de existir, sino que se mezclaron con los castellanos. El substrato aborigen es uno de los elementos sustanciales de la actual población canaria.

Durante el proceso de conquista, los castellanos se valieron de los aborígenes para sus operaciones (muchos indígenas formaron parte de los ejércitos castellanos); son varios los casos en los que se concertaba una entrevista a traición el jefe o mencey era capturado (luego eso se hizo mucho en América, sirvió como de modelo).

CONQUISTA CASTELLANA

Antes de la conquista castellana, los aborígenes canarios fueron visitados y expoliados por los europeos en numerosas ocasiones.

Desde principios del siglo XIV, las islas son visitadas frecuentemente por mallorquines, catalanes, genoveses, portugueses y castellanos: buscaban materias tintóreas como la orchilla (de donde ya los fenicios obtenían un colorante rojo), pieles de cabra y esclavos.

Ibn Jaldún en sus Prolegómenos menciona el paso de unos barcos francos a mediados del siglo XIV (1370) que capturaron esclavos en las islas y el litoral africano vendiéndoselos luego al sultán de Marruecos. Las expediciones esclavistas fueron corrientes y el botín se despachaba en la Baja Andalucía o en el norte de África (Túnez, Marruecos)

Algunas islas, aun sin estar conquistadas, eran cambiadas o vendidas por sus señores (como propiedad de derecho, no de hecho); al final, todas acabaron bajo dominio jurídico o soberanía de la Corona de Castilla.

En 1496, con la toma de Tenerife finaliza la conquista de las islas Canarias.

La conquista castellana de Canarias, liquida  la formación social anterior de los antiguos canarios. Éstos se convirtieron, salvo pocas excepciones, en esclavos o insulares de tercera categoría.

EXPEDICIONES Y VIAJES CON PARADA EN LAS CANARIAS

La Gomera no sólo fue en tres ocasiones el lugar en el que recaló Colón, sino que la isla también aportó animales y plantas al Nuevo Mundo. 

La elección de la isla como base de operaciones por parte del Almirante, Cristóbal Colón, no se produjo de forma casual, pues el navegante tenía perfectamente proyectado que su última escala ante de lanzarse a lo desconocido iba a ser La Gomera. Esta elección se basó en su situación geográfica, las características del puerto natural de San Sebastián que la hacían mucho más apropiada que el de Santa Cruz y Gran Canaria y la existencia de agua y alimentos para concluir con éxito el viaje.

El Almirante conocía las posibilidades que tenía la Isla de sus anteriores expediciones a Ghana acompañado de navegantes portugueses.

Pero la aportación de La Gomera no se limita a haber servido de base a esta epopeya, sino que una parte importante de las plantas y animales que llegaron a La Española en 1492 y en los viajes posteriores del 93 y 98, provenían de la Isla canaria

Hay datos de que en el Primer viaje se llevó desde La Gomera agua, quesos, frutos secos, carne salada y acondicionada, así como cabras cuya leche servía para curar el escorbuto. En el Segundo le tocaría el turno a los productos secos, naranjas, limones y ocho cerdas preñadas. A partir de entonces las similitudes entre el clima de La Gomera y las tierras descubiertas promovieron que desde la Isla se importaran las nuevas especies animales y vegetales, que se hallaban ya adaptadas al Archipiélago. El propio Almirante lo reconoce en sus diarios de a bordo, en los que da a conocer este paralelismo entre estas características climáticas y que se plasmó, por ejemplo, en la elección de ovejas sin lana para evitar que sufrieran los rigores del calor. El pozo de La Aguada, situado en pleno centro de San Sebastián, sirvió para abastecer de agua a los tripulantes en las tres travesías, dado que su grado de salinidad ayudaba a conservarla en la larga travesía.

En el Segundo viaje recalaron en La Gomera diecisiete embarcaciones en las que iban unas 1.500 personas. No resulta muy difícil imaginarse el impacto que la causaría esta expedición en la población local que además se llevaba a cabo después de anunciarse el descubrimiento del nuevo mundo. En 1498 Colón volvería de nuevo a La Gomera, con lo cual se convirtió junto a Gran Canaria en el único punto de toda Castilla que el Almirante visitó en tres ocasiones.

LA ESCLAVITUD DEL INDÍGENA CANARIO.

La esclavitud era una realidad presente en la sociedad de la época. El esclavo era, además, un personaje desarraigado, puesto que había sido arrancado de su lugar de origen a la fuerza, para incorporarse a una sociedad que desconocía, y en la cual ocupaba el escalón más bajo. Los conceptos sobre la esclavitud existentes en la época son los que se van a aplicar sobre los pobladores del archipiélago canario, desde el momento en que los europeos toman contacto con ellos a comienzos del siglo xv, ya que los indígenas canarios por el hecho de incumplir la ley cristiana, aunque no habían tenido conocimiento de la misma, perdían la libertad y por tanto eran esclavos potenciales de todo aquel que se acercarse a las costas isleñas.

La esclavitud del poblador de las islas Canarias comienza desde el momento en que llegan los primeros viajeros europeos, y esto se produce a partir del «redescubrimiento». Ante la notoria pobreza de las islas, estos primeros navegantes se interesan por la mercancía humana, casi única riqueza que encuentran en Canarias junto con el ganado y la orchilla. En efecto, según el propio manuscrito, donde se relatan todos los detalles del viaje, se indica que de regreso a Lisboa, entre otros objetos llevaron cuatro hombres «habitantes de aquellas islas», que según la relación fueron los mismos que nadando se acercaron a los barcos, con objeto de entablar relaciones con ellos. De este modo mercaderes mediterráneos y atlánticos van a organizar en compañía de armadores y navegantes continuas razias sobre Canarias y a distribuir a sus moradores, como esclavos, por los principales mercados europeos, donde obtenían buenos precios, ya que la esclavitud doméstica no había desaparecido de la Europa meridional. Estas persistentes razias sobre la población, harán que en adelante los indígenas se replegaran a vivir hacia el interior, abandonando las zonas costeras más accesibles, a la vez que como medio para no ser sorprendidos pondrán vigías de manera que la población pudiera movilizarse al primer peligro que se tuviese.

LA TERAPÉUTICA QUIRÚRGICA DE LOS PRIMITIVOS POBLADORES DE CANARIAS

Como dije antes, los canarios saltaban, trepaban, andaban por riscos escarpados y realizaban otros ejercicios de peligro y por tanto se comprenderá que fueran las fracturas una de las enfermedades más frecuentes en los aborígenes, y de ellas, las de la cabeza y extremidades las más abundantes.

¿Cómo trataban las heridas?

Las heridas sufridas en primer lugar las cauterizaban con tabonas calientes (Piedra afilada por un extremo, que empleaban los guanches como instrumento cortante o como arma) o con el polvo del jugo extraído de las hojas del cardón (especie de cactus), mediante incisiones o golpes practicados en las mismas. Este jugo, de aspecto lechoso, muy blanco y espeso, de sabor y olor acre, corrosivo y nauseabundo, lo desecaban. Obtenido el polvo, lo aplicaban por fuera de las heridas y de los huesos afectos de caries. Igual aplicación hacían con el jugo que exudaban del tallo y ramas del drago en los días de calor, jugo de color rojo, blando al principio y seco después, con el que cicatrizaban las úlceras, a tal punto, que este preciado producto, llamado «sangre de drago», fue objeto de un gran comercio con los antiguos romanos.

 En el segundo caso, es decir, cuando estaban asépticas, las trataban con musgo, hojas secas, cenizas o bálsamos naturales, pues tenían la creencia de que la sequedad les daba la salud y la humedad era terreno abonado para la enfermedad. A pesar de ello, las heridas producidas por lanzas y flechas daban una mortalidad del 73%.

Junto a estos procedimientos, los primitivos pobladores pusieron en práctica la sangría, la trepanación y la circuncisión, para aliviar o curar sus enfermedades, mediante los cuales el hombre producía lesiones externas encaminadas a provocar la realización de ciertas acciones instintivas.

 Sangría: Los efectos revulsivos de alguna herida o hemorragia producida accidentalmente y el proceso natural y periódico de la menstruación, sugirieron indudablemente a los aborígenes las ventajas de la sangría, hasta el punto de que llegó a convertirse en el áncora de salvación o último recurso terapéutico a través de las edades. Por ello la extracción de sangre fue el remedio curativo más importante y de aplicación más frecuente y usual, durante el período más largo de la historia de la medicina, porque se le consideraba como el más cierto para arrancar de las garras de la muerte a mayor número de víctimas, que con cualquier otro procedimiento curativo. Es casi seguro que los aborígenes lo aprendieron de los egipcios, pueblo que, al decir de Herodoto, lo hizo suyo, después de haber observado al hipopótamo frotar su espesa piel contra un objeto puntiagudo hasta hacer fluir su sangre, para aliviar sus males. La sangría fue usada principalmente en los dolores de costado, disneas o sofocaciones de origen cardíaco o respiratorio, y, en general, en todas las enfermedades de larga duración.

Trepanación: En la historia de la cirugía primitiva, y en especial de la llamada trepanación, nos encontramos con que los más antiguos instrumentos quirúrgicos existentes para practicarla estaban constituidos por fragmentos excepcionalmente cortantes y afilados en punta. Se encontraran señales de haberse practicado intervenciones cruentas consistentes en el desprendimiento de una o varias porciones, generalmente circulares, en la bóveda craneana. Para llevarla a cabo, usaban dos procedimientos: la incisión y el raspado, valiéndose en el primer caso de buriles u hojas de sílex, que manejaban produciendo profundas ranuras talladas oblicuamente con relación a la superficie ósea, y en el segundo, de instrumento de pedernal que actuaba rayando el hueso mediante cortes pequeños oblicuos o frotándolo con piedras de grano fino. Los primitivos pobladores de Canarias, al igual que los antiguos pueblos, hicieron uso de la trepanación. La usaron probablemente en los casos de cefalalgia muy fuertes, sobre todo en los de dolor originado por tumores cerebrales, con aumento de la presión craneal. La finalidad de la operación consistía sin duda en facilitar la salida fuera del cráneo al demonio alojado en él, a través de la perforación realizada, y como el alivio pasajero que suele producir toda trepanación es importante cuando la cefalalgia proviene de una elevación de la presión cerebral, fácil es comprender que quedaba confirmada la verdad y exactitud de la teoría aceptada. La repetición del dolor de cabeza se interpretaba naturalmente como señal evidente de que el demonio expulsado había reingresado en su anterior morada. Otras veces la practicaban para facilitar la salida del alma de su envoltura humana, al considerar que en la cabeza tenía su residencia habitual.

Circuncisión fue prácticamente llevada a cabo desde los orígenes de la humanidad, bien porque los intervenidos ofrendaban este sacrificio a Dios, con el propósito de liberar al órgano a fin de que aumentase de tamaño antes de realizar el acto de la fecundación, o porque creían que el recién nacido sometido a esta operación al octavo día de su nacimiento, se vería libre del riesgo de caer en manos de los malos espíritus. Es lógico pensar que los primitivos pobladores de Canarias la hubiesen verificado, dada la gran afinidad que tuvo su patología con la de los egipcios y la gran cantidad de cuchillos conservados en los museos.

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CANARIAS Y LA MITOLOGÍA. TEXTOS GRIEGOS

La relación de Canarias con la mitología se centra en unas constantes que, transmitidas a través de la Historia, la Literatura y el Arte, forman parte hoy en día de la cultura de las islas. Los mitos que, según la tradición, hacen referencia a Canarias son:

– La Atlántida – El Jardín de las Hespérides – Las Islas Afortunadas – La Isla de los Bienaventurados – Los Campos Elíseos – San Borondón.  Estos mitos, a excepción de San Borondón, forman parte de la mitología griega. Los autores griegos son aquellos que continuamente han sido citados por todos los autores que han escrito sobre la historia de las islas, desde la Edad Media hasta la historiografía de comienzos del siglo XX. En todos ellos se parte del mito para situar los orígenes históricos de las islas Canarias.

Estos autores griegos son: – Homero – Hesíodo – Píndaro – Heródoto – Platón – Estrabón – Plutarco – Luciano.

Aquí os dejo una serie de textos clásicos donde hacen referencia a las Canarias.

«De otra parte, cuanto a ti, Menelao, retoño de Zeus, tu destino no es morir allá en Argos, criadora de potros: los dioses te enviarán a los campos Elisios, al fin de las tierras donde está Radamantis, de blondo cabello y la vida se les hace a los hombres más dulce y feliz, pues no hay allá nieve ni es largo el invierno ni mucha la lluvia y el océano les manda sin pausa los soplos sonoros de un poniente suave que anima y recrea». (Homero, La Odisea, IV, 561-568)

«Tal hablé y al momento repuso la diosa entre diosas: ¡Oh Laertíada, retoño de Zeus, Ulises mañero! No te tome ninguna ansiedad por el guía de tu ruta: cuando erijas el mástil y tiendas el blanco velamen, en el barco sentado confíate a los soplos del cierzo. En el punto donde ellos te dejen cruzado el océano, una extensa ribera hallarás con los bosques sagrados de Perséfona, chopos ingentes y sauces que dejan frutos muertos. Allí atracarás el bajel a la orilla del océano profundo y tú marcha a las casas del Hades… (Homero, La Odisea X, 503- 512)

 «A los otros el padre Zeus Crónida determinó concederles vida y residencia lejos de los hombres, hacia los confines de la tierra. Éstos viven con un corazón exento de dolores en las Islas de los Afortunados, junto al Océano de profundas corrientes, héroes felices a los que el campo fértil les produce frutos que germinan tres veces al año, dulces como la miel, lejos de los Inmortales; entre ellos reina Cronos». (Hesíodo, Trabajos y Días 168-173a,)

«Parió la Noche al maldito Moros, a la negra Ker ya Tánato; parió también a Hipnos y engendró la tribu de los Sueños. Luego además la diosa, la oscura Noche, dio a luz sin acostarse con nadie a la Burla, al doloroso Lamento y a las Hespérides que, al otro lado del ilustre Océano, cuidan las bellas manzanas de oro y los árboles que producen el fruto.» (Hesíodo, Teogonía 211-217,

« En iguales noches siempre, y en iguales días gozando del sol, los justos reciben menos dolorosa existencia, no removiendo la tierra con la fuerza de su brazo ni las aguas del mar por vana ganancia, sino que junto a los honrados por los dioses, los que se complacían en guardar los juramentos participan de una vida sin lágrimas, al par que los otros arrastran un tormento que no puede sufrir la mirada. Antístrofa cuantos osaron, en cambio, morando tres veces en uno y otro lado, mantener por entero su alma alejada de injusticia, recorren el camino de Zeus hasta la torre de Crono. Allí con sus soplos las brisas oceánicas envuelven la Isla de los Bienaventurados; y flores de oro relucen, unas de la tierra, nacidas de fúlgidos árboles, y otras el agua las cría, cuyas guirnaldas enlazan sus manos y trenzan coronas Épodo según la justa decisión de Radamanto, a quien tiene como asesor suyo dispuesto el Gran Padre, el esposo de Rea que ocupa el trono más alto entre todos.» (Píndaro, Olímpicas II, 61-77)

«En ese sentido, es evidente que Libia está rodeada de agua por todas partes salvo por el lado en que confina con Asia; que nosotros sepamos, el rey de Egipto Neco fue el primero que lo demostró, ya que, tras interrumpir la excavación del canal que, desde el Nilo, se dirigía al golfo arábigo, envió en unos navíos a ciertos fenicios, con la orden de que, a su regreso, atravesaran las columnas de Heracles hasta alcanzar el mar del norte y llegar de esta manera a Egipto. Los fenicios, pues, partieron del mar Eritreo y navegaron por el mar del sur. Y cuando llegaba el final del otoño, atracaban en el lugar de Libia en que, en el curso de la travesía, a la sazón se encontraran, sembraban la tierra y aguardaban hasta la siega. Y una vez recogida la cosecha, reemprendían la navegación, de manera que, cuando habían transcurrido dos años, en el tercer año de travesía doblaron las Columnas de Heracles y arribaron a Egipto. Y contaban – cosa que, a mi juicio, no es digna de crédito, aunque puede que lo sea para alguna otra persona – que, al contornear Libia, habían tenido el sol a mano derecha.» (Heródoto, Historias 4, 42)

 «Vivíais, pues, bajo estas leyes y, lo que es más importante aún, las respetabais y superábais en virtud a todos los hombres, como es lógico, ya que erais hijos y alumnos de dioses. Admiramos muchas y grandes hazañas de vuestra ciudad registradas aquí, pero una de entre todas se destaca por importancia y excelencia. En efecto, nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba del exterior, desde el Océano Atlántico, sobre toda Europa y Asia. En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de Heracles. Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de entonces podían pasar a las otras islas y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas y rodeaba el océano auténtico, puesto que lo que quedaba dentro de la desembocadura que mencionamos parecía una bahía con un ingreso estrecho. En realidad, era mar y la región que lo rodeaba totalmente podría ser llamada con absoluta corrección tierra firme. En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grandes y maravillosos que gobernaban sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme. En este continente, dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia. Toda esta potencia unida intentó una vez esclavizar en un ataque a toda vuestra región, la nuestra y el interior de la desembocadura. Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso por su excelencia y fuerza, pues superó a todos en valentía y en artes guerreras, condujo en un momento de la lucha a los griegos, luego se vio obligada a combatir sola cuando los otros se separaron, corrió los peligros más extremos y dominó a los que nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e impidió que los que todavía no habían sido esclavizados lo fueran y al resto, cuantos habitábamos más acá de los confines heráclidas, nos liberó generosamente. Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a  vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello, aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la arcilla que produjo la isla asentada en ese lugar y que se encuentra a muy poca profundidad. (Platón, Timeo, 24d-24e,)

«Ante todo recordemos que el total de años transcurridos desde que se dice que estalló la guerra entre los que habitaban más allá de las columnas de Hércules y todos los que poblaban las zonas interiores, es de nueve mil. (…) Se decía que esta ciudad mandaba a estos últimos y que luchó toda la guerra. A la cabeza de los otros estaban los reyes de la isla de Atlántida, de la que dijimos que era en un tiempo mayor que Libia y Asia, pero que ahora, hundida por terremotos, impide el paso, como una ciénaga intransitable, a los que navegan de allí al océano, de modo que ya no la pueden atravesar. En su desarrollo, la exposición del relato mostrará singularmente en cada caso lo que corresponde a los muchos pueblos bárbaros y a las razas helenas de entonces. Pero es necesario exponer al principio, en primer lugar, lo concerniente a los atenienses de aquel entonces y a los enemigos con los que lucharon, las fuerzas de guerra de cada uno y sus formas de organización política. De éstas, hay que preferir hablar antes de las de esta ciudad. …» (Platón, Critias, 108e – 121c)

«De los pueblos occidentales pone de relieve lo afortunado y lo bien temperado de su atmósfera ambiente ya que, según parece probable, estaba enterado de la riqueza de Iberia, a cuya busca marchó Heracles y, posteriormente, los fenicios, que dominaron la mayor parte del país y, después de éstos, los romanos. Allí se hallan, en efecto, los soplos del Céfiro y allí también sitúa el Poeta el Campo Eliseo, al cual afirma que iba a ser enviado Menelao por los dioses. …pero al Campo Eliseo y a los confines de la Tierra te enviarán los inmortales, adonde el rubio Radamantis, allí donde precisamente más fácil es la vida; no hay nieve, ni invierno largo, sino que constantemente brisas del Céfiro, de dulce soplo, exhala el Océano… También las Islas de los Bienaventurados están situadas ante la costa de Maurusia, frente a su extremo más hacia Poniente, es decir, en la parte de esta región con la que linda asimismo el límite occidental de Iberia; y por su nombre resulta claro que también a estas islas se las consideraba felices por el hecho de estar próximas a territorios que, a su vez, lo eran.» (Estrabón, Geografia I, 4-5,)

«Al salir de aquel punto (de unas islas donde la tempestad le había arrojado) pasó el estrecho de Cádiz, y volviendo hacia la derecha, abordó a las costas de España, algo más arriba del río Betis, que, desaguando en el mar Atlántico, da su nombre a aquella parte de España que riega el mismo. Allí encontró unos capitanes de buques, que habían llegado hacía poco tiempo de las islas Atlánticas. Hállanse éstas en número de dos, separadas la una de la otra por un brazo de mar muy estrecho, y distantes diez mil estadios (quinientas leguas), y se les denomina islas Afortunadas. Las lluvias son muy raras y suaves en aquel país; por lo común no soplan sino vientos agradables que conducen bienhechores rocíos, los que, humedeciendo el terreno, le hacen producir, no sólo cuanto se quiera sembrar o plantar, sino que espontáneamente regala con excelentes frutos, tan abundantes que bastan por sí para alimentar sin trabajo y sin fatiga a un pueblo dichoso que pasa su vida en el seno de la más dulce holganza. El cambio de las estaciones es insensible, y en todas ellas circula un aire puro y saludable. Las brisas del Norte y Este, que soplan desde nuestro continente, al atravesar aquel vasto mar y recorrer un espacio inmenso, se han disipado y perdido su fuerza al llegar a aquellas islas. Los aires marítimos que se sienten a la mitad del día y a la caída de la tarde conducen a ellas, algunas veces, lluvias muy serenas, y casi siempre vapores refrigerantes que bastan para fecundar las tierras. Tales beneficios han generalizado la opinión recibida entre los bárbaros, de que aquellas islas son los Campos Elíseos, mansión de las almas bienaventuradas, celebrados por Homero. Sertorio concibió, al oír la relación de semejantes maravillas, el deseo más vivo de habitarlas, morar en ellas tranquilamente, libre de la tiranía y de la guerra; pero los corsarios, que adivinaron su intención, y que, antes que la paz y el reposo, preferían el botín y las riquezas, hicieron rumbo hacia el África.» (Plutarco, Vidas Paralelas. Tomo I, pgs. 84-85 )

«Ya estábamos cerca, y una brisa encantadora soplaba en nuestro entorno, dulce y fragante cual aquella que, al decir del historiador Heródoto, exhala la Arabia feliz. La dulzura que llegaba hasta nosotros asemejábase a la de las rosas, narcisos, jacintos, azucenas y lirios, e incluso al mirto, el laurel y la flor de la vid. Deleitados por el aroma y con buenas esperanzas tras nuestras largas penalidades, arribamos poco después junto a la isla. En ella divisábamos muchos puertos en todo su derredor, amplios y al abrigo de las olas, y ríos cristalinos que vertían suavemente en el mar, y también praderas, bosques y pájaros canoros, cantando unos desde el litoral y muchos desde las ramas. Una atmósfera suave y agradable de respirar se extendía por la región, y dulces brisas de soplo suave agitaban el bosque, de suerte que el movimiento de las ramas silbaba una música deleitosa e incesante, cual las tonadas de flautas pastoriles en la soledad. Al tiempo, percibíase un rumor de voces confusas e incesantes, no perturbador, sino parecido al de una fiesta, en que unos tocan la flauta, otros cantan, y algunos marcan el compás. Cautivados por todo ello nos detuvimos y, tras anclar la nave, descendimos, dejando en ella a Escíntaro y dos compañeros. Mientras avanzábamos a través de una pradera florida, nos encontramos con los guardianes y patrullas, que nos ataron con coronas de rosas – ésta es, en su país, la más fuerte ligadura – y nos condujeron ante el soberano; de ellos supimos durante el trayecto que la isla se llamaba “de los Dichosos”, y gobernaba en ella el cretense Radamantis. Conducidos ya a su presencia, ocupamos el cuarto lugar entre quienes aguardaban juicio. (…) En cuarto lugar fuimos conducidos nosotros. Él nos preguntó por qué motivo, aún en vida, habíamos penetrado en un recinto sagrado, y nosotros le contamos toda la historia en detalle; nos hizo salir, reflexionó largo rato y consultó con sus consejeros acerca de nosotros (le aconsejaba, entre otros muchos, Arístides el Justo de Atenas). Cuando formó un juicio, sentenció que de nuestra intromisión y vagabundeo rendiríamos cuentas después de muertos, más que al presente permaneciéramos en la isla por un tiempo determinado y que, tras convivir con los héroes, nos marcháramos. Establecieron como plazo de nuestra estancia no más de siete meses. A partir de aquel instante se desprendieron por sí solas nuestras coronas, con la que quedamos en libertad, y fuimos introducidos en la ciudad y en el festín de los Dichosos. La ciudad propiamente dicha es toda de oro, y el muro que la circunda de esmeralda. Hay siete puertas, todas de una sola pieza de madera de cinamomo. Los cimientos de la ciudad y el suelo de intramuros es de marfil. Hay templos de todos los dioses, edificados con berilo, y enormes altares en ellos, de una sola piedra de amatista, sobre los cuales realizan sus hecatombes. En torno a la ciudad corre un río de la mirra más excelente, de cien codos regios de ancho y cinco de profundidad, de suerte que puede nadarse en él cómodamente. Por baños tienen grandes casas de cristal, caldeadas con brasas de cinamomo; en vez de agua hay rocío caliente en las bañeras. Por traje usan tejidos de araña suaves y purpúreos: en realidad, no tienen cuerpos, sino que son intangibles y carentes de carne, y sólo muestran forma y aspecto. Pese a carecer de cuerpo, tienen, sin embargo, consistencia, se mueven, piensan y hablan: en una palabra, parece que sus almas desnudas vagan envueltas en la semejanza de sus cuerpos; por eso, de no tocarlos, nadie afirmaría no ser un cuerpo lo que ve, pues son cual sombras erguidas, no negras. Nadie envejece, sino que permanece en la edad en que llega. Además, no existe la noche entre ellos, ni tampoco el día muy brillante: como la penumbra que precede a la aurora cuando aún no ha salido el sol, así es la luz que se extiende sobre el país. Asimismo, sólo conocen una estación del año, ya que siempre es primavera, y un único viento sopla allí, el céfiro. El país posee toda especie de flores y plantas cultivadas y silvestres. Las vides dan doce cosechas al año y vendimian cada mes; en cuanto a los granados, manzanos y otros árboles frutales, decían que producían trece cosechas, ya que durante un mes – el «minoico» de su calendario – dan fruto dos veces. En vez de granos de trigo, las espigas producen pan apto para el consumo en sus ápices, como setas. En los alrededores de la ciudad hay trescientas sesenta y cinco fuentes de agua y otras tantas de miel, quinientas de mirra – si bien éstas son más pequeñas -, siete ríos de leche y ocho de vino. El festín lo celebran fuera de la ciudad, en la llanura llamada Elisio, un prado bellísimo, rodeado de un espeso bosque de variadas especies, que brinda su sombra a quienes en él se recuestan. Sus lechos están formados de flores, y les sirven y asisten en todo los vientos, excepto en escanciar vino: ello no es necesario, ya que hay en torno a las mesas grandes árboles del más transparente cristal, cuyo fruto son copas de todas las formas y dimensiones; cuando uno llega al festín, arranca una o dos copas y las pone a su lado, y éstas se llenan al punto de vino. Así beben y, en vez de coronas, los ruiseñores y demás pájaros canoros recogen en sus picos flores de los prados vecinos, que expanden cual una nevada sobre ellos mientras revolotean cantando. Y éste es su modo de perfumarse: espesas nubes extraen mirra de las fuentes y el río, se posan sobre el festín bajo una suave presión de los vientos, y desprenden lluvia suave como rocío. Durante la comida se deleitan con poesía y cantos. Suelen cantar los versos épicos de Homero, que asiste en persona y se suma con ellos a la fiesta, reclinado en lugar superior al de Ulises. Los coros son de jóvenes y doncellas, dirigidos y acompañados en el canto por Éunomo de Lócride, Arión de Lesbos, Anacreonte y Estesícoro. También a este último vi entre ellos, pues Helena ya se había reconciliado con él. Cuando éstos cesan de cantar, aparece un segundo coro de cisnes, golondrinas y ruiseñores, y cuando canta todo el bosque lo acompaña, dirigido por los vientos. Pero el mayor goce lo obtienen de las dos fuentes que hay junto a las mesas, la de la risa y la del placer. De ambas beben todos al comienzo de la fiesta, y a partir de ese momento permanecen gozosos y risueños. (Luciano, Relatos Verídicos)

REFERENCIAS:

Plutarco, vidas paralelas

Estrabón, Geografía I, 4-5

Platón Crítias 108e-121c

Platón Timeo 24d-24e

Heródoto Historias 4, 42

Píndalo, Olímpicas II, 61-77

Hesiodo, Teogenía 211-217

Hesiodo, Trabajos y días 168-173

Homero, la odisea X 503-512

Homero, la Odisea, IV 561-568

Universidad de la Laguna El busca del ADB antiguo

La esclavitud del indígena cnario Manuel Lobo Cabrera

La terapéutica quirúrgica de los primitivos pobladores de Canarias Juan Bossi Millares

Museos de Tenerife.org

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