“VARO, VARO, DEVUÉLVEME MIS LEGIONES”

Mi nombre es Esperanza Varo. Creo que una de las frases que más he oído en mi vida ha sido “Varo, Varo, devuélveme mis legiones”, cada vez que decía mi apellido. Es por eso, que desde pequeña, quise saber ¿Por qué me decían esa frase? ¿Quién era ese tipo que se había llevado las legiones? Hoy, ya tengo una cierta idea de qué ocurrió y me gustaría compartirlo con vosotros. Para ello, os voy a mostrar el escenario y los actores de esta historia.

Lo Primero será ubicar la historia en el tiempo y el espacio.

IMPERIO ROMANO EN EL SIGLO I d.C.

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Octavio recibió una herencia envenenada tras la muerte de Julio César en el año 44 a.C. Junto a Marco Antonio y Lépido, formó un triunvirato que terminó con Lépido en el exilio y Marco Antonio suicidado, dejando paso a Augusto en el poder en solitario y dando inicio a la conocida como Paz Romana.

La República estaba dando sus últimos coletazos y entraba en crisis, pero Octavio supo rescatar sus valores (apoyando al Senado) y, en concreto, buena parte de los valores morales de la romanidad más antigua.

Octavio Augusto logró la ansiada Paz Romana gracias a tender la mano a los nuevos pueblos conquistados, respetando sus culturas e incluso sus religiones. Supo hacer una transición con los territorios que se iban añadiendo, permitiendo continuar con su modo de vida y las creencias. Se logró una cierta simbiosis en la que los propios pueblos entendían también los beneficios de pertenecer al Imperio romano.

EL ESCENARIO

El escenario estaba ubicado en “Varusschlascht”. La gran trampa al pie de la colina Kalkriese, al noroeste de Alemania. Sabemos que era un lugar especialmente dificultoso para el avance de aquella gran columna romana, abigarrada de soldados, mujeres, niños, lastrada por tantas carretas y mulas: teniendo en cuenta que cada contubernium (ocho soldados) disponía de una mula, ello arroja un cálculo mínimo de más de 1.200 mulas para los legionarios, más otros varios centenares para los auxiliares.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material que prueba que hubo una gran batalla entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas.

LOS ACTORES

-VARO

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Para hablaros de este personaje que comparte mi apellido o bueno, yo el suyo, voy a recurrir a las descripciones que los clásicos Tito Livio y Veleyo Patérculo han hecho de él. Pienso que la historia contada por ellos, gracias a su proximidad en el tiempo, puede ser la más fiable.

Tito Livio                                                                                                                                     Escribió un tratado sobre la Historia de Roma y en ella nos habla de Varo, con estas palabras.

«Varo, como gobernador de los distritos de Germania Superior y Germania Inferior, se incorporó a su destino hacia el año 6 d. C.: disponía de una fuerza de tres legiones en el Bajo Rin y otras dos en el Alto Rin, donde el oficial al mando era Lucio Nonio Aspreno, su sobrino, así como diversas unidades auxiliares de caballería e infantería. Desde su llegada al Rin, Varo intentó llevar una política de apaciguamiento y de romanización pacífica de las tribus germanas: su objetivo político era ganarse la lealtad de sus élites, mostrando las ventajas de la Pax romana. En primavera-verano, Varo y sus legiones se trasladaban desde sus bases en la ribera occidental del Rin hacia el interior de Germania Magna para hacer sentir la presencia romana. Durante aquellos meses, la base principal (castrum aestivum) romana se situaba en el territorio de alguna tribu aliada, fuesen los queruscos, los caucos o los marsos, construyendo carreteras y puentes, tomando medidas sobre campos y planicies para poder erigir colonias

Veleyo Patérculo

Nos habla de la vida y obras de Varo en su “ Historia Romana escrita al cónsul Marco Vinicio”

«Llegaron de Germania los tristes avisos de la muerte de Varo, del destrozo de tres legiones, de otras tantas alas y seis cohortes, donde en una cosa sola parece que quiso la fortuna favorecernos, pues no llegó vivo el General a las crueles manos del enemigo.

Varo Quintilio, de familia más horada que noble, hombre blando y quieto que sin emplear el cuerpo o ánimo se acostumbró más al ocio de los cuarteles que a las facciones de la milicia, mostró que no despreciaba el dinero. Gobernó el ejército en Germania, pero creyó que unos hombres que no tenían de personas más que el lenguaje y la condición física, podían ser aplacados por el derecho. Con esta premisa se internó en Germania como si estuviera entre gentes que apreciaran la dulzura de la paz y se pasó el tiempo de campaña del verano impartiendo justicia desde un tribunal” y “llegó a considerarse a sí mismo como un pretor urbano que administraba justicia en el Foro y no como un general al mando de un ejército en el corazón de Germania” (Veleyo, II, CXVIII) Para Varo era mejor aplicar en Germania una política apaciguadora y diplomática, que no aplicar la mano dura que le recriminaron posteriormente. Para ellos, astutísimos , de suma ferocidad, gente nacida para engañar, fingiendo debates y pleitos y provocándose unos a otros con injuria, engendraron el mayor descuido en Varo… Varo fue avisado de todo por Segestes, persona muy fiel y entre ellos de gran calidad, pero respondió que no lo creía. Antes, esperaba que le hubiera de corresponder en la buena voluntad. No había más tiempo para el segundo aviso…y llegó la batalla y la derrota… El general tuvo más ánimo para morir que para pelear, porque imitando los ejemplos del padre y del abuelo, se atravesó con su espada. La fiereza de los enemigos despedazó el cuerpo de Varo, cortáronle la cabeza que llevaron a Maroboduo, el cual la envió a César. Llegaron de Germania los tristes avisos de la muerte de Varo, del destrozo de tres legiones, de otras tantas alas y seis cohortes, donde en una cosa sola parece que quiso la fortuna favorecernos, pues no llegó vivo el General a las crueles manos del enemigo. En Roma tuvo finalmente honrosa sepultura junto a sus padres.»

– ARMÍNIO

Escultura Monumento Hermannsdenkmal

Armínio era el que capitaneaba a los germanos y quien años más tarde, se convertiría en paladín de los luchadores contra Roma o de los defensores de los nacionalismos. También os transcribo las palabras de Veleyo Patérculo y Tito Livio para hablaros de este personaje.

Veleyo Patérculo

«Entonces un mozo, noble de sangre, valiente de manos, muy agudo y más pronto de ingenio, de lo que suelen ser los bárbaros, por nombre Armínio, hijo de Sigimero, príncipe de aquella nación, que  en el aspecto y semblanza declaraba el valor y el  ánimo, habiendo conseguido el privilegio de ciudadano Romano y la dignidad Equestre, tomó la flojedad del General, ocasión para sus maldades considerando, como cuerdo, que a nadie se oprime más fácilmente que al que nada teme; y que es la seguridad el principio más común de la desgracia. Primero lo comunicó con pocos, después dando parte a otros, les dijo y persuadió de que se podían deshacer de los Romanos. Ejecutó lo que tenía resuelto y señaló tiempo para la traición.»

Tito Livio

Nos cuenta con todo lujo de detalles la batalla.

«Arminio conocía a la perfección las fortalezas y debilidades de las legiones romanas: de pequeño Arminio habría oído las historias que contaban su padre y el resto de guerreros de los combates mantenidos con las tropas de Druso y Tiberio y él mismo había servido como oficial auxiliar en la guerra de Panonia; sabía cuán difícil era vencer a los romanos en campo abierto, pero también conocía que en orden de marcha podían ser extremadamente vulnerables, siempre que creyeran que se encontraban en territorio amigo, primando así la velocidad a la seguridad

Los romanos llevaban ya varios días de marcha cuando se introdujeron en una zona profusamente boscosa, en la región actual de Teotoburgo. Al iniciar la jornada de marcha de un día de primeros de septiembre, el cielo amaneció gris y empezó a llover; pero al poco la llovizna se transformó en tormenta, dificultando aún más el avance de la columna romana por aquellos senderos tan arbolados, que los zapadores de la vanguardia se dedicaban afanosa y arduamente a desbrozar a un ritmo frenético para no retrasar ya la de por sí lenta marcha de aquella columna. A su alrededor, y sin que nadie lo apreciase, miles de guerreros se iban concentrando a lo largo del camino. La topografía del terreno favorecía completamente a los germanos: los frondosos bosques, los senderos tortuosos y estrechos, el terreno quebradizo surcado de arroyos… todo ello impediría que la caballería y la infantería romanas pudiesen desplegarse; la lluvia además se había convertido en una bienvenida aliada: el ruido de la tormenta impediría que los romanos oyesen sus movimientos o incluso el inicio de los ataques de hostigamiento; además, los germanos estaban habituados a aquel tiempo y los romanos no, a lo que hay que añadir que el barro de la lluvia dificultaría el movimiento de los legionarios, cuyas armaduras y escudos eran muy pesados.

Cuando finalizó la batalla, Arminio reunió a sus hombres y desde un pequeño montículo arengó a los guerreros por su triunfo, enseñándoles las 3 aquila legionis y restos de enseñas capturadas y la solemne promesa de la pronta liberación de toda Germania. Acto seguido comenzó el ensañamiento con los vencidos.»

-AUGUSTO

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La vida y obras de Augusto aparece perfectamente relatada por la obra de Suetonio titulada “Vidas de los doce césares (De vita caesarum), donde narra las biografías de los doce primeros césares romanos. La narración es un poco larga, pero merece la pena, púes lo describe de una manera fácil y amena. Sin embargo si no os apetece leerla entera, he señalado con **** la zona en la que podéis dejar de leer y continuar con el siguiente punto que sería “La batalla de Teoteburgo”

«Nació Augusto el día 9 antes de las calendas de octubre, poco antes de la salida del sol. Cuando su tío abuelo (Julio César) partió poco después hacia las Españas para enfrentarse a los hijos de Cneo Pompeyo. Augusto que, apenas recuperado de una grave enfermedad, acompañado de una pequeña escolta y a través de caminos infestados de enemigos, sufriendo, además, un naufragio, había ido a reunirse con él, se ganó su favor, mereciendo rápidamente su aprobación, no sólo por la diligencia demostrada en su viaje, sino también por las cualidades de su carácter.

Mantuvo cinco guerras civiles: las de Módena, Filipos, Perusia, Sicilia y Accio. De éstas, la primera y la última contra M. Antonio; la segunda, contra Bruto y Casio; la tercera, contra Lucio Antonio, hermano del triunviro, y la cuarta, contra Sexto Pompeyo, hijo de Cneo. Tan sólo padeció dos derrotas graves e ignominiosas, y las dos en Germania: la de Lolio y la de Varo. La de Lolio, le reportó más descrédito que perjuicios; la de Varo, tuvo proporciones catastróficas, al perder tres legiones enteras con su general, los legados y las tropas auxiliares. Al conocer el desastre, apostó centinelas en la ciudad, para evitar que surgieran alborotos, y prorrogó el mando militar a los gobernadores de las provincias, para que generales expertos y conocidos de ellas contuvieran a las naciones aliadas. Se dice que quedó consternado hasta tal extremo que ininterrumpidamente durante muchos meses se dejó crecer la barba y el cabello y, en ocasiones, se golpeaba la cabeza contra las puertas, gritando: «¡QUINTILIO VARO, DEVUÉLVEME MIS LEGIONES!»; y que en adelante, el día de la derrota fue siempre para él un día de tristeza y duelo. **************

En temas militares hizo numerosas reformas e innovaciones e incluso restituyó algunas de las antiguas tradiciones. Fue extraordinariamente severo en la exigencia de la disciplina.

Aparte de esto afirmaba que nada había menos propio de un perfecto general que el apresuramiento y la temeridad. Y, en efecto, con frecuencia repetía aquellas máximas: «¡Apresúrate lentamente!».

«En un jefe, la prudencia es preferible a la valentía».

Y aquella otra, «se ha hecho con suficiente rapidez lo que se ha hecho suficientemente bien». Se negaba en redondo a iniciar un combate o una guerra hasta que se le hubiera demostrado que la esperanza de beneficios era mayor que el riesgo de perjuicios. Pues afirmaba que los que perseguían mínimas ventajas, a no ser que fuera con un mínimo riesgo, eran parecidos a los que van a pescar con un anzuelo de oro, cuya pérdida, si se rompe, no la puede compensar captura alguna.

Realizó numerosas obras públicas, de las cuales he aquí las más importantes: un foro con un templo a Marte Vengador; el templo de Apolo, en el Palatino, y el santuario de Júpiter Tonante, en el Capitolio. El motivo de construir un nuevo foro fue la enorme multitud de personas y causas judiciales, que hacía que pareciesen insuficientes los dos foros existentes y que se precisara de un tercero.

Dividió la superficie de la ciudad en distritos y barrios y dispuso que unos magistrados anuales, elegidos por sorteo rigiesen los distritos, mientras que una especie de alcaldes de barrio, elegidos de entre la plebe de cada vecindad, lo hicieran con los barrios. Para contrarrestar los incendios ideó un servicio de rondas de guardia y de vigilantes nocturnos. A su vez, para evitar las inundaciones, dragó y limpió el lecho del Tíber, lleno, con el tiempo, de escombros y obstruido por los restos de materiales de construcción.

Tras la muerte de Lépido, asumió por fin el Pontificado Máximo que, mientras aquel permaneció con vida, no tuvo nunca el valor de arrebatárselo. Después de acumular, procedentes de todos sitios, toda clase de libros proféticos, tanto latinos como griegos —más de dos mil, extendidos por todo el país, de autores nada o poco fiables—, los quemó todos y conservó únicamente los libros sibilinos e, incluso de éstos, hizo también una selección. Los guardó en dos compartimentos dorados en el pedestal de la estatua de Apolo Palatino.

Reajustó de nuevo, conforme a su primitiva disposición, el calendario establecido por el divino Julio César que, poco a poco, por negligencia, se había alterado y confundido. En este reajuste dio su propio nombre al mes de sextilis —que prefirió al de septiembre, el mes en que había nacido—, porque en este mes había obtenido su primer consulado y las más insignes victorias. Aumentó el número, la dignidad y los privilegios de los sacerdotes y, en especial, los de las vírgenes Vestales.

Él, personalmente, impartió justicia con asiduidad e incluso, algunas veces, por la noche y, si le fallaban las fuerzas, lo hacía desde una litera colocada en el tribunal o también, acostado, en su casa. Aplicó la justicia, no sólo con la máxima escrupulosidad, sino también con benignidad

Reformó algunas leyes y creó otras nuevas

Superó a todos los demás en la frecuencia, variedad y magnificencia de los espectáculos que ofreció.

Los reinos de los que se apoderó por derecho de guerra, excepto unos pocos, los devolvió a los mismos reyes a quienes se los había arrebatado o los anexionó a otros reinos extranjeros. Unió a los reyes aliados suyos, fomentando entre ellos vínculos matrimoniales, y se mostró un resuelto conciliador y promotor de toda clase de afinidad y amistad entre los mismos.

Con todos estos merecimientos, es fácil suponer hasta qué punto fue querido por los ciudadanos. Los caballeros romanos, espontáneamente, celebraron siempre de común acuerdo el natalicio de Augusto durante dos días seguidos. Todos los estamentos sociales arrojaban cada año una moneda en el lago Curcio, como exvoto por su salud, e igualmente, en las calendas de enero, llevaban aguinaldos al Capitolio, incluso cuando él estaba ausente, con los que compraba valiosísimas imágenes de dioses y las colocaba en los barrios, como la de Apolo, en el barrio de los fabricantes de sandalias, o la de Júpiter, en el barrio de los actores trágicos.

El título de «padre de la patria» se lo otorgó toda la ciudadanía, con el máximo consenso

A su médico Antonio Musa, por cuyos cuidados se había restablecido de una crítica enfermedad, le erigieron una estatua, por suscripción popular, junto a la de Esculapio. Algunos de los senadores más allegados a él, especificaban en su testamento que, precedidos de un cartel explicativo, sus herederos llevaran víctimas al Capitolio y ofrecieran votos de agradecimiento en su nombre porque Augusto les había sobrevivido. Algunas ciudades de Italia hicieron comenzar su calendario anual en el día en que César les había visitado por primera vez. Muchas provincias decretaron en su honor, aparte de templos y altares, juegos quinquenales en casi todas sus ciudades.

De joven, estuvo prometido con la hija de Publio Servilio Isáurico. Pero, cuando después de su primer enfrentamiento se reconcilió con Antonio, ante las insistentes peticiones de los ejércitos de ambos para que se obligaran mutuamente con algún vínculo familiar, se casó con Claudia, hijastra de Antonio, que apenas alcanzaba la edad núbil, hija de Fulvia y de Publio Clodio, pero, al surgir una profunda enemistad con su suegra Fulvia, se divorció de Claudia, todavía intacta y virgen. Se casó luego con Escribonia. Se divorció también de esta mujer «harto, según escribe él mismo, de la perversidad de sus costumbres» y se casó enseguida con Livia Drusila, que, embarazada como estaba, se la quitó a Tiberio Nerón, su marido. Augusto la amó y le demostró un gran aprecio con fidelidad y perseverancia.

Sin embargo, cuando más feliz y confiado estaba, la fortuna le arrebató sus hijos y los principios morales de su casa. En efecto, tuvo que desterrar a ambas Julias, su hija y su nieta, que habían caído en toda clase de vicios e infamias. A Cayo y a Lucio los perdió a ambos en el espacio de sólo dieciocho meses. Adoptó entonces en el foro, conjuntamente a su tercer nieto Agripa y a su hijastro Tiberio; pero desheredó muy pronto a Agripa, por su índole mezquina y feroz, y lo desterró a Sorrento

Y ante cualquier mención de Agripa o de las Julias, solía exclamar sollozando:

¡Feliz aquel que se queda soltero y muere sin tener hijos!, y siempre se refería a ellos como «sus tres tumores» y «sus tres cánceres».

No hacía fácilmente nuevas amistades, pero conservó a sus amigos con gran tenacidad, no sólo elogiando como se merecían las virtudes y méritos de cada uno de ellos, sino también aceptando sus defectos y faltas, al menos, los que no eran demasiado graves

Patrón y señor no menos severo que amable y benigno, tuvo a muchos de sus libertos en gran estima y como amigos íntimos; así, por ejemplo, a Licinio, Celado y otros muchos.

Que Augusto mantuvo relaciones adúlteras, ni siquiera sus amigos lo niegan, aunque lo justifican afirmando que las mantuvo movido, no por la lujuria, sino por la astucia, a fin de averiguar más fácilmente, a través de sus esposas, los planes de sus enemigos.

En las restantes facetas de su vida nos consta que fue sumamente sobrio y sin sombra de vicio alguno.

Celebraba banquetes con frecuencia, siempre completos, y tras una larga selección de personas y estamentos sociales.

En cuanto a la comida, era de una parquedad extrema y de gustos casi vulgares. Le gustaba el pan de baja calidad, los pescados pequeños y el queso de vaca, hecho a mano, pero, sobre todo, los higos verdes, de los que fructifican dos veces al año. Tomaba también antes de cenar, a cualquier hora y en cualquier sitio, lo que su estómago le pidiese. También era, de por sí, parquísimo con el vino. Cornelio Nepote escribe que «en el campamento junto a Módena, no solía beber más de tres tragos durante la cena».

Después de la comida del mediodía, tal como estaba vestido y calzado, cubriéndose los pies, descansaba un rato tapándose los ojos con la mano. Después de la cena se retiraba a una pequeña litera de trabajo, donde permanecía hasta altas horas de la noche, no sin haber concluido todos o la mayor parte de los asuntos pendientes de su actividad diurna. Cuando, más tarde, se trasladaba desde allí a la cama, no dormía, en el mejor de los casos, más de siete horas, y no seguidas, pues en ese espacio de tiempo se despertaba tres o cuatro veces.

Fue Augusto un hombre sumamente apuesto y mantuvo su extraordinario atractivo durante todas las etapas de su vida. Tanto cuando hablaba como cuando estaba en silencio, la expresión de su rostro era tan tranquila y serena que uno de los galos más importantes confesó a los suyos que, debido a ello, se había contenido y arrepentido de precipitar a Augusto por un precipicio —tal como lo había planeado— durante la travesía de los Alpes, después de haberse acercado a él con el pretexto de mantener una conversación. Sus ojos eran claros y límpidos y quería que se pensase que había en ellos como una chispa del vigor divino y le causaba gran placer sí, cuando miraba a alguno con intensidad, éste bajaba el rostro, como si se tratara del fulgor del sol. Dicen que su cuerpo era muy pecoso y que tenía esparcidas por el pecho y vientre unas marcas congénitas con el número, disposición y orden de las estrellas de la Osa Mayor; tenía también ciertas callosidades, debidas al uso continuo y enérgico del cepillo para calmar la comezón de la piel, que se habían endurecido en distintas partes de su cuerpo en forma de erupción cutánea. La cadera, el muslo y la pierna izquierda no las tenía muy bien, por lo que frecuentemente cojeaba; pero él lo remediaba sirviéndose de vendajes con cañas. También a veces notaba tan sin fuerzas el dedo índice de su mano derecha que, cuando lo tenía entumecido y entorpecido por el frío, a duras penas y sólo con la ayuda de una arandela de cuerno a su alrededor, podía moverlo para escribir. Se quejaba también de la vejiga, cuyos dolores finalmente se le calmaban después de expulsar los cálculos a través de la orina.

Durante toda su vida sufrió algunas enfermedades graves y peligrosas. Especialmente, después de someter Cantabria, verdaderamente desesperado por unas secreciones provocadas por una afección hepática, se vio obligado a intentar un tratamiento curativo peligroso y opuesto al anterior, ya que al no experimentar mejoría con las cataplasmas calientes, por prescripción de Antonio Musa se vio forzado a curarse con cataplasmas frías. Padecía también algunas dolencias que se repetían cada año en una época determinada; y, en efecto, cuando llegaba su aniversario, la mayor parte de las veces se sentía enfermo. También al inicio de la primavera se veía afectado por una inflamación intestinal y, por catarros, en la época de las tormentas australes. Por todo ello, con su deteriorado organismo, no soportaba bien ni el frío intenso ni el calor excesivo.

Acerca de sus supersticiones, hemos sabido lo siguiente: le infundían pavor, hasta casi desvanecerse, los rayos y los truenos, de forma que llevaba siempre consigo a todas partes una piel de foca para protegerse y, ante la menor sospecha de una violenta tormenta, se refugiaba en un rincón oculto y abovedado. Y todo ello porque en otro tiempo, durante un viaje nocturno, había sido afectado por la caída de un rayo.

El último día de su vida, preguntando repetidamente si ya se agolpaba la gente a causa de él a la entrada de su casa, después de pedir un espejo, ordenó que se le arreglase el cabello y se le maquillasen las caídas mejillas. Preguntándoles entonces a los amigos admitidos a su presencia «si les parecía que había interpretado correctamente la comedia de la vida», añadió estos versos como colofón:

“Si os han agradado, aplaudid esta representación y todos con alegría batid palmas en nuestro honor”

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Murió el  14 antes de las calendas de septiembre, de día, a la hora nona, a los setenta y seis años menos treinta y cinco días.»

BATALLA DE TEOTOBURGO

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La batalla de Teoteburgo fue uno de los mayores desastres que sufrió el ejército romano en tierras extranjeras y que acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del Imperio, para ello, tres legiones fueron instaladas en Germania, en la zona del Rin, para defender al Imperio romano de los invasores bárbaros del norte, quedando a las órdenes del general Varo, que había sido designado gobernador de la provincia.

Era el mes de septiembre del año 9 d.C. cuando llegó a Roma la noticia de tres legiones y el suicidio de Publio Quintilio Varo, gobernador de Germania.

Veleyo Patérculo Nos la cuenta así

«Procuraré representar la mayor y más cruel desgracia que, después de la derrota que dieron los Parthos a Craso, recibieron los romanos entre naciones extranjeras. El ejército más valeroso de todos, por disciplina, esfuerzo y experiencia de las guerras; el principal de los romanos, fue deshecho por la bisoñería y en la iniquidad de la fortuna, sin que hallasen los miserables ni aun ocasión para pelear valerosamente, porque usaron el ánimo y las armas de los romanos y los cogieron entre bosques y pantanos. Fueron degollados por el enemigo y como si fueran ovejas, fueron tratados.»

LOS GERMANOS

Estrabón nos habló de los germanos en sus libros de Geografía

«Las regiones del otro lado  del Rin las habitan los germanos, quienes se diferencian un poco de la estirpe céltica por su mayor grado de salvajismo y por ser más altos y rubios, aunque en los demás aspectos, tanto en su apariencia como en sus costumbres y modos de vida, son semejantes a aquéllos a los que hemos llamado celtas. Por esto, ciertamente, me parece que los romanos les han dado este nombre, como si quisieran indicar que son auténticos gálatas, pues «germanos» en la lengua de los romanos significa «auténticos» Es una característica común de todos aquellos pueblos su pronta disposición para emigrar debido a la sencillez de su modo de vida y a que ni cultivan ni hacen acopio de reservas, sino que habitan en chozas de efímera construcción. Su principal fuente de alimentos procede de los animales, al igual que la de los nómadas, de suerte que a imitación de éstos, tras cargar sus enseres en los carromatos, se trasladan en compañía de sus ganados donde, llegado el caso, mejor les parece.»

Eran un pueblo de lengua y cultura indoeropea surgidos en torno a la mitad del primer milenio a.C. a partir de los pueblos asentados desde antiguo en el norte y de algunas tribus indoeuropeas llegadas del este. Poco a poco, fueron cambiando y diferenciándose de los otros pueblos de la familia. Aunque seguramente en número tan pequeño que no alteraron apenas la identidad étnica de las poblaciones autóctonas, llevaron consigo una ciertas formas de hacer cerámica y de construir casas, ciertos tipos de armas, formas nuevas de enterrar a sus muertos, de actividades económicas, de organización política y militar y también una nueva forma de ver el mundo. El resultado de esta mezcla fue la creación de una identidad lingüística y cultural que identificamos con la etiqueta de “germánica”

Los germanos carecían de cualquier idea de nación o identidad étnica: había clanes y tribus más o menos pequeñas que de vez en cuando se aliaban, normalmente de forma temporal en “confederaciones”, grupos de tribus que decidían aceptar temporalmente la autoridad de un jefe.

Es posible que estuviera relacionado con un período de empeoramiento del clima, el caso es que poco a poco, las tierras cultivadas por los germanos fueron haciéndose cada vez menos productivas: se agotaron, se salinizaron, la producción cada vez era menor y la población, aunque no de forma significativa iba en ascenso.

Algunas tribus, como los cimbros y los teutones, decidieron realizar movimientos migratorios. Pero, en ese momento, en el resto del territorio se encontraba el Imperio romano. Bajo el mandato del gobernador Varo, las tribus germanas fueron víctimas de una presión fiscal insoportable, exigiendo tributos asfixiantes.

Los germanos, ante la situación intolerable que sufrían, depositaron su confianza en los antiguos jefes de las tribus que fingieron una gran lealtad hacia los romanos, así que estos invasores eran respondidos con resistencia, con resultados alternos. Una de esas invasiones fue en Teoteburgo y ya conocemos el resultado, tres legiones perdidas.

Los germanos aprendieron que la guerra les servía para: proporcionar comida para el clan hambriento, hacerse con un rico botín, apropiarse de tierras abandonadas por el enemigo derrotado, otorgaba gran prestigio a quienes participaban en la guerra y sobre todo a quienes la dirigían. El caso es que, el cultivo de la tierra, el cuidado del ganado y el trabajo del alfar y los telares continuaron, pero la guerra, antes una ocupación esporádica, se hizo dominante.

Ref. Tito Livio” Historia de roma desde su fundación libros IV-VII

Ref. Theodor Mommsen “Historia de Roma”

Ref. Veleyo Paterculo “Historia Romana escrita al cónsul Marco Vinicio”

Ref  Cornelio Tácito “Historiae”

Ref. Estrabón III

Ref. El País cultural “Batalla de Teoteburgo”

Ref. Werner, Eck “Augusto y su tiempo”

Ref. Suetonio “Vida de los doce césares”

Ref. Enrique Bermudez “Los mitos germánicos”

Fotografías

Wikipedia

Cuadro de Odierna Kaskriese “La battaglia della selva di Teotegurgo

Cuadro de Bartolomeo Pinelli “Muerte de publis Quintilis Varus

15 comentarios en ““VARO, VARO, DEVUÉLVEME MIS LEGIONES”

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